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Editorial SAN PABLO
 
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COMENTARIO DOMINICAL: No tengan miedo 

COMENTARIO DOMINICAL: No tengan miedo El testimonio de los profetas y de los primeros cristianos evidenciaba que era imposible ser discípulo de Cristo si no se pagaba un alto costo de persecución o martirio. La persecución correspondía a una lógica del anuncio evangélico y le ocurrió a Jesús. Hoy le sucede lo mismo a toda persona que quiere ser fiel a Dios. La expresión “no tengan miedo” refuerza la idea de que anunciar el evangelio es para valientes. La palabra temer, en este caso, significa obedecer.

Este miedo había llevado a algunos de la comunidad a una forma alternativa de testimonio, se buscaba “acomodar” el mensaje de Jesús para llevarlo a una cuestión más intimista o de sacristía. Pero Jesús dice lo contrario, “lo que está encubierto será descubierto”, es decir, su mensaje ha de proclamarse hasta las últimas consecuencias, sin faltar a la verdad, “caiga quien caiga”. La lucha por la justicia, muchas veces, choca contra los intereses mezquinos de algunos y se corre el riesgo de recibir amenazas de diferentes sectores sociales. Por ejemplo: Quienes creen que la mujer tiene la potestad para decidir si abortar o no, nos coloca como enemigos de los derechos de la mujer, sobre todo al insistir que este no ha de practicarse, porque atenta contra la vida e incluso de la misma mujer.

También la aversión al extranjero y la avaricia descargan rabia contra los derechos de los inmigrantes que la Iglesia defiende. Habrán muchos poderosos que se consideren dueños de las vidas humanas, pero el único verdadero dueño es Dios, incluso de la vida aparentemente insignificante de los pájaros. Jesús nos revela a un Dios que conoce a cada uno de sus hijos y que tiene contados cada uno de sus cabellos. No nos dice que nada malo nos sucederá, pero nada de lo que nos llegue a pasar dejará de estar en sus manos.

Por tanto, si ni siquiera escapan a él estas pequeñas cosas, ¿cómo no se va a preocupar por sus hijos con solicitud de padre? Por eso, no debemos temer, porque tenemos a un Dios que bajo su mirada benévola y providente siempre cuida de sus hijos.

“No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”, Mt 10, 28. 

P. Fredy Peña, ssp.

COMENTARIO DOMINICAL: La Eucaristía, don de vida y unión 

59496204Cuando realizamos la procesión de comunión para celebrar el gran sacramento de la muerte y la resurrección de Cristo, la eucaristía, proclamamos nuestra unidad en el Cuerpo de Cristo, que es su Iglesia. Los que creemos en este gran misterio acompañamos la celebración, con cantos y oraciones, y desfilamos en procesión al Santísimo Sacramento, confiados en que este don se nos ofrece como alimento.

La identificación con este alimento del pan, es decir, la carne de Jesús, horroriza a las autoridades judías. No entendían eso de comer su cuerpo o beber su sangre, estaba prohibido por la Ley (Lev 17, 14).

Si no comen la carne… Jesús refuerza la idea de que para tener vida deben alimentarse de su Cuerpo y su Sangre. La carne y la sangre, en la cultura semita, son dos polaridades que denotan totalidad e integralidad. Hoy utilizamos estos conceptos para manifestar el conjunto de la persona. Sabemos que el organismo asimila todo lo que comemos o bebemos; por lo tanto, cuando comemos o bebemos del Cuerpo y de la Sangre de Jesús, “aquello” que ingerimos se hace uno con nosotros.

Jesús es el pan vivo, “el pan bajado del cielo”. Este pan es superior al maná que comieron los padres. El maná hacía relación solo a la vida terrena y no tenía eficacia o importancia alguna para el más allá de la muerte. El pan que Jesús nos da es el pan de la ilusión, de la esperanza y del amor. Además, nos inculca que hagamos memoria de él en la fracción del pan y es lo que muchos creyentes hacen en cada eucaristía. Es una lástima que nuestro canto de fracción y comunión tenga, cada vez, menos incidencia en lo que hacemos. Los que dejaron de cantar o creer no han entendido ni aceptado aún que la eucaristía es más que un rito, es un sacramento de unidad. Por eso, la Iglesia cree en esta presencia real de Cristo, porque, a pesar de la incredulidad de algunos, es signo mientras vamos cantando a recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor.

“El que coma de este pan vivirá eternamente”, Jn 6, 51.

P. Fredy Peña, ssp.

COMENTARIO DOMINICAL: Dios es vínculo de amor

Santísima Trinidad: Dios es vínculo de amorLa Solemnidad de la Santísima Trinidad es la declaración de nuestra fe trinitaria: un solo Dios y tres personas distintas. ¿Cómo entender esta triada familiar? El Padre es el que da contención y seguridad al grupo familiar; el Hijo obedece y respeta la autoridad del Padre; y el Espíritu Santo es la relación de amor que viven el Padre y el Hijo. La tarea de Jesús y de su Iglesia consiste en revelar que este Dios personal y amoroso es realmente familia, pero también comunión de amor para los que aún no abren su corazón a tamaño misterio.

Cuando nos bautizaron quedamos signados con un nombre y apellido. El nombre dice quiénes somos; y el apellido, la familia a la cual pertenecemos. Somos hijos de nuestros padres, tenemos hermanos y hermanas. Es decir, no solo individuos sino personas con una familia e identidad. Al referirnos a Jesús, su nombre merece toda nuestra consideración, puesto que fue el nombre señalado por el Ángel, antes de ser concebido para indicar su misión e identidad. Ser Hijo de Dios le significó ser eterno como su Padre y el mismo Espíritu Santo. Lo eterno entendido como lo que permanece en el tiempo, es decir, como el recuerdo de los seres queridos, que son imborrables y trascienden más allá del tiempo y del espacio.

El Dios en que confiamos, creó el mundo y dio el don de su vida a su Hijo. Su Hijo respondió al don siendo fiel y semejante al hombre, menos en el pecado. A su vez, el Espíritu Santo ha permanecido en la creación, insuflando vida en la venida del Hijo, aguardando hasta que este ascendiera para irrumpir en el nacimiento de la comunidad de los creyentes, su Iglesia. Estos tres nombres personales de Dios nos dicen que él es relación de personas; por lo tanto, Dios no es alguien que está solo. El Dios en el cual asentimos es todopoderoso, vive en relación y anhela compartir con nosotros sus riquezas. A través del Bautismo, Dios nos quiso atraer a su vida familiar como hijos suyos, en Cristo Jesús, para que, a imagen de la Trinidad Santa, formemos una familia y una comunidad de amor como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único…”, Jn 3, 16.

P. Fredy Peña, ssp.

COMENTARIO DOMINICAL: ¡La Paz esté con ustedes! 

La Paz esté con ustedes PentecostésEse día de Pentecostés, los discípulos recordaron las palabras de Jesús: Reciban el Espíritu Santo… Ahora, ellos verán las cosas con mayor claridad, tendrán que salir de Jerusalén y entrar en el mundo de los paganos, porque también han sido llamados a la fe. Jesús les dice la paz esté con ustedes, él puede dar la paz, porque ha sido el vencedor del mundo y de la muerte. Su saludo es el saludo del triunfador que aún tiene en sí los signos de la victoria en sus manos y en su costado. Estos son la prueba del amor que él nos tiene. Sin embargo, nos cuesta entrar en la dinámica de la confianza de los hijos de Dios.

No reconocer en Jesús que él viene del Padre y que nos ha dejado un aliado, el Espíritu Santo, es continuar viendo esa presencia de manera sesgada. La falta de fe nos lleva a participar de un gozo condicionado, sin la alegría que mostraron los discípulos al ver al Señor.

Por medio del Espíritu Santo, los discípulos de Jesús podrán llevar a cabo la misión encomendada: animar a la comunidad, asistir a los débiles, respetar la diferencia y, lo más difícil: perdonar las ofensas. En la vida hay ofensas que cuesta perdonar y no solamente por una cuestión de sensibilidad. Lo que duele más es la forma, el momento y quién nos ofendió. Para el evangelista Juan, el pecado es aquel acto que va en contra de la libertad y de la vida.

Entonces, ¿qué significa perdonar la ofensa, la corrupción, el abuso de poder, la mentira, la infidelidad? Imploramos el juicio de Dios y quisiéramos que él hiciera justicia por nosotros. Pero Jesús da el poder de perdonar o no perdonar. Somos testigos de este poder y vamos discerniendo dónde está la vida y dónde se esconde la muerte.

Jesús va tocando el corazón de quienes lo imitan y desenmascara los intereses ocultos de los poderosos. Habrá quien lo acepte y se endurezca en una actitud hostil al hombre, rechazando el amor de Jesús. No es tarea de la comunidad juzgar a los hombres. Su juicio, como el de Jesús, es el de constatar y confirmar el juicio que el hombre debe hacer de sí mismo ante el proyecto de Dios.

“Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”, Jn 20, 21. 

P. Fredy Peña, ssp.

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús camina con nosotros 

Comentario Dominical: Jesús camina con nosotros 

Comentario Dominical: Jesús camina con nosotros

Jesús, después de su muerte y resurrección, preparó a sus discípulos para una gran tarea: anunciar la Buena Noticia. Así concluyó su misión en la tierra. El trabajo de los discípulos será implantar la liberación y la llegada del Reino. Llevan consigo solo la ilusión y el ideal enseñado por Jesús, pero con dudas. En las Sagradas Escrituras la duda se asocia con la falta de fe y de compromiso con la práctica de la justicia. Ahora, ese compromiso es nuestro y como cristianos somos los continuadores de su obra. ¡Cuántas veces, en la vida, hemos sentido esa falta de fe y responsabilidad! Decididos y con buenas intenciones, apostamos por un proyecto, pero pronto lo dejamos por el peso que significa, por comodidad o por miedo al fracaso.

El punto de partida es Galilea y el objetivo consiste en que la justicia del Reino llegue a todos, convirtiéndolos en discípulos de Jesús. Los medios para conseguirlo son el bautismo y la catequesis. El primero, se realiza en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y el segundo, contempla todo lo que Jesús enseñó. Estos medios son el sello distintivo por el cual hemos asumido un vínculo de amor con Jesús. No es un vínculo cualquiera, es para toda la vida. No se descarta cuando se quiere ni se asume lo que conviene. En esto podemos actuar como niños: cuando se cansaron con la pelota, fueron por la Tablet para satisfacer su egoísmo desmedido.

Por eso, la Ascensión del Señor nos enseña a reconocer a Jesús presente en las personas y en la comunidad cristiana. Si no lo vemos, es porque hay muchos que creen en Dios y sus enseñanzas, pero viven como si Dios no existiera. Dice Jesús: Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo, él camina junto a la Iglesia y su promesa termina confirmando, que permanece vivo en la vida de la comunidad. Ya no es visible, pero está de una forma más eficaz, hasta que se lleve a cabo, en sus hijos, la plena comunión de vida.

“Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo”, Lc 16, 20.

P. Fredy Peña, ssp.

COMENTARIO DOMINICAL: La Promesa del Espíritu Santo

stained-glass-563669_960_720Hay dos grandes temas en el itinerario del mundo creyente: por un lado, la Caridad; y por otro, la asistencia del Espíritu Santo. Jesús dice a sus discípulos que existe una forma de vencer el miedo, la separación y la muerte. Esa forma es el Amor: “aquel que lo ame de verdad cumplirá sus mandamientos”. Como el hijo obediente, que sabe guardar las reglas de su casa y no desagradar a sus padres. No porque les tenga miedo, sino porque los ama, los respeta y, por eso, obedece. Lo mismo acontece con Jesús; se tiene la impresión de que los mandamientos son una especie de límite a la capacidad de amar y no es así, porque el que ama no impone. En la medida que vivimos en el amor, nuestro testimonio como verdaderos “amigos” de Jesús viviendo sus mandamientos, nos hace más creíbles y mejores personas.

La fe cristiana no consiste en un código de normas morales, sino en la adhesión a una persona: Cristo. Pero esta no es una adhesión cualquiera, sino que nace de un amor radical hacia él, hasta no querer otra cosa más que su voluntad. En el matrimonio, por ejemplo, al principio todo es amor, cada uno de los cónyuges desea agradar al otro. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, hacer siempre la voluntad del otro cansa. Con Jesús nos pasa lo mismo, también nos cansamos de hacer el bien, no porque no lo amemos, sino porque en nuestra sociedad la injusticia, la corrupción, la deshonestidad o la mentira son más “creíbles” que cualquier otro gesto de bondad.

“Dentro de poco el mundo ya no me verá”. Estas palabras de Jesús dejaron en los discípulos la sensación del abandono total. No obstante, les promete que ellos sí lo verán. Por eso que nos alerta: no estamos solos en esta tarea de hacer lo que nos pide y nos promete el Espíritu Santo. Hoy vemos su presencia cuando la comunidad creyente se reúne en su nombre, comparte lo que tiene, se alegra por un nuevo miembro, promulga sus enseñanzas, asiste a los más débiles y se ama como él nos amó.

“Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes”, Jn 14, 16.17.

P. Fredy Peña, ssp.

COMENTARIO DOMINICAL: Podrán hacer grandes obras 

hqdefault-3En este discurso de despedida de Jesús, que desembocará en su hora (muerte-resurrección), provoca la turbación y el desánimo de sus discípulos. Si él se va, quedarán solos y en duelo: ¿Dónde se va? ¿Por qué debe ser de ese modo? Jesús es el único que quita la mirada trágica del hecho. Sus palabras son oscuras para los discípulos, no entienden, hacen preguntas y responde hablando con imágenes familiares y tranquilizadoras para terminar con una revelación definitiva: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”.

En tiempos de Jesús, el “Camino” era entendido por los líderes religiosos como el cumplimiento de la Ley. Pero él revierte la situación y plantea que él es el Camino para llegar a Dios. Todo aquel que se vuelve como él (humano) está en el Camino: viene del Padre, con sus palabras y acciones, pero también vuelve a él abriéndonos el paso a una vida más humana. Además, se afirmaba que la Ley era la vida, bastaba cumplirla para acceder a ella. En cambio, Jesús garantiza que él es la Vida en plenitud para todos; y por lo tanto, la Verdad, ya que al identificarnos con él, actuamos conforme a su modo y no al modo tan clásico de nuestros tiempos: “hago de mi vida según lo que me parece”.

En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones… ¿Qué hacen unos padres responsables que esperan la visita de su hijo después de mucho tiempo sin verlo? Preparan con cariño la habitación donde se alojará. Jesús hace lo mismo, abre la casa del Padre a los hombres por él redimidos. Cuando conocemos a Jesús, estamos conociendo al Padre.

El reproche de Jesús a Felipe: Hace tanto tiempo que estoy con ustedes… pone en evidencia el error de Felipe. Este cree que después de Jesús hay algo más, como si Jesús no bastara: Cristo es suficiente porque él colma toda expectativa de vida. Unidos a él haremos grandes obras, pero siempre y cuando seamos conscientes de que toda obra buena es por absoluta intervención del Señor y no nuestra.

“El que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aun mayores”, Jn 14, 12. 

P. Fredy Peña, ssp.

 
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