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Editorial SAN PABLO
 
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COMENTARIO DOMINICAL: Mujer, ahí tienes a tu hijo 

Mujer-ahí-tienes-a-tu-hijoQuizás, esta imagen de Jesús junto a su madre es uno de los más hermosos pasajes del Evangelio. Madre e hijo viven un encuentro dulce, pero con el sabor amargo del dolor. En la escena, participan las mujeres, que representan al mundo creyente, los soldados, que simbolizan a los incrédulos de la época, y el discípulo amado, que es el “modelo de discípulo” que imita a Jesús. “Mujer, ahí tienes a tu hijo” son las palabras que ahora Jesús dirige a su madre como una forma de acompañarla y de consolarla. Al llamarla mujer y no mamá, viene a dignificar a quien realizará la misión del nuevo pueblo de Dios.

La separación entre María y Jesús está marcada por la muerte de este en la cruz; a diferencia de aquella separación en las bodas de Caná, ella, sin temor al reproche de Jesús, desaparece del evento al decir: Hagan todo lo que él les diga. Sin embargo, Jesús le pide que no intervenga en la voluntad de su Padre, ya que nadie puede adelantarse a sus planes. María aparece así tanto en el principio como en el término de la vida pública de Jesús, pero esta vez la separación es un hecho. Es la hora en que todo llega a su fin, ya no queda más para compartir, hablar, sonreír y llorar juntos. La hora del hijo irrumpe como el invitado de piedra para el cual no te habías preparado ni habías imaginado. Solo una madre está cualificada para decir lo que significa la muerte de un hijo, más aún si un grupo de personas pide su crucifixión.

No obstante, este episodio no solo describe un acto de piedad filial de una madre con su hijo, sino también de una auténtica revelación de María como la madre espiritual. Ella es la madre del discípulo amado, pero también la de todos los creyentes. El afecto y la relación maternal se van a centrar en estos “creyentes”, por quienes su Hijo entregó su vida y en el cual todos los que crean en él pasarán a formar parte de la comunidad eclesial. María no solo será la mujer de la casa doméstica para pasar a ser la “mujer” que interceda entre la comunidad y Dios; será la mujer que ilumine a sus hijos entre las luces y sombras; será la mujer que acoja a sus fieles por más que estos ofendan a su Hijo. Ella es una intercesora que acoge la voz suplicante de sus hijos para presentarla ante Jesús.

“Mujer, aquí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: ‘Aquí tienes a tu madre’” Jn 19, 26. 

P. Fredy Peña T., ssp

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