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Editorial SAN PABLO
 
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COMENTARIO DOMINICAL: Jesús no rechaza a nadie

Jesús y la mujer cananea.Jesús se dirige a la región de Tiro y Sidón, lugar considerado impuro por los judíos, y no se deja influenciar por esta opinión. Estando, allí, es interpelado por una mujer cananea, de la cual los discípulos de Jesús querían desentenderse. Pero ella es lo suficientemente humilde e implora piedad para sí misma, aunque es su hija la que padece la enfermedad. Y se entiende, si no ¿qué madre amadora de sus hijos no se sacrificaría por ellos? Dice Jesús: No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros. Es una expresión dura, pero esta permitirá que la mentalidad de la época reaccione, ya que los judíos más tradicionalistas no querían saber nada acerca de los paganos, a los que tildaban de “perros”. Es más, estos eran considerados animales impuros y no tenían dueños ni casa. En la actualidad, nadie piensa que para ser mejor persona basta solamente con integrar al distinto, ya que existen otras formas de discriminación, como el racismo y el odio a los inmigrantes; o cómo una sociedad, cada vez más laicista (vivir sin Dios), quiere imponer sus criterios y formas de ver el mundo a los que decimos creer en Dios. 

Es loable la actitud de la mujer y no le importa humillarse ante Jesús. Su valentía la coloca en el lugar de los que siempre buscan el bien de los otros y no para sí mismos. Con todo, ella insiste: los cachorros comen las migas que caen de la mesa; en su cultura, los perros también formaban parte de la familia. Y así Jesús invita a la mujer a dar un salto cualitativo, superando el prejuicio de los judíos con relación a los extranjeros. En esta actitud se ve reflejada también la experiencia de muchas personas que buscan a Dios desinteresadamente y sin ponerse en la fila de los privilegiados. No quieren sacar réditos de la fe ni ganar voluntades con oraciones o novenas, sino que desean ser personas de bien a fuerza de la virtud cristiana. Por eso, el comportamiento de la mujer ha de interpelarnos, porque su actuar solo está motivado por la fe en Jesús y el amor a su hija

“Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!”, Mt 15, 28.

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO: Feliz de ti por haber creído

ASUNCIÓN DE LA VIRGEN: Feliz de ti por haber creídoSon pocas las veces, que la historia nos dice algo sobre personas sencillas y comunes. En este caso, el evangelista Lucas se inclina por relatar una situación que ningún historiador o periodista estaría dispuesto a destacar. Y es que el encuentro de dos mujeres sencillas, como María e Isabel, es un hecho que no huele a escándalo, a chisme ni menos estimula a la fama. Simplemente, es la visita sincera de una mujer a su prima, cuya única motivación es el afecto y la cercanía. Estamos ante la paradoja de dos mujeres que son despreciadas por la sociedad machista de la época. Sin embargo, algo tienen en común, ambas llevan una vida en su vientre; ambas valoradas como medio de multiplicación y de prolongación del nombre del varón; ambas representan la humildad del pobre y la fortaleza del que sufre. Pero también, a sus vidas se adosa la presencia de dos criaturas que traen en su vientre; uno se llamará Juan Bautista, cuyo nacimiento dará término a muchos años de esterilidad; a diferencia del Mesías, su venida al mundo se hará por medio del Espíritu Santo y sin intervención de varón: “para Dios no hay nada imposible”. Con esto, el relato manifiesta cómo Dios actúa en la historia de los hombres y por medio de qué personas va construyendo una historia sagrada.

El cántico de María nos enseña que, mientras este mundo hace historia bajo los criterios del poder y del tener a costa de lo que sea Dios va realizando su obra, en medio de la escasez y el desamparo de los más débiles. Su mensaje es revolucionario porque María, al manifestar las convicciones de un alma libre, invita a otros para que también lo sean. Es decir, esta invitación es un llamado a vivir en la esperanza de los que aguardan en Dios con paciencia e ilusión. ¡Qué mejor que María! Ella representa a la comunidad de los creyentes, que aún en la dificultad alaba a Dios y expresa, más fielmente, los sentimientos y la actitud de confianza en su poder. María proclama que Dios derriba las autosuficiencias humanas, rechaza a los que triunfan a fuerza de la mentira y exalta a los que viven en la verdad, a pesar de sus costos; está con quienes se sensibilizan con el dolor del otro; llena de bienes a los más necesitados y despide con las manos vacías a los que han acumulado en desmedro de los que tienen menos.

“¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?” Lc 39, 43.

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: ¡Soy yo, no teman!

Captura de pantalla 2017-08-11 a la(s) 12.57.58Los discípulos de Jesús se ven obligados a enfrentar una situación peligrosa, las olas golpeaban la barca y la sacudían. Es una realidad que describe una existencia atormentada por la hostilidad de las dificultades internas como externas. No obstante, Jesús resucitado está con ellos y los asiste. Aunque debieron acostumbrarse al hecho de que él no estuviera en forma visible y sensible. “Forma” que hoy como cristianos también debemos asumir y, si verdaderamente, confiamos en él, no podemos dudar de su ayuda y cercanía.

Tres aspectos para destacar: primero, el ideal de participación es confiado a los que lo siguen; él nos invita a continuar su obra. Segundo, los discípulos tienen que atravesar el mar. Somos una comunidad en misión, con dificultades, y tenemos que responder ante las exigencias del anuncio; tercero, los discípulos son enviados a la otra orilla del lago; debemos comunicar a Jesús allí donde no se conoce, se ignora o no se ama.

Y el viento era contrario… es una situación que denota la fragilidad de la barca, que sucumbe ante la oscuridad y los desafíos que enfrenta la comunidad cristiana. El contexto social y eclesial que vivimos como Iglesia nos lleva a ser prudentes, ante tantas situaciones de escándalo que han menoscabado la estabilidad y la credibilidad de la Iglesia. No podemos titubear y perturbar nuestra fe. Sabemos que el Espíritu Santo asiste a la Iglesia y la sostiene; por lo tanto, mirarla con benevolencia nos ayudaría a entender las miserias del corazón.

Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? La duda de Pedro es lo opuesto al riesgo ante los desafíos. No es el riesgo que lo hace hundir, sino esa duda que atemoriza y paraliza. Por eso, al participar de la vida de Jesús y de su proyecto, nos empapamos de valor para superar los desafíos y obstáculos, sin pretender –como algunos? que las cosas se resuelvan por medio de un milagro. No es que no existan, sino que habrá que esperarlo, en medio de la duda, hasta que hayamos hecho todo lo que esté de nuestra parte. Este es el gran acto de fe, que debemos hacer como “creyentes”: ser hijos de Dios que, aun en las tinieblas, seguimos a Jesús, convencidos de que él nos ama y acompaña.

“Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”, Mt 14, 31. 

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Un destello del Misterio de Dios

La Transfiguración del SeñorEn el evangelio de Mateo, la transfiguración del Señor nos dice que Jesús es el nuevo Moisés, él habla en nombre de Dios. A partir de ahora hay un trato personal con el hombre; Jesús, como buen siervo, entrega su vida cumpliendo toda justicia del Reino; y es el Profeta que será escuchado por muchos; pero incomprendido por otros. En él se cumplirá la voluntad del Padre, cuya consecuencia nos abrió la posibilidad de ser santos.

Seis días después del primer anuncio de su Pasión, por medio de la transfiguración, Jesús manifiesta la plena realización de lo que Dios había planeado en el momento de la creación: un estado de armonía y equilibrio de todo cuanto existe. Para el pueblo de la Biblia, la montaña es el lugar ideal para obrar este prodigio, era el sitio donde Dios se daba a conocer. El mundo de hoy está lleno de misterios y el que Jesús se transfigure, en una montaña, no es uno más. Sin embargo, el plan de Dios era que su Hijo Jesús pasará del sufrimiento al gozo, de la humillación a la gloria y de la muerte a la vida.

De esta manera, el rostro de Jesús brilló como el sol. Sus testigos fueron Pedro, Santiago y Juan, que casi sin entender, se preparaban para el momento del dolor y del Calvario. Fue un gran estímulo que robusteció su fe; sobre todo para cuando Jesús no estuviera físicamente con ellos. Por eso, recordarán el episodio de la montaña y soportarán su muerte hasta llegar a ese gran día de esplendor: la resurrección del Señor. En ellos, están representados todos quienes esperan, con paciencia, el día de la justicia, del gozo, de la paz del corazón, donde solo baste Dios y nada más.

Seguro que son muchos los que desean, al igual como los Apóstoles, quedarse con Jesús para hacer una choza y no moverse de allí. No obstante, los hijos de Dios peregrinan y miran la vida con los ojos de la fe. Para estos es posible contemplar los misterios de Dios y no por ello hacer una “choza” para quedarse sumidos en los caprichos del corazón y del egoísmo.

El misterio de la transfiguración es como un anticipo de esa gloria futura que rodea a Jesús. Dichosos los que aún sin ver ni oír o sin experimentar esa “gloria”, continúan contemplando, con amor e ilusión, el Misterio Pascual pues, la transfiguración del Señor es una gran señal de esperanza para quienes continúan transfigurando sus vidas al modo de Jesús, aunque, a veces, la luz de la fe parece apagarse por la desazón y el cansancio.

“Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo” Mt 17, 5.

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús revela el misterio del Reino 

art_00000551Se dice que Jesús recurría a las parábolas para hacerse entender mejor; sin embargo, más allá de su función pedagógica, estas buscaban revelar el misterio del Reino. En la parábola de la cizaña, Jesús critica el apuro de los discípulos y de las comunidades cristianas al querer separar entre buenos y malos. Estos, a semejanza de los fariseos y esenios, querían formar comunidades “puras”, huyendo de la realidad (esenios), o considerándose de “élite” (fariseos) por ser instruidos en la Ley. 

La comunidad creyente está confundida, ya que en medio del trigo muestra que la sociedad es un campo de siembras diferentes y que allí crece también la cizaña. Se preguntan si Jesús es realmente el Mesías de la justicia, si no ¿cómo se explica el crecimiento de la injusticia? Hoy, muchos desearían ver a Dios precipitarse a la tierra y cortar las malas yerbas de la sociedad: los que están a favor del aborto, los que trafican con personas, los matones de oficio, los corruptos de corbata, los zares de las drogas y todos aquellos que abusan del bien y de la buena voluntad del otro. 

No sea que al arrancar la cizaña… Dios es paciente, respeta la libertad hasta el punto de tolerar el mal hasta el día del juicio. No obliga a nadie a que evite el mal y obre el bien, sino que nos da el tiempo necesario para arrepentirnos y cambiar de vida. Es decir, por juzgar a la ligera podemos calificar de malo a alguien o algo. Esto sería un gran error, ya que no debemos juzgar los actos de nadie, pues eso es un derecho solo de Dios. 

A su vez, la parábola de la levadura contrapone el poco al mucho. En efecto, la cantidad de levadura es insignificante ante tanta harina. Sin embargo, esta aumenta dentro de ella, como si la mujer escondiera la levadura en la harina. En Israel, hacer pan era menester confiado a la mujer, pues debían hacerlo todos los días, era su alimento básico. Asimismo, Jesús afirma que es la justicia que levantará a toda la humanidad, pues tiene el poder de contagiar y levantar toda la masa. Por tanto, el Reino se confía a los pequeños, pobres y marginados. Allí es donde él asume su propia forma y vitalidad, en la medida que lo “insignificante” sea el lugar propicio para la obra de Dios. 

“Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre”, Mt 13, 43. 

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Mujer, ahí tienes a tu hijo 

Mujer-ahí-tienes-a-tu-hijoQuizás, esta imagen de Jesús junto a su madre es uno de los más hermosos pasajes del Evangelio. Madre e hijo viven un encuentro dulce, pero con el sabor amargo del dolor. En la escena, participan las mujeres, que representan al mundo creyente, los soldados, que simbolizan a los incrédulos de la época, y el discípulo amado, que es el “modelo de discípulo” que imita a Jesús. “Mujer, ahí tienes a tu hijo” son las palabras que ahora Jesús dirige a su madre como una forma de acompañarla y de consolarla. Al llamarla mujer y no mamá, viene a dignificar a quien realizará la misión del nuevo pueblo de Dios.

La separación entre María y Jesús está marcada por la muerte de este en la cruz; a diferencia de aquella separación en las bodas de Caná, ella, sin temor al reproche de Jesús, desaparece del evento al decir: Hagan todo lo que él les diga. Sin embargo, Jesús le pide que no intervenga en la voluntad de su Padre, ya que nadie puede adelantarse a sus planes. María aparece así tanto en el principio como en el término de la vida pública de Jesús, pero esta vez la separación es un hecho. Es la hora en que todo llega a su fin, ya no queda más para compartir, hablar, sonreír y llorar juntos. La hora del hijo irrumpe como el invitado de piedra para el cual no te habías preparado ni habías imaginado. Solo una madre está cualificada para decir lo que significa la muerte de un hijo, más aún si un grupo de personas pide su crucifixión.

No obstante, este episodio no solo describe un acto de piedad filial de una madre con su hijo, sino también de una auténtica revelación de María como la madre espiritual. Ella es la madre del discípulo amado, pero también la de todos los creyentes. El afecto y la relación maternal se van a centrar en estos “creyentes”, por quienes su Hijo entregó su vida y en el cual todos los que crean en él pasarán a formar parte de la comunidad eclesial. María no solo será la mujer de la casa doméstica para pasar a ser la “mujer” que interceda entre la comunidad y Dios; será la mujer que ilumine a sus hijos entre las luces y sombras; será la mujer que acoja a sus fieles por más que estos ofendan a su Hijo. Ella es una intercesora que acoge la voz suplicante de sus hijos para presentarla ante Jesús.

“Mujer, aquí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: ‘Aquí tienes a tu madre’” Jn 19, 26. 

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, paciente y humilde de corazón 

52_jesus-heals-a-lame-man-on-the-sabbath_1800x1200_300dpi_2Jesús sufre el rechazo por parte de las autoridades políticas y religiosas de su época. Estos sabios e inteligentes no aceptaban su señorío, sus enseñanzas y pertenecían a una élite, que catalogaba al pueblo de “maldito” por el solo hecho de no conocer, entender y no practicar la Ley. Pensaban que Dios estaba lejos de los que eran incultos y pobres. Dice Jesús: revelaste estas cosas a los más pequeños… esta élite no es capaz de reconocer y percibir que estar a favor de los más postergados, es contribuir al proyecto de Dios. Su autosuficiencia y seguridad los ha llevado a menospreciar a las clases más populares. ¿Será que la élite está condenada al fatalismo deseado por Dios? Ciertamente que no; pero Dios no se oculta, él se revela en su Hijo. El problema con los sabios e inteligentes es que por considerarse una “élite”, ya rechazaron lo que Jesús dijo e hizo. 

Nos encontramos con un problema muy actual que es el de la autoridad. Jesús entró en conflicto con los mandos religiosos y políticos. Su autoridad no vino para ser aplaudida o servida, sino para ponerla al servicio de los pequeños del Reino. La autoridad de Jesús se va revelando a través de sus dichos y obras, solo así su Padre actúa en él. Cuántas veces anhelamos que Dios se manifieste y diga ¡basta! a tanta iniquidad, soberbia y estupidez. Sin embargo, Jesús no se muestra en esos corazones que aún no asumen su responsabilidad a favor de los más pequeños. Es inútil atribuir a Dios lo que es consecuencia de la propia autosuficiencia y ceguedad de un corazón egoísta. 

Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados… es la invitación para abrazar, cada vez que la vida no nos sonríe y quedamos perplejos esperando que alguien nos considere. Sin Jesús arrastramos nuestro yugo con amargo dolor, con Jesús lo llevamos en lágrimas de amor. Entonces ¿cuál es la novedad de su yugo? Es que él trae una forma nueva de enseñar y vivir la ley: incorpora a los más postergados de la sociedad, para vivir en la justicia y en la misericordia, que vienen de él y del Padre

“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”, Mt 11, 28. 

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, signo de contradicción 

Comentario DominicalInstaurar el Reino de justicia que proclama Jesús en una sociedad que defendía la acumulación de la riqueza, el prestigio y el poder no era tarea fácil. Hoy, las cosas no han cambiado mucho; sin embargo, la opción por el Reino de Jesús es como arar la tierra; por donde pasa, el arado deja sus huellas.

La expresión “no es digno de mí…” no significa que debemos amar en menor o mayor grado a nuestra familia; al contrario, a esta se la ama siempre. No obstante, podemos hacer “cortes profundos”, incluso con ella. Nunca seremos discípulos de Jesús si no rompemos con una forma de vida que considera “justa” la acumulación de las riquezas en manos de pocos y en perjuicio de los que tienen menos. No olvidemos que somos seguidores de un crucificado, alguien que fue perseguido, sentenciado a muerte y, por lo tanto, corremos la misma suerte si denunciamos lo injusto y mezquino.

El que recibe a un profeta… los primeros discípulos de Jesús, al igual que él, eran predicadores itinerantes que iban de ciudad en ciudad. No tenían morada fija y no eran bien vistos por la sociedad de entonces. Hoy es imperioso reconocer a Cristo en los más débiles o pobres, en las madres solteras que procuran la ayuda de instituciones sociales, en los extranjeros con papeles legales o sin ellos, en los niños que no poseen familia, en los que viven discriminación o en los ancianos olvidados en las casas de reposo. En una sociedad que defiende más la mentira que la verdad, la traición más que la lealtad, la violencia y no la paz o la corrupción más que la honestidad, estamos invitados a ver a Cristo siempre en el que sufre. Jesús no nos dice cómo solidarizarnos con los que proclaman el egoísmo humano y sus consecuencias, ni tampoco da recetas, pues cree que sus seguidores son lo suficientemente lúcidos, con sentido común y sensibles como para saber cuándo un pequeño gesto de hospitalidad, como dar un vaso de agua fresca, no quedará sin recompensa ante los ojos de Dios.

“El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará”, Mt 10, 39. 

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: No tengan miedo 

COMENTARIO DOMINICAL: No tengan miedo El testimonio de los profetas y de los primeros cristianos evidenciaba que era imposible ser discípulo de Cristo si no se pagaba un alto costo de persecución o martirio. La persecución correspondía a una lógica del anuncio evangélico y le ocurrió a Jesús. Hoy le sucede lo mismo a toda persona que quiere ser fiel a Dios. La expresión “no tengan miedo” refuerza la idea de que anunciar el evangelio es para valientes. La palabra temer, en este caso, significa obedecer.

Este miedo había llevado a algunos de la comunidad a una forma alternativa de testimonio, se buscaba “acomodar” el mensaje de Jesús para llevarlo a una cuestión más intimista o de sacristía. Pero Jesús dice lo contrario, “lo que está encubierto será descubierto”, es decir, su mensaje ha de proclamarse hasta las últimas consecuencias, sin faltar a la verdad, “caiga quien caiga”. La lucha por la justicia, muchas veces, choca contra los intereses mezquinos de algunos y se corre el riesgo de recibir amenazas de diferentes sectores sociales. Por ejemplo: Quienes creen que la mujer tiene la potestad para decidir si abortar o no, nos coloca como enemigos de los derechos de la mujer, sobre todo al insistir que este no ha de practicarse, porque atenta contra la vida e incluso de la misma mujer.

También la aversión al extranjero y la avaricia descargan rabia contra los derechos de los inmigrantes que la Iglesia defiende. Habrán muchos poderosos que se consideren dueños de las vidas humanas, pero el único verdadero dueño es Dios, incluso de la vida aparentemente insignificante de los pájaros. Jesús nos revela a un Dios que conoce a cada uno de sus hijos y que tiene contados cada uno de sus cabellos. No nos dice que nada malo nos sucederá, pero nada de lo que nos llegue a pasar dejará de estar en sus manos.

Por tanto, si ni siquiera escapan a él estas pequeñas cosas, ¿cómo no se va a preocupar por sus hijos con solicitud de padre? Por eso, no debemos temer, porque tenemos a un Dios que bajo su mirada benévola y providente siempre cuida de sus hijos.

“No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”, Mt 10, 28. 

P. Fredy Peña, ssp.

COMENTARIO DOMINICAL: La Eucaristía, don de vida y unión 

59496204Cuando realizamos la procesión de comunión para celebrar el gran sacramento de la muerte y la resurrección de Cristo, la eucaristía, proclamamos nuestra unidad en el Cuerpo de Cristo, que es su Iglesia. Los que creemos en este gran misterio acompañamos la celebración, con cantos y oraciones, y desfilamos en procesión al Santísimo Sacramento, confiados en que este don se nos ofrece como alimento.

La identificación con este alimento del pan, es decir, la carne de Jesús, horroriza a las autoridades judías. No entendían eso de comer su cuerpo o beber su sangre, estaba prohibido por la Ley (Lev 17, 14).

Si no comen la carne… Jesús refuerza la idea de que para tener vida deben alimentarse de su Cuerpo y su Sangre. La carne y la sangre, en la cultura semita, son dos polaridades que denotan totalidad e integralidad. Hoy utilizamos estos conceptos para manifestar el conjunto de la persona. Sabemos que el organismo asimila todo lo que comemos o bebemos; por lo tanto, cuando comemos o bebemos del Cuerpo y de la Sangre de Jesús, “aquello” que ingerimos se hace uno con nosotros.

Jesús es el pan vivo, “el pan bajado del cielo”. Este pan es superior al maná que comieron los padres. El maná hacía relación solo a la vida terrena y no tenía eficacia o importancia alguna para el más allá de la muerte. El pan que Jesús nos da es el pan de la ilusión, de la esperanza y del amor. Además, nos inculca que hagamos memoria de él en la fracción del pan y es lo que muchos creyentes hacen en cada eucaristía. Es una lástima que nuestro canto de fracción y comunión tenga, cada vez, menos incidencia en lo que hacemos. Los que dejaron de cantar o creer no han entendido ni aceptado aún que la eucaristía es más que un rito, es un sacramento de unidad. Por eso, la Iglesia cree en esta presencia real de Cristo, porque, a pesar de la incredulidad de algunos, es signo mientras vamos cantando a recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor.

“El que coma de este pan vivirá eternamente”, Jn 6, 51.

P. Fredy Peña, ssp.

 
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