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Editorial SAN PABLO
 
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COMENTARIO DOMINICAL: El creyente, morada de Dios

COMENTARIO DOMINICAL: El creyente, morada de DiosPoco a poco llega el momento final para Jesús. Por esta razón, deja todo en manos de sus discípulos y de aquel que crea en su Palabra y se comprometa en el proyecto de Dios. Si tanto la Palabra de Dios como su amor son los que traerán la transformación de la sociedad, entonces habrá que estar preparados, pues cada vez más se quiere vivir al margen de Dios. Sobre todo cuando Jesús propone transformarla desde la entrega de la propia vida y no desde la violencia.

“Si alguien me ama…”. Ante tantas faltas de amor en el mundo, Jesús responde con la fórmula del amor activo: todo aquel que guarda su Palabra se convierte en morada del Padre y del Hijo. No obstante, esto no tiene nada que ver con una fe intimista donde me entiendo Yo y Dios y el resto queda fuera. Este vínculo de amor cobra real sentido cuando cada persona se adhiere a una fe que es personal, pero también asume que es comunitaria.

Es la misma fe que patentaron los discípulos de Jesús y que no por eso dejaron de sentir miedo ante la partida de este. ¿Qué harán cuando no esté Jesús? La intervención del Espíritu Santo en el camino de la Comunidad será fundamental, porque permitirá recordar quién partió. Es decir, rememorará y enseñará las palabras y gestos del Señor. Solo por medio del Espíritu Santo es posible iluminar las situaciones presentes y distinguir lo que lleva a la vida y no a la muerte, lo que es fruto del egoísmo y no del amor desprendido y generoso.

La paz que comunica Jesús a sus discípulos es fruto de su decisión de cumplir, hasta el fin, el proyecto del Padre. Es una paz que no la puede dar el mundo sino solo aquel que tiene la convicción profunda de saber hacia dónde va y quiere. Por eso la obediencia de Jesús suscita la fe de los que lo siguen y los hace capaces de amar –al igual que él? aun en las situaciones más adversas.

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Solo el amor de Cristo nos salva

COMENTARIO DOMINICAL: Solo el amor de Cristo nos salvaLa Última Cena es el contexto donde Jesús manifiesta su discurso de despedida antes de vivir su Pasión. Allí entrega a los Apóstoles las normas que trazarán el itinerario de vida de la Comunidad. Era necesario dar “gloria a Dios” como un último hasta luego y reconocer que esa “gloria” no es otra cosa que la revelación del proyecto de Dios y los signos que Jesús hacía. Pero es también la obediencia de Jesús al Padre y el amor dado a las personas para que trascendieran y crecieran en humanidad.

Antes de morir, Jesús, desde lo más profundo de su corazón, les transmitió a sus discípulos la consigna de la caridad: “Ámense unos a otros”. Sin duda que este lema era exigente, porque si el Antiguo Testamento proponía amar a los demás, Jesús estaba pidiendo amar como él, ya que él es el modelo y la nueva medida del amor. Ante esta nueva realidad, que es “nueva”, Jesús supera la ley que hasta ese entonces fue incapaz de revelar de forma definitiva la voluntad de Dios. Por tanto, como cristianos tenemos un deber.

El “Ámense” es un imperativo porque es testificado por quien cumplió todos los requerimientos de Dios. No es impuesto desde fuera sino que viene de quien comprobó en carne propia las exigencias del amor: “Amar incluso a los que lo rechazaron”. Entonces, ¿qué gracia tiene amar a quienes amas, si el amor de Jesús invita a ejercer la caridad con aquellos que te incomodan la vida? En el fondo, lo que se nos pide es amar como Dios nos ama. No podemos olvidar que fue el amor de Jesús el que abrió tantos corazones sin esperanza, para luego abrirse, aceptar la fe y anunciarla. Fue el amor de Jesús el que inspiró a los santos a servir a los demás sin esperar retribución. Será este amor el que, también hoy, nos llevará a alejarnos de la mentalidad deshumanizadora e indiferente que pulula en nuestros días.

“Ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado…” (Jn 13, 34).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, Buen Pastor y custodio de su rebaño

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, Buen Pastor y custodio de su rebañoEn un contexto de hostilidad por parte de las autoridades religiosas del Templo, Jesús manifiesta el discurso del Buen Pastor. Él es el Buen Pastor que intenta alejar a su redil de la mentalidad opresora y legalista de la época. El pueblo de Israel siempre se identificó con la figura del pastor, ya que era la forma de expresar cuán amorosamente protegidos por parte de Dios se sentían. La figura del pastor puede parecer bucólica y nostálgica, pero su tarea era muy dura, pues debía trabajar en condiciones adversas, donde el agua y la vegetación eran muy escasas.

No obstante, ¿qué puede significar esta imagen campesina del Buen Pastor hoy? Quizá para los más escépticos no signifique nada, pero Jesús no es un pastor falso o aparente, como eran los antiguos dirigentes o reyes en Israel, que se presentaban como garantes de la ley de Dios pero no la cumplían. Jesús tampoco es un mercenario que siempre está midiendo ¡cuánto! va a perder en la próxima fechoría, sobre todo cuando las ovejas pasan a ser una mercancía para beneficio propio. Jesús es el pastor modelo que ayuda a salir a las personas de sus miedos y de la explotación de los yugos de poder. Para quienes escuchan la voz del Buen Pastor les espera la Vida eterna o la vida definitiva, que según el evangelista se caracteriza por la vida en el Espíritu. La vida que es para siempre, porque supera la propia muerte. Con Jesús como Buen Pastor ya nadie podrá separar a sus ovejas, porque él las protege de los malos pastores, de los vendedores de ilusiones, de los inconformistas de siempre, de los que viven al margen de Dios, etcétera.

El amor de Jesús pone en jaque nuestra fe y por eso llama una por una a sus ovejas. Solo las buenas y fieles ovejas del único Buen Pastor, Jesús, serán el día de mañana los buenos y santos pastores de hoy.

“Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna” (Jn 10, 27-28).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús resucitado permanece en la comunidad

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús resucitado permanece en la comunidadLa comunidad pospascual se ve enfrentada a dos problemas: la crisis de identidad y qué implica ser discípulo de Cristo. Aunque Jesús esté presente en la Comunidad -de una manera distinta-, continúa acompañando e impulsando la misión apostólica y el itinerario pascual de los discípulos. Su mediación en la pesca milagrosa tiene una connotación relevante, ya que el milagro ocurre en tierra de paganos. Sin embargo, el hecho de que los discípulos hayan estado toda una noche pescando no fue suficiente, ya que es la intervención de Jesús la que trae la fecundidad a la pesca; es decir, el éxito, en cualquier misión cristiana, no depende únicamente del esfuerzo humano sino de esa presencia viva del Señor resucitado en medio de la comunidad creyente. Sin la fe en la resurrección de Jesús, cualquier misión u obra de caridad es estéril.

La red llena de peces representa la misión universal hacia todos los pueblos liderada por Pedro. Fueron ciento cincuenta y tres peces, número simbólico que según san Jerónimo indica la acción de la Comunidad, encabezada por Jesús, y que convoca a todos sin que por ello haya rupturas o divisiones. Es Jesús quien reparte el pan y prepara el pescado caliente, signo del alimento eucarístico, pues sin este alimento sería imposible realizar obras de auténtica caridad cristiana y de salvación. Podremos asistir y ayudar a otros, pero sin el pan eucarístico nuestras acciones se revestirán de filantropía o de cualquier otra cosa, pero no del amor de Dios.

Por eso las condiciones para seguir a Jesús se manifiestan en la triple pregunta. Pedro, ¿me amas? es una pregunta que debe hacerse todo creyente que dice amar a Jesús. No todos tenemos el mandato de ser pastores como Pedro, pero sí debemos responder al llamado a la santidad que Dios nos hizo desde el día de nuestro bautismo.

Le preguntó por tercera vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” (Jn 21, 17).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: El Señor, vencedor de la muerte

COMENTARIO DOMINICAL: El Señor, vencedor de la muerte¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluia! Este es el gran grito de júbilo que ha resonado anoche en la celebración de la Vigilia Pascual. Sin duda, es la afirmación de la fe del mundo cristiano. La Iglesia en la Pascua lo celebra todo, porque la resurrección de Cristo no es solamente una fuente de fe sino también de esperanza maravillosa, esperanza que contempla un sesgo de misterio, puesto que el acontecimiento en sí mismo fue algo sorpresivo para los discípulos y las mujeres que encontraron el sepulcro vacío. Y era lógico, María Magdalena, al no ver el cuerpo de Jesús, piensa lo peor: “se lo han robado”.

Inmediatamente, se despierta una señal de alarma porque la resurrección era una cosa impensada para este grupo de hombres y mujeres. Para ellos, con la muerte de Jesús, se había terminado todo, idea no solo de ese tiempo sino también de ahora, pues los escépticos del s. XXI, al no creer en la resurrección, propagan una vida sin Dios o, peor aún, no niegan su existencia, pero viven como si Dios no existiera.

Jesús ha recobrado la vida de una forma inusitada y distinta a como pudiéramos imaginar, una vida en que ni las vendas o el sudario son ya la prueba “fundamental” de su resurrección. Por tanto, no fue este el detalle que iluminó tal acontecimiento sino la propia resurrección de Jesús, que llenó de alegría el corazón de los discípulos.

Jesús resucitado hoy, está más presente que nunca en la “comunidad”. Por eso es necesario tener una fe más adulta, que camine en sintonía con sus enseñanzas y forma de vida. Quizá la gran lección que debemos aprender como creyentes es que la resurrección de Jesús no necesita de “signos extraordinarios” para ser creída, sino de la experiencia de amor que hacemos, con el Resucitado, en medio de la comunidad creyente.

“No habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 9).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, siervo fiel

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, siervo fielEl episodio de la Pasión del Señor nos lleva a confirmar la fidelidad y determinación del “Siervo Sufriente”, que encuentra su plena realización en la persona de Jesús. Es como hacer un viaje cuyo itinerario comienza y termina en Jerusalén. Durante este recorrido, Jesús ha manifestado su misericordia y el perdón, acogiendo a los pecadores, rescatando a los extraviados y ayudando a los más débiles y discriminados. Pero también ha sido objeto de alegría su anuncio y así lo han experimentado todos aquellos que han creído en su persona.

El gran pecado de Jesús para las autoridades judías fue autoproclamarse como “Hijo de Dios”, lo cual era una herejía. En el fondo, sus enseñanzas constituían una amenaza para la “seguridad nacional” y ni Pilato o Herodes encontraron razones para condenarlo a muerte. No obstante, la injusticia que se cometió con Jesús fue evidente. Esa sinrazón de sus paisanos es la misma que se experimenta hoy, cuando como “creyentes” vivimos como si Dios no existiera y negamos, con nuestros actos, que Jesús no tiene nada más que decir o enseñar.

Hoy, desde la Cruz, él nos dice: “Padre, perdónalos porque…”. Él siempre está dispuesto a consolar y animar a todo aquel que, con un corazón arrepentido, reconoce que es Dios y le pide clemencia “Acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. Para muchos, estas palabras no significan nada, porque hoy se rehúye y desprecia todo lo que implica sufrimiento y muerte. Lástima que como “creyentes” aún no descubrimos la dimensión redentora del dolor. Sin embargo, la cruz refleja el momento culmen de la vida de Jesús. Porque es allí donde queda de manifiesto su realeza. Él es el rey justo que perdona, acoge y comparte su Reino con el “ladrón arrepentido” y aún espera que “otros” también lo hagan.

“Él le respondió: ‘Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso’” (Lc 23, 43).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: La nueva moral de Jesús

COMENTARIO DOMINICAL: La nueva moral de JesúsLa dramática escena del evangelio de hoy nos pone en la encrucijada del discernimiento y la irrupción de una nueva moral en la persona de Jesús. Según la ley de Moisés (Deut 22, 22; Lev 20,10), la mujer que fuese sorprendida en adulterio tenía que ser apedreada, y no solo ella, sino también con quien había cometido el adulterio. Una vez más, los doctores de la ley y los fariseos quieren poner a prueba a Jesús. No obstante, el Señor no quiere la condena ni mucho menos la perdición de sus hijos. No desea que la ley se tipifique como una norma “absoluta” de moralidad; al contrario, quiere enseñarla como una “sabiduría” que flexibilice el cómo se juzga, pero sin caer en un “no pasa nada… todo está permitido”.

El episodio acontece en el templo, lugar donde es rechazado Jesús por parte de las autoridades judías. Aquello se había convertido en un centro de poder más que en la casa de Dios en la cual se perdonaba y acogía a quien había pecado. Jesús, al decir “el que no tenga pecado…” inaugura la revolución moral del amor y de la misericordia. Su moral no aplasta ni denigra sino que levanta y dignifica a la persona desde su “debilidad”. No se centra en la culpa ni mide qué castigo dar al pecador, si no que desde el amor lleva al hombre a discernir lo que está bien y lo que está mal.

Es cierto que la sociedad ha de regirse por leyes, si no todo sería una anarquía. Sin embargo, cuando Jesús es puesto a prueba en el cómo aplica la ley, él no se desentiende; es decir, no la rebajó ni menos relativizó la falta, porque se dio cuenta de la “debilidad” de la mujer adultera: su perdón enalteció el ideal del amor. Pensar que hoy hay cristianos que se escandalizan porque se comulga en la mano y, sin embargo, ¡hay tantas otras cosas por las cuales escandalizarse! Pero la moral que nos propone Jesús va por otro cause porque no está centrada en la culpa sino en el amor y en la misericordia de Dios.

“Yo tampoco te condeno –le dijo Jesús–. Vete, no peques más en adelante” (Jn 8, 11).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Dios, padre lleno de misericordia

COMENTARIO DOMINICAL: Dios, padre lleno de misericordiaEl evangelio nos presenta la alegría y la misericordia de Dios como prenda de salvación, para los hijos perdidos. En la parábola del hijo pródigo se expresa el amor sin límites de Dios. En el relato, el hijo mayor representa a los hijos de Israel (inimputables por cumplir los mandamientos); el hijo menor personifica a todos los marginados, pecadores y paganos convertidos. Al pedir su parte de la herencia, la cual debía concretarse una vez que falleciera el padre, sin que se cumpla esta normativa, el padre no la desestima y acepta tal petición, lo que muestra su total imparcialidad. Dios no nos paga según nuestras acciones, su bondad es un don gratuito.

Una vez lejos de su padre, el hijo menor comienza a pagar el precio de su inmadurez, pues en tierras extrañas vive la condición de siervo y la humillación que eso conlleva. Cansado de tanta pellejería, decide regresar y nuevamente es acogido. Es la misma acogida que Dios da a sus hijos cuando se muestran sinceramente “arrepentidos”. Su compasión por el sufrimiento y humillación humana es tal, que para él no tiene cabida “otra” actitud que no sea la del buen samaritano. Dios siempre busca restablecer la dignidad perdida de sus hijos.

Por su parte, el hijo mayor da la impresión de que cumple con el “ideal de hijo”. Sin embargo, su irresponsabilidad fundamental radica en que no desea reconciliarse, no se alegra por su hermano ni se adhiere al proyecto de su padre y por eso le reprocha hace tantos años…”; es decir, no pone su vida en la relación padre-hijo, sino en la de patrón-siervo. Así también actúa Dios, reclama la autenticidad en el amor. En este sentido, la parábola no dice si el hijo mayor asumió una “auténtica reconciliación” como para perdonar a su hermano. Esa es una incógnita que debe responder todo creyente a la hora de poner en práctica el amor misericordioso de Dios padre.

“Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado” (Lc 15, 23).

P. Fredy Peña T., ssp

La conversión, con Cristo, es posible

La conversión, con Cristo, es posibleLa invitación que el Señor nos hace tiene carácter perentorio, es decir, hay premura por la conversión antes de que sea demasiado tarde. Jesús es informado del triste final de unos fieles galileos que fueron asesinados mientras ofrecían sacrificios en el templo. No resistieron que Pilato se aprovechara del tesoro del templo para otros menesteres. La mentalidad de la época creía que las “tragedias humanas” eran un castigo de Dios por sus pecados. Jesús echa por tierra esta antigua creencia que venía de la doctrina de la retribución: la persona, junto con haber obrado mal, más la ira de Dios, traía como consecuencia el castigo y la muerte.

Hay que erradicar la idea de que Dios lleva una cuenta bancaria de nuestros pecados, pero también ser conscientes de que el tiempo de la conversión no es ilimitado. Él no es un Dios vengador. Al contrario, él es un Dios que nos acompaña, sobre todo cuando la “desgracia humana” se ensaña y nos quita la paz. En ese momento, Dios nos invita a aceptar el proyecto liberador instaurado por el propio Jesús; si se rechaza, entonces está la posibilidad de que las personas se destruyan a si mismas y sean cómplices de continuas muertes.

Por su parte, la parábola de la higuera representa esa falta de respuesta del pueblo de Israel al compromiso con Dios, como también la tiene todo creyente cada vez que basa su confianza en los criterios del mundo. La desilusión del dueño de la higuera es la misma que siente Dios al ver a sus hijos más preocupados por ser, tener, poseer, manipular que por “cambiar” su corazón obnubilado.

Dios apuesta por la persona más allá de lo que pueda parecer absurdo. Sabemos que él es misericordioso, pero no podemos abusar de su amor. La conversión es la vuelta a la persona de Dios Padre, es tener un sentido de pertenencia por las cosas del Reino y la mirada esperanzadora por los muchos frutos que podemos dar.

“Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré”

(Lc 13, 8)

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: ¡Jesús es el ungido, escuchémoslo!

COMENTARIO DOMINICAL: ¡Jesús es el ungido, escuchémoslo!El episodio de la transfiguración forma parte de los últimos acontecimientos que preceden al viaje de Jesús hacia Jerusalén. Es una preparación y un preanuncio de la gran venida del Señor al final de los tiempos. Es decir, es una voz de alerta, ya que no hay gloria sin sufrimiento, como tampoco una experiencia de Dios sin padecimientos; por tanto, no puede haber resurrección sin antes pasar por la muerte. Es cierto que el dolor y la muerte no forman parte del plan de Dios, pero en la enseñanza divina son caminos de salvación.

Moisés y Elías representan respectivamente la Ley y los Profetas. El primero es el líder de la liberación de Egipto y el segundo es el restaurador del yahvismo en el Reino del Norte. Ambos dan testimonio del Señor, y, por tanto, ahora Jesús es el líder definitivo y prefigurado en los líderes del pasado. Por eso la transfiguración es el anuncio luminoso de que Dios nunca nos abandona, sobre todo cuando las cosas no van bien. No hay que cerrarse a su presencia, ya que si lo buscamos solo en los momentos favorables entonces cómo podremos descubrir ese actuar luminoso y amoroso en las situaciones de oprobio.

Es la presencia del Padre por medio de la nube la que declara que Jesús es el elegido. La expresión “A otros salvó… que se salve a sí mismo” no hace más que confirmar esa ironía. Es decir, el Padre le confío todo a Jesús y él obedeció hasta el final. Esa decisión contrasta con la de Pedro, los otros discípulos y también con nuestra actitud. Anhelamos los momentos de “cielo”, pero sin tener que pasar por el crisol del dolor ni la muerte. Lo paradójico es que para entrar “en la nube del cielo” urge hacer el camino de liberación sin miedos ni prejuicios, aferrados a la única consigna que nos llevará hacia Dios: “este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo”.

“Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: ‘Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo’” (Lc 9, 35)

P. Fredy Peña T., ssp

 
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