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Editorial SAN PABLO
 
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COMENTARIO DOMINICAL: Jesús lo único necesario

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús lo único necesarioEl episodio de Marta y María es un buen ejemplo para discernir si verdaderamente queremos estar en comunión con Dios. Jesús ha entrado en la casa de dos mujeres, las cuales no participaban del culto ni menos podían dedicarse al estudio de la Ley. Sin embargo, Jesús anula esa costumbre y la hermana de Marta se convierte en un tipo de discípulo que, al igual que la virgen María, pasó a ser una mujer “activa” en la contemplación, es decir, solícita en cumplir la Palabra de Dios y disponible a la acción del Espíritu Santo.

Marta representa a esa porción del pueblo que se encuentra ocupada en hacer muchas cosas por el Señor y se esmera en cumplir con los 613 preceptos para prepararse al esperado encuentro, pero aún no percibe que el Maestro ha llegado, pues cree que con “cumplir” ya todo está arreglado. Por tanto, su criterio de juicio para determinar el comportamiento de los demás es si cumplen o no con la Palabra de Dios.

Por su parte, María practica también la costumbre de la hospitalidad, pero lo hace de un modo distinto. Ella representa a aquel “creyente” que se da cuenta de que llega su Señor y por eso deja de hacer lo que estaba haciendo, porque disfruta de la presencia del Esposo, cuya alegría es que su esposa se alegre. Su solicitud para con el Señor sale del corazón, que es la mejor parte que nadie puede arrebatar a quien cree y que personas como María ?generosas, bondadosas? están llamadas a experimentar esa presencia viva de Dios.

María es modelo del discípulo no por el hecho de no hacer nada, sino porque coloca como base el seguimiento al Señor y la escucha de sus enseñanzas. Por eso la persona contemplativa es toda aquella que pone oídos a lo que dice Jesús y lo hace vida, porque descubre en la oración y el discernimiento cuál es su papel en el proyecto de Dios.

“María eligió la mejor parte, que no le será quitada” (Lc 10, 41.42).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Ser compasivos nos lleva a Dios

COMENTARIO DOMINICAL: Ser compasivos nos lleva a DiosLa parábola del buen samaritano es la manifestación del amor misericordioso de Dios, al tiempo que la clave para entender quién es mi prójimo. Ante la pregunta ¿qué tengo que hacer para heredar…?, Jesús responde con un anuncio evangélico: “Obra así y alcanzarás la vida”; es decir, comportándose como el samaritano, Dios ha asumido el cuidado del más débil y lo ha amado para que este, al ser curado de su mal, pueda amarlo a él con todo el corazón y a los hermanos como a sí mismo.

En el judaísmo tradicional bastaba que una persona no fuera de origen israelita para no ser considerado como prójimo. Por eso al legalista que pone en aprietos a Jesús no le interesa la práctica de la misericordia, porque vive apegado a una serie de leyes que no trascienden más allá de la curiosidad o el “deber” cumplido.

La parábola nos presenta tres actitudes ante el hombre asaltado. El sacerdote que pasó estaba más preocupado por el culto, el templo y por no contaminarse si tocaba a este hombre; es decir, para él Dios está solo en el templo y allí es donde se vive la religión. Cuántos piensan que por solo asistir a misa ya “cumplieron” y a la posteridad su fe no tiene ninguna incidencia con el prójimo. Luego pasó el levita, pero tampoco lo asistió porque su preocupación estaba en saber “quién es mi prójimo” y no en ayudar a quien yacía tirado en la calle.

Es el samaritano quien brinda la ayuda al hombre casi muerto, que sin culpar a nadie se responsabiliza de la situación porque no está apegado a un código de leyes. Él obra a partir de lo que siente y de la marginación en la que vive. Por eso, compadecerse es un gesto eminentemente divino que se traduce en generosidad con los marginados. Y en ese sentido, el samaritano vio en el peor “enemigo” a su prójimo porque supo solidarizar con su desgracia.

“Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida” (Lc 10, 28).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Los cristianos, anunciadores del Reino

COMENTARIO DOMINICAL: Los cristianos, anunciadores del ReinoEn el proyecto del Reino de Dios todos están llamados a participar y por esta razón elige a setenta y dos discípulos para que anuncien la Buena Noticia. El número setenta y dos es simbólico y es posible que aluda a los setenta ancianos de Israel o a las tribus de las naciones de Génesis 10, o bien “todo el mundo”. Hay en la perspectiva del evangelista un llamado a la universalidad de la vocación y la urgencia del mensaje cristiano, pero con discípulos que no se proclamen a sí mismos sino únicamente al Señor y su Reino.

No obstante, los discípulos de Jesús han de adquirir ciertos hábitos, como el de ser personas que rezan porque perciben la urgencia y la premura; la mies es mucha, pero los trabajadores… Es decir, la oración es el medio para pedir por la misión, pero también para reconocer que es gracia de Dios, porque él es el dueño de la mies. Además, los discípulos predican no solamente en un terreno fértil sino también hostil. En medio de una sociedad conflictiva, la persecución será una constante, tal como el propio Jesús la vivió. No solamente una persecución externa sino también interna, pues serán muchas las ocasiones en que los propios problemas personales agotarán el deseo de anunciar la Buena Nueva. Esta Buena Nueva se identifica con la simplicidad y la pobreza de vida… No lleven bolsa ni alforja…Vivir la austeridad en el “poseer” es condición esencial para merecer el Reino que se anuncia. Solo puede aspirar al Reino quien se despoja libremente del “tener”.

El objetivo del “anuncio” no es solamente la victoria sobre el mal, sino que nuestros nombres queden inscritos en el regazo de Dios. Por eso hemos de despojarnos de toda presunción, ya que no atribuirnos “éxito” o “poder” en la lucha contra el mal permite comprender que el Reino de Dios es gracia que solo viene de él y no de otra cosa.

“¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos” (Lc 10, 3).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Para seguir a Jesús hay que pagar un costo

COMENTARIO DOMINICAL: Para seguir a Jesús hay que pagar un costoEl viaje de Jesús no es solamente una subida geográfica a Jerusalén, sino también de juicio hasta terminar en la Cruz. Al enviar a los dos mensajeros, se ve denostado por la falta de hospitalidad, pero él estaba más allá del prejuicio religioso de los judíos con respecto a los samaritanos, por considerarlos impuros. En esPara seguir a Jesús hay que pagar un costoe sentido, Santiago y Juan encarnan la intolerancia religiosa y de ahí su actitud de venganza contra los samaritanos: Pretenden tener el mismo poder de Dios para cobrarse la ofensa recibida.

Por tanto, qué es más grave, ¿la falta de hospitalidad de los samaritanos o la sed de venganza de los discípulos? Curiosamente, Jesús reprende a los intolerantes discípulos y repudia el fanatismo religioso y su intransigencia. Siempre Jesús ve las cosas desde la perspectiva del plan del Padre y por eso no rehúye los problemas o el dolor. Porque vino al mundo para vencer al pecado y para que el hombre vea las cosas como las ve Dios y no como las ve el mundo.

Jesús se ve inmerso en tres casos de seguimiento; el primero es alguien que se ofrece, pero seguirlo no trae ninguna ganancia humana, material ni social; el segundo y el tercero están condicionados por sus lazos afectivos. Jesús no ve nada de malo en esa preocupación familiar o actitud filial, pero muchas veces los padres suelen ser un gran obstáculo para el espontáneo ejercicio de la libertad de los hijos. Por tanto, a Jesús no se le sigue para alcanzar la libertad, se le sigue en libertad.

Como seguidores del Señor, debemos comprender que el futuro amerita mirarlo hacia adelante y no hacia atrás. La nostalgia siempre nos lleva al pasado; en cambio, la esperanza del Reino mira siempre hacia el futuro, porque es más urgente e importante que el propio pasado.

“El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9, 62).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Cuerpo y Sangre de Cristo, banquete para ser compartido

Comentario Dominical: Cuerpo y Sangre de Cristo, banquete para ser compartidoFue el papa Urbano IV (s. XIII) quien ordenó que se celebrara en toda la cristiandad la solemnidad de Corpus Christi. Su objetivo era refutar las herejías de la época, reparar en el cómo se recibía la Comunión y conmemorar la institución del sacramento. Luego, el Concilio de Trento determinó que no solo se hiciese una fiesta particular de la santa Eucaristía sino que también se llevara en procesión al Santísimo, exhibiéndolo por las calles y plazas públicas.

Aclarado el origen de la fiesta, vemos a Jesús que invita a los apóstoles a un lugar apartado; no obstante, la gente casi lo acosaba con sus necesidades, pero los discípulos poco o nada entendían el porqué de que su Maestro acogía y curaba a las personas. Ahora es el desierto el lugar donde Jesús atrae al pueblo para celebrar allí el banquete de la vida y revive un nuevo éxodo, en el cual el pueblo lo sigue como el nuevo Moisés. No obstante, sin ser comprendido, vence la tentación de los apóstoles y opta por dar continuidad a la instauración de su Reino, solidarizándose con los demás.

Jesús ve en la actitud egoísta de sus discípulos la misma que ostentaban los poderosos de la época y los de hoy. Poco les importaba la situación precaria y de hambre que vivía el pueblo. Por eso, Jesús les traspasa el problema a los discípulos para que se hagan cargo, o sea, solidaricen: “Denles de comer ustedes mismos”.

Ante la negativa y falta de compromiso de sus discípulos, los gestos y acciones de Jesús hacen visible y palpable la realidad del Reino. Si bien Jesús pudo hacer que todos comieran, no podemos plantearlo únicamente como el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, puesto que el gran “milagro” está en que la solidaridad fue despertada para que otros comieran hasta saciarse. Es decir, a veces, para que ocurra algún portento basta con un pequeño gesto de desprendimiento y una actitud caritativa de compartir lo mucho o poco que se tiene.

“Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas” (Lc 9, 17)

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Santísima Trinidad, amor y comunión

COMENTARIO DOMINICAL: Santísima Trinidad, amor y comuniónHoy contemplamos el misterio central de nuestra fe y el más importante, porque es el más cercano a Dios mismo. Muchos son los que con fe o sin ella invocan a la Santísima Trinidad; por ejemplo, cuando se bendice a alguien, a una familia o a un niño: se encomiendan a Dios, pero ignoran que el solo hecho de ser bendecido en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo es ya un vínculo con la Trinidad Santa. Al invocarla, decimos que no creemos en un Dios solitario sino en un Dios que es relación entre personas divinas y comunión de amor. Es cierto que el misterio de la Trinidad es difícil de comprender, pero quizás esté faltando algo, porque “solo lo entiende y halla aquél que vive la caridad”.

La Santísima Trinidad es la mejor comunidad de amor, porque en ella reina un clima de unión, comunión y participación. Este “misterio”, al ser revelado por Jesucristo, es como una confidencia de Dios al hombre, donde este descubre el sentido recíproco y generoso de la caridad. El amor de Dios a los hombres es tan grande, puro y libre, que solo busca comunicarse y donarse. Por eso, quien se siente amado como hijo de Dios actúa, vive y celebra su fe donándose en comunión con otros.

La Trinidad Santísima es comunión de personas, pues en ella no existe la discriminación, a diferencia de como se ve y se vive en la sociedad de hoy. Las tres se comunican, se necesitan y trabajan para un mismo fin: “la salvación del hombre”. El Dios trinitario quiere que todos se salven a fuerza del amor y no del odio, de la libertad y no del deber, del compromiso y no por el mero cumplimiento. Jesús, que es uno con el Padre, comparte lo que es suyo con el Espíritu, y a su vez el Espíritu Santo comunica a la comunidad cristiana lo que oye y recibe de esta gran Comunidad de amor.

“Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad” (Jn 16, 13).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Pentecostés, vida en el Espíritu Santo

COMENTARIO DOMINICAL: Pentecostés, vida en el Espíritu SantoPara los discípulos de Jesús no fue fácil comprender todo lo que este les decía de su Padre ni tampoco saber para qué tipo de misión se les encomendaba. En este sentido, el evangelio de san Juan registra dos pasajes en los cuales definitivamente estos comprendieron el alcance de sus palabras (cf. Jn 2, 22. 12, 16). A la luz de estos, entendieron que es el Espíritu Santo el que conduce a la Comunidad cristiana a la verdad completa. Es más, Jesús se autodefinió como la Verdad, es decir, él es la expresión máxima de la fidelidad de Dios. Para el evangelista Juan, el término Verdad es también alianza y revelación.

Alianza y revelación, en el día de Pentecostés, se fusionaron para dar paso a la vida en el Espíritu Santo, que no es otra cosa que el poder de Dios presente en el peregrinar de la Comunidad. Es aquel que le permite discernir los acontecimientos con los criterios de Dios y no de este mundo. Es el Espíritu Santo que capacita al creyente para desenmascarar y destruir las estructuras generadoras de muerte, de discriminación, de corrupción, en las que estamos inmersos. Ante la banalización y relativización de cualquier acto de maldad, Pentecostés es una gran ocasión para construir historias de amor y de bondad; pero historias que partan de la acción liberadora de Jesús y no del ego enfermizo que tanto opaca y no deja ver la acción del Espíritu en su Iglesia.

El día de Pentecostés la Iglesia se presentó ante el mundo como el sacramento universal de salvación y no como una comunidad de unos privilegiados. Es decir, pueblos de todas las razas y lenguas han reconocido a Dios como Padre y a Jesús como Salvador. Pentecostés es el día de las grandes maravillas que han de llenarnos de alegría y de “expectativas”, porque junto a Cristo formamos un solo cuerpo y un solo espíritu.

“Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes: ‘Reciban el Espíritu Santo’” (Jn 20, 21-22).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Creyentes, testigos del amor del Padre

COMENTARIO DOMINICAL: Creyentes, testigos del amor del PadreEl episodio de la Ascensión muestra al Señor lleno de poder y como Salvador que sube al cielo. Pero también es percibirlo por siempre en medio de la Comunidad cristiana. Jesús ha vuelto a la casa de su Padre. No obstante, se quedó con nosotros de una manera especial, él es nuestro vínculo de unión con el Padre de los cielos, mediador e intercesor y el único sacerdote que comparte su sacerdocio real con los bautizados y el sacerdocio de servicio con los ministros ordenados. Ante una sociedad hostil e indiferente con Dios, es la Comunidad cristiana la que, mediante la práctica de la caridad, tiene el gran desafío de mostrar al Jesús que nos reveló al Padre.

Los primeros cristianos releyeron el Antiguo Testamento a la luz de los acontecimientos pascuales y descubrieron que Jesús, con su amor al prójimo, se constituía en el centro de la Palabra de Dios. Es desde esa relectura que nació la misión de la Comunidad cristiana a la cual somos todos invitados. Sí, somos los continuadores de la obra de Jesús, llamados a manifestar en palabras y gestos liberadores que el sacrificio de Jesús en la Cruz no fue en vano. Por tanto, solo así se entiende que la Ascensión del Señor es el culmen del camino liberador del hijo de Dios, la plenitud de la Pascua.

Jesús pertenece a la esfera de Dios, que por medio de su Espíritu se manifiesta en aquellos que lo aman y cumplen su palabra. Pero también es el Sumo Sacerdote que, derramando su Sangre, entró en la vida con Dios. Él no hizo un viaje a las nubes para saber dónde mora su Padre, sino que alcanzó la comunión entre él y su Padre de una manera definitiva y plena. Los creyentes, en el acontecimiento de la Ascensión, tenemos la oportunidad de vislumbrar una señal de esperanza, capaz de sostener la difícil tarea de ser testigos creíbles, apasionados y enamorados de Jesús.

“Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido” (Lc 24, 48-49).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: El creyente, morada de Dios

COMENTARIO DOMINICAL: El creyente, morada de DiosPoco a poco llega el momento final para Jesús. Por esta razón, deja todo en manos de sus discípulos y de aquel que crea en su Palabra y se comprometa en el proyecto de Dios. Si tanto la Palabra de Dios como su amor son los que traerán la transformación de la sociedad, entonces habrá que estar preparados, pues cada vez más se quiere vivir al margen de Dios. Sobre todo cuando Jesús propone transformarla desde la entrega de la propia vida y no desde la violencia.

“Si alguien me ama…”. Ante tantas faltas de amor en el mundo, Jesús responde con la fórmula del amor activo: todo aquel que guarda su Palabra se convierte en morada del Padre y del Hijo. No obstante, esto no tiene nada que ver con una fe intimista donde me entiendo Yo y Dios y el resto queda fuera. Este vínculo de amor cobra real sentido cuando cada persona se adhiere a una fe que es personal, pero también asume que es comunitaria.

Es la misma fe que patentaron los discípulos de Jesús y que no por eso dejaron de sentir miedo ante la partida de este. ¿Qué harán cuando no esté Jesús? La intervención del Espíritu Santo en el camino de la Comunidad será fundamental, porque permitirá recordar quién partió. Es decir, rememorará y enseñará las palabras y gestos del Señor. Solo por medio del Espíritu Santo es posible iluminar las situaciones presentes y distinguir lo que lleva a la vida y no a la muerte, lo que es fruto del egoísmo y no del amor desprendido y generoso.

La paz que comunica Jesús a sus discípulos es fruto de su decisión de cumplir, hasta el fin, el proyecto del Padre. Es una paz que no la puede dar el mundo sino solo aquel que tiene la convicción profunda de saber hacia dónde va y quiere. Por eso la obediencia de Jesús suscita la fe de los que lo siguen y los hace capaces de amar –al igual que él? aun en las situaciones más adversas.

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Solo el amor de Cristo nos salva

COMENTARIO DOMINICAL: Solo el amor de Cristo nos salvaLa Última Cena es el contexto donde Jesús manifiesta su discurso de despedida antes de vivir su Pasión. Allí entrega a los Apóstoles las normas que trazarán el itinerario de vida de la Comunidad. Era necesario dar “gloria a Dios” como un último hasta luego y reconocer que esa “gloria” no es otra cosa que la revelación del proyecto de Dios y los signos que Jesús hacía. Pero es también la obediencia de Jesús al Padre y el amor dado a las personas para que trascendieran y crecieran en humanidad.

Antes de morir, Jesús, desde lo más profundo de su corazón, les transmitió a sus discípulos la consigna de la caridad: “Ámense unos a otros”. Sin duda que este lema era exigente, porque si el Antiguo Testamento proponía amar a los demás, Jesús estaba pidiendo amar como él, ya que él es el modelo y la nueva medida del amor. Ante esta nueva realidad, que es “nueva”, Jesús supera la ley que hasta ese entonces fue incapaz de revelar de forma definitiva la voluntad de Dios. Por tanto, como cristianos tenemos un deber.

El “Ámense” es un imperativo porque es testificado por quien cumplió todos los requerimientos de Dios. No es impuesto desde fuera sino que viene de quien comprobó en carne propia las exigencias del amor: “Amar incluso a los que lo rechazaron”. Entonces, ¿qué gracia tiene amar a quienes amas, si el amor de Jesús invita a ejercer la caridad con aquellos que te incomodan la vida? En el fondo, lo que se nos pide es amar como Dios nos ama. No podemos olvidar que fue el amor de Jesús el que abrió tantos corazones sin esperanza, para luego abrirse, aceptar la fe y anunciarla. Fue el amor de Jesús el que inspiró a los santos a servir a los demás sin esperar retribución. Será este amor el que, también hoy, nos llevará a alejarnos de la mentalidad deshumanizadora e indiferente que pulula en nuestros días.

“Ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado…” (Jn 13, 34).

P. Fredy Peña T., ssp

 
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