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Editorial SAN PABLO
 
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COMENTARIO DOMINICAL: Dar a Dios lo que es de Dios

Captura de pantalla 2017-10-20 a la(s) 15.14.23Mientras Jesús estuvo en Jerusalén, la confrontación entre él y los fariseos junto con los del partido de los heredianos era rutina. Los del partido de Herodes apoyaban la dominación de los romanos en Palestina y los fariseos, no comprometiéndose mucho con el poder de turno, se mantenían al margen, siendo fieles a Dios y a la ley, pero sin molestar al Emperador.

La pregunta acerca del impuesto al César era distinta a muchas preguntas que le hicieran en otras oportunidades a Jesús. Aquellas se relacionaban con la ley o el amor al prójimo. Esta vez, la pregunta es de carácter político y se desprende de la situación de dependencia, por parte del poder romano, sobre el pueblo de Dios. Un signo de ese dominio era el impuesto que debían pagar, que correspondía a un denario de plata, moneda romana.

¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? Jesús sabe que si dice que “sí” al impuesto, se ganará el odio del pueblo; si dice que “no”, será acusado de rebelde. Al ver la trampa que le han tendido, sentencia: “Den al César lo que es del César y a Dios…”. La intención de Jesús no fue insultarlos sino inquietarlos. Pero lo interesante de la pregunta no está en esto, sino en su respuesta: dar a Dios lo que es de Dios.

Jesús no nos obliga a nada; al contrario, busca en nosotros amor genuino, como el suyo, sin egoísmos. Quienes le hicieron la pregunta creían que la religión era nada más que una observancia exterior. Con sus actos, estaban levantando una pared de separación; ellos por un lado y por otro Dios y su pueblo.

Devolver al César lo que le pertenece equivale a decir no a todo poder que se absolutiza causando explotación y dominación. “Dar a Dios lo que es de él” es luchar para que todos alcancen la libertad y la vida. Como creyentes, ¿con qué cara de la moneda nos quedamos? ¿Vamos a dar a Dios lo que le pertenece?

“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”. Mt 22, 21.

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Invitados a un gran banquete 

Captura de pantalla 2017-10-13 a la(s) 11.44.48No es de extrañar que Jesús jamás se rehusara o rechazara una invitación a comer, ni menos que le importara quiénes lo iban a agasajar. Esta actitud sincera le trajo más de algún problema. Los que lo criticaban no entendían que sanara a pecadores y comiera con ellos. En las comidas, Jesús constató que el símbolo de nuestra unión final con él era el vínculo del amor.

La parábola de la boda recuerda la alianza de Dios con su pueblo y participar en ella implica comprometerse con la práctica de la justicia. Los invitados que se excusaron son los líderes del pueblo y los primeros responsables de una sociedad que no es justa ni fraterna. Suelen tener una delicadeza muy fina para eludir los compromisos y manipular las cosas a su gusto. En este banquete real quien no esté con el traje de fiesta adecuado no podrá entrar. Ese traje era el nombre que se le daba al vestido del novio, y particularmente al de la novia. En el lugar de la novia estamos representados todos los creyentes que queremos vestir el traje de la justicia.

Jesús nos invita a su mesa para una comunión gozosa. Si decimos que “no”, podremos ser personas exitosas y obtener todo en la vida. Pero ese “no”, clausura toda posibilidad de vivir en la alegría y en el amor de los hijos de Dios. Comportarnos de modo irracional, desatendiendo la llamada de Dios, nos lleva a una vida sin sentido y vacía.

Cuando la llamada de Dios deja a pocos escogidos es porque no estamos preparados para la comunión con él. La expresión “muchos son los llamados…” no pretende entregar el número de los que alcanzan la meta ni tampoco es para desalentar y caer en la resignación, sino que es una advertencia a no jactarnos de nuestras seguridades; y Jesús quiere abrir nuestros ojos. Su visión hace posible en nosotros aquel obrar con el que ganamos el traje para la boda.

“Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos” Mt 22, 14.

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: No todos entran en el Reino 

Comentario dominicalDios aparece como el dueño de la viña y se preocupa por su pueblo. Si bien la viña cumple con todos los requisitos para dar sus frutos, nada asegura una producción ventajosa. Dios no quiere nada para sí. ¿Qué busca?: Frutos de justicia y de derecho que susciten buenos vínculos. El hombre que planta una viña y la alquila, lógicamente reclama los frutos que le corresponden, pero los viñadores se niegan a dárselos, maltratan a los criados y matan a su hijo.

Jesús da entender de qué manera los profetas han padecido un clima de violencia. Unos fueron golpeados, otros muertos o apedreados. Pero Dios no se cansa de enviar a defensores de su justicia y del derecho. Esa actitud hostil de los líderes injustos la vivimos desde aquel tiempo hasta hoy.

Aprendemos que Jesús viene en la persona de todo niño que está en el seno de su madre y quiere nacer a la vida, pero los que están a favor del aborto lo rechazan antes de que vea la luz. Somos testigos de cómo muchos cristianos quieren testimoniar su amor a Dios por el mundo y mueren mártires porque su pensamiento no coincide ni representa al dios del lugar o los intereses de los poderosos.

El rechazo de los viñadores asesinos parece no tener sanción y son pocos los que lo denuncian. Jesús lo denunció y obtuvo por ello la trama bien urdida de su muerte por los líderes que defendían la injusticia.

El mundo está lleno de viñadores asesinos que viven en la oscuridad y no en la luz, en la mentira y no en la verdad, en la corrupción y no en la honestidad. Jesús, como piedra angular (Salmo 118, 22s.) supone no solo una referencia a su muerte, sino también a su resurrección. Él sostiene en lo alto a su Iglesia, es el apoyo del nuevo pueblo de Dios y da a sus testigos la capacidad de producir frutos de justicia y de derecho.

“…los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”. Mt 21, 31. 

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: No todos entran en el Reino 

Parabola dos hijosLa parábola de los dos hijos nos muestra que cumplir con la voluntad de Dios es un deber irrenunciable, que nos lleva a practicar la justicia realizada por el propio Jesús. Él, al encontrarse en el Templo de Jerusalén ?centro del poder político, religioso e ideológico de su época?, enfrenta a los que detentaban ese poder: los sacerdotes y los ancianos del pueblo.

La situación de los dos hijos es de dulce y amarga. El hijo mayor es muy impulsivo, su “no” es rotundo, pero se retracta y dice que “sí y regresa”. Su “sí” representa a quienes aceptan el mensaje de Jesús y se comprometen a pesar de las limitaciones humanas. En cambio, el hijo menor alude aquellas “personas de bien” dispuestas a denunciar cualquier injusticia y a jugárselas por el Reino; pero muy pronto sucumben ante la comodidad, el egoísmo y el menor esfuerzo.

La voluntad de Dios nos lleva a ser más honestos en lo que decimos y hacemos. A veces, hemos respondido a Dios con “palabras” que no han sido satisfactorias, pero, aun con dudas, sellamos un compromiso que ni imaginamos realizar. Otros quedan al “debe”, como el hijo menor, donde su “sí” fue prometedor, pero no llegó a un acto de amor concreto.

La voluntad del Padre se expresa en la práctica de aquel que aun no teniendo seguridades, se compromete en el tipo de sociedad que quiere Jesús. Quizá no entienda cómo hacer lo que Dios le pida, pero de igual forma “cree”. Por eso Jesús recrimina a las autoridades judías, porque no se han sensibilizado con su mensaje. En cambio, “los cobradores de impuestos y prostitutas entrarán…” , porque escucharon su voz. Al sensibilizarnos, vivimos “ya” la justicia de Dios. Es penoso ver cómo ese sentido de justicia se encuentra más en discípulos anónimos que en personas que dicen “ser de Iglesia”.

“Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.” Mt 21, 31. 

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: La bondad de Dios no tiene límites

COMENTARIO DOMINICAL: La bondad de Dios no tiene límitesA pesar de nuestras ambigüedades como creyentes, hemos de construir una sociedad basada en la justicia del Reino y no bajo nuestros propios criterios egoístas. Jesús compara el Reino de los Cielos con el patrón que salió de madrugada y pactó con los trabajadores un denario por día. A los últimos en contratar no les dice cuánto les pagará, sino lo que sea justo por su trabajo.

La decisión del patrón de pagar a todos lo mismo expone el corazón de lo que implica la justicia del Reino y establece una distinción entre la justicia de los hombres y la de Dios. Según la primera, cada cual recibe por lo que hizo, sin tener en cuenta las necesidades de cada uno; la justicia del Reino basa su “retribución” en el principio de que todos tienen derecho a la vida en abundancia aunque hayan llegado más tarde.

El reclamo de los trabajadores de la primera hora es la protesta instintiva del hombre que se cree con privilegios, por sobre el don regalado a aquellos que nada tienen. Su molestia no es porque les paguen más, sino por la igualdad de trato que da el patrón. No pueden ver con buenos ojos que los últimos hayan sido favorecidos.

Tanto los trabajadores de la primera hora como los últimos no representan a ningún grupo ni menos gozan de algún privilegio, sino que Jesús integró a los trabajadores del amanecer para ejemplificar la generosidad y la justicia de Dios. No podemos hacer cálculos con Dios, prescribiéndole lo que debe dar a este o aquel. Hacer comparaciones sobre los dones recibidos y lamentarnos por haber recibido poco es una ofensa a la libertad de Dios. El hombre es libre para elegir, Dios también lo es en su bondad; ¡tanto!, que los últimos trabajadores de la viña son el reflejo de todos nosotros y Dios se da a todos.

“Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos.”, Mt 20, 16.

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Dios, Juez justo 

recursos_original_1580No hay ocasión en los evangelios donde no aparezca una referencia con relación a la necesidad de perdonar a los que nos han ofendido. Jesús nos dice que para entrar en el Reino de los Cielos se debe superar la justicia de los doctores de la ley y de los fariseos. En la parábola del rey, si el empleado hubiera sido sentenciado, habría sido vendido como esclavo, junto a su mujer e hijos. Este rey podría haber sido más implacable. Sin embargo, tuvo compasión y le perdonó la deuda.

La pregunta de Pedro manifiesta un perdón “cuantificado” hasta solo “siete” veces, es decir, hay una buena voluntad que supera la justicia de los hombres, pero no la de Dios. Jesús nos indica que el perdón no es cuestión de cantidad sino de cualidad. Si no es total y continuo, no es perdón. La deuda que reclama el servidor perdonado a su compañero es irrisoria, no tuvo compasión y lo condenó a la cárcel sin posibilidad alguna de reivindicarse.

¿De qué manera condenamos las ofensas recibidas? Nuestro orgullo y amor propio se sobreponen a la capacidad de perdonar. Impedimos que los demás sean libres y los confinamos a la cárcel de la indiferencia. Preferimos ahondar en la ofensa o el daño que hemos sufrido por parte de nuestro prójimo y nos olvidamos de que Dios sabrá dar a cada uno según la medida de sus sentimientos e intenciones.

En el Padrenuestro decimos: “Como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Al pedir a Dios esto, tal vez él podría haber considerado esta condición: “que nos perdone solo en la medida en que ya hayamos perdonado a los que nos han ofendido”. No estaría mal pensar que nuestro “deber” de perdonar es tan vinculante y esencial, que Jesús pudo habernos enseñado a rezar así: “No nos perdones si no hemos perdonado nosotros”. Pero, no: “… hasta setenta veces siete”, es decir, “siempre”.

“Jesús le respondió: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”, Mt 18, 22. 

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: La justicia del Reino

20110904Jesús se presenta como el Maestro que trae justicia y una nueva forma de relacionarse, que no tiene nada que ver con los “criterios” de este mundo. Él no ve a la comunidad creyente como aquella en la que cada uno anda a su manera, sin que haya una real preocupación por el otro. Es un interés que está determinado solo por la consideración del amor a Dios y por la caridad al prójimo.

Esa carencia del amor de Dios se manifiesta cuando alguien hiere o es indiferente ante el prójimo. Somos testigos de hombres y mujeres que se hunden en el alcohol y pierden su trabajo, familia o amistades. Constatamos cómo el prójimo va hacia un abismo, pero por temor a la intromisión no alzamos la voz para decir: “cuenta conmigo…”. Mostrar a otros que pueden tropezar nunca es fácil y la caridad siempre dispone al amor fraterno, que implica la obligación de advertir sobre los peligros que acechan nuestra vida.

Sin duda que lo más difícil para cualquiera es perdonar, pero Jesús nos dice: “Si te escucha, habrás ganado a un hermano…”. Esa ganancia no es para “sí” y ese hermano reconciliado necesita ser acogido. Cuando se perdona de corazón, hay que ir en busca de quien erró en calidad de quien ya perdonó. Mostrar al que se ha equivocado e invitarlo para que se reivindique es un modo de recuperar lo que se dañó.

Por eso no nos debe retraer el temor ni las molestias que acarrea el perdonar, allí donde se ha roto algún vínculo. Cuando Jesús le otorga a Pedro la facultad de “atar y desatar” –términos jurídicos y atribuciones de la comunidad?, más que dictaminar sentencias por transgredir las normas, insta a la comunidad a ejercer la misericordia. Al ser misericordiosos que no impere, en nosotros, la presunción de ser justos, porque el perdón de Jesús siempre se mostró compasivo y humilde.

“Si tu hermano peca, ve y corrígelo… Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.” Mt 18, 15. 

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, camino hacia la plenitud

El-que-pierda-su-vida-por-mi-la-encontraráComienza el camino de la cruz para Jesús; pero no solo para él sino que también para sus discípulos. Un camino marcado por la necesidad de ir a Jerusalén, sufrir, morir y resucitar. Jesús asume las consecuencias de enfrentarse con las fuerzas de la injusticia, representadas por los miembros del Sanedrín y el Tribunal Supremo. Quiere sellar una alianza con el hombre, pero una alianza que está lejos de ser un contrato, ya que el contrato obliga por la fuerza de la ley; la alianza con Dios obliga por la fuerza del amor.

La Iglesia es una alianza de amor y a ella esperamos responder no por normas o por un mero cumplir, sino por amor a Jesús. Un amor que Pedro resistió, porque aún no entendía para qué había venido Jesús. Las palabras del Maestro son fuertes: “¡Retírate, Satanás!”. Pedro piensa como los hombres y no como Dios.

Enfrentados a discernir qué es lo mejor para nuestras vidas, casi siempre terminamos haciendo cualquier cosa, menos la voluntad de Dios. El pensar y el actuar al modo de Jesús ya no conviene; entonces, fabricamos un Jesús a imagen y semejanza de nuestros propios intereses.

Configurar la vida como quiere Jesús es tarea solo para valientes. Son pocos los que están dispuestos a renunciar a sí mismos y cargar la cruz… No se trata de dejar de ser lo que somos o de negar los anhelos y metas de cada uno. El discípulo de Jesús no se pertenece; por tanto, pertenece a la familia de Jesús y ha de estar disponible para las urgencias del Reino. Jesús no nos dijo que sería tarea fácil seguirlo, pero sí nos animó.

Nos olvidamos que existe un valor más alto, al que todo lo demás queda subordinado y no es esta vida terrena, sino la unión con Jesús. La búsqueda del cristiano es encontrar la vida donándose. Lo que aún no está asumido es que donar la vida supone arriesgarla.

“… el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.” Mt 16, 25.

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Y ustedes, ¿quién dicen que soy?

Comentario DominicalJesús y sus discípulos se encuentran en la tierra de Cesarea de Filipo, lugar habitado por paganos. A partir de esta realidad, los discípulos son estimulados a dar una respuesta plena de quién es Jesús. Pedro movido por una moción del espíritu, responde: “Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Esta revelación es tan trascendente, que Jesús clarifica una cuestión vital de su identidad: “ser Hijo de Dios” es una revelación hecha por el Padre que está en los cielos y no por persona alguna. Llegar a entender esta identidad de Jesús, necesariamente, nos lleva a hacer conciencia de lo que significa asumir el compromiso, con su proyecto de vida, que es el mismo de su Padre: implantar la justicia y ese Reino de Dios, que ha de encarnarse en nosotros.

Ante la respuesta de Pedro, las palabras de Jesús: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mí Iglesia, se sintetiza la fiel misión de la Iglesia: ser luz para los confundidos; enseñar los contenidos de la fe. No para volvernos incrédulos, sino para conservar la ilusión de la esperanza en Dios y vivir de acuerdo con las enseñanzas de Jesús y no de los gurúes de turno. Podemos describir con tres imágenes esta misión de Jesús: En la base, Pedro como la roca (Kephas en arameo) sobre la cual Jesús edifica su Iglesia; la Iglesia, comunidad de los que creen en Jesús y desean imitarlo; Jesús es quien la sostiene. A esta comunidad promete Jesús una duración perenne: los poderes de la muerte no prevalecerán sobre ella. Pedro posee las llaves de esta, es decir, tiene la potestad de atar y desatar. Hoy, en la persona del Papa, la figura de Pedro actúa como el administrador que representa al dueño de casa, quien zanjará lo que está prohibido y lo que está permitido, a quien se debe acoger en la comunidad eclesial o a quien excluir de ella.

¿Por qué la prohibición a los discípulos de divulgar que Jesús es el Mesías? Por dos razones; la primera, su mesianismo podría ser malentendido, se pensaba que el Mesías vendría de las élites y no como pensaba el pueblo, que sería de alguien identificado con las causas del pueblo más humilde; segundo, el mesianismo de Jesús no se comprende si no hay un compromiso serio en el seguimiento y en la identificación con su proyecto salvífico.

“Simón Pedro respondió: ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’”, Mt 16, 16.

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús no rechaza a nadie

Jesús y la mujer cananea.Jesús se dirige a la región de Tiro y Sidón, lugar considerado impuro por los judíos, y no se deja influenciar por esta opinión. Estando, allí, es interpelado por una mujer cananea, de la cual los discípulos de Jesús querían desentenderse. Pero ella es lo suficientemente humilde e implora piedad para sí misma, aunque es su hija la que padece la enfermedad. Y se entiende, si no ¿qué madre amadora de sus hijos no se sacrificaría por ellos? Dice Jesús: No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros. Es una expresión dura, pero esta permitirá que la mentalidad de la época reaccione, ya que los judíos más tradicionalistas no querían saber nada acerca de los paganos, a los que tildaban de “perros”. Es más, estos eran considerados animales impuros y no tenían dueños ni casa. En la actualidad, nadie piensa que para ser mejor persona basta solamente con integrar al distinto, ya que existen otras formas de discriminación, como el racismo y el odio a los inmigrantes; o cómo una sociedad, cada vez más laicista (vivir sin Dios), quiere imponer sus criterios y formas de ver el mundo a los que decimos creer en Dios. 

Es loable la actitud de la mujer y no le importa humillarse ante Jesús. Su valentía la coloca en el lugar de los que siempre buscan el bien de los otros y no para sí mismos. Con todo, ella insiste: los cachorros comen las migas que caen de la mesa; en su cultura, los perros también formaban parte de la familia. Y así Jesús invita a la mujer a dar un salto cualitativo, superando el prejuicio de los judíos con relación a los extranjeros. En esta actitud se ve reflejada también la experiencia de muchas personas que buscan a Dios desinteresadamente y sin ponerse en la fila de los privilegiados. No quieren sacar réditos de la fe ni ganar voluntades con oraciones o novenas, sino que desean ser personas de bien a fuerza de la virtud cristiana. Por eso, el comportamiento de la mujer ha de interpelarnos, porque su actuar solo está motivado por la fe en Jesús y el amor a su hija

“Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!”, Mt 15, 28.

P. Fredy Peña T., ssp

 
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