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Editorial SAN PABLO
 
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COMENTARIO DOMINICAL: ¡Jesús es el ungido, escuchémoslo!

COMENTARIO DOMINICAL: ¡Jesús es el ungido, escuchémoslo!El episodio de la transfiguración forma parte de los últimos acontecimientos que preceden al viaje de Jesús hacia Jerusalén. Es una preparación y un preanuncio de la gran venida del Señor al final de los tiempos. Es decir, es una voz de alerta, ya que no hay gloria sin sufrimiento, como tampoco una experiencia de Dios sin padecimientos; por tanto, no puede haber resurrección sin antes pasar por la muerte. Es cierto que el dolor y la muerte no forman parte del plan de Dios, pero en la enseñanza divina son caminos de salvación.

Moisés y Elías representan respectivamente la Ley y los Profetas. El primero es el líder de la liberación de Egipto y el segundo es el restaurador del yahvismo en el Reino del Norte. Ambos dan testimonio del Señor, y, por tanto, ahora Jesús es el líder definitivo y prefigurado en los líderes del pasado. Por eso la transfiguración es el anuncio luminoso de que Dios nunca nos abandona, sobre todo cuando las cosas no van bien. No hay que cerrarse a su presencia, ya que si lo buscamos solo en los momentos favorables entonces cómo podremos descubrir ese actuar luminoso y amoroso en las situaciones de oprobio.

Es la presencia del Padre por medio de la nube la que declara que Jesús es el elegido. La expresión “A otros salvó… que se salve a sí mismo” no hace más que confirmar esa ironía. Es decir, el Padre le confío todo a Jesús y él obedeció hasta el final. Esa decisión contrasta con la de Pedro, los otros discípulos y también con nuestra actitud. Anhelamos los momentos de “cielo”, pero sin tener que pasar por el crisol del dolor ni la muerte. Lo paradójico es que para entrar “en la nube del cielo” urge hacer el camino de liberación sin miedos ni prejuicios, aferrados a la única consigna que nos llevará hacia Dios: “este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo”.

“Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: ‘Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo’” (Lc 9, 35)

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Llamados a superar las tentaciones

COMENTARIO DOMINICAL: Llamados a superar las tentacionesEl relato de las tentaciones de Jesús es una catequesis sobre su persona e identidad mesiánica, como también una síntesis de todas las tentaciones que padeció a lo largo de su vida. Ellas evocan lo que el pueblo de Israel sobrellevó en su travesía por el desierto. Allí había sucumbido y ahora Jesús triunfa hasta cumplir con la voluntad de su Padre. La gran tentación para Jesús será abandonar el proyecto salvífico y sucumbir ante el poder y la gloria humana. Por eso prefiere el lugar del mesías de la misericordia y del servicio. Ese lugar donde se privilegien los criterios según el Reino de su Padre y no los de este mundo. De este modo, nos vemos inmersos en descubrir cuál es la voluntad de Dios y luchar incansablemente por realizar la vocación cristiana a la que hemos sido llamados.

Jesús se niega a ser el mesías de la abundancia porque su proyecto va más allá de soluciones mágicas, ya que su propuesta de vida apela a una justa y plena consideración de las personas. Estas han de entender que no todo puede conseguirse de manera fácil, pues solo aquello que cuesta dignifica la vida. Por eso Jesús rehúsa a ser el mesías del poder, no quiere ser el líder político de estructuras sociales injustas. Quiere colocarse en medio de los más débiles como el que “sirve”.

No obstante, su servicio corre el riesgo de no ser reconocido e incluso rechazado. En un mundo donde alcanzar el honor o el prestigio se ha convertido en un valor absoluto, Jesús opta por rehuir de todo aquello y por eso acepta la muerte: “No tentarás al Señor tu Dios”. Hoy, nuestra Iglesia sufre tentaciones y como creyentes también sabemos lo que eso significa. Seguir el ejemplo de Jesús nos previene frente a la divinización del poder y del bienestar. Su testimonio es un ejemplo de cómo podemos superar la tentación, siempre y cuando estemos aferrados a su gracia.

“Pero Jesús le respondió: ´Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios´” (Lc 4, 12)

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, Dios misericordioso y justo

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, Dios misericordioso y justoUna vez más, la figura del Maestro es signo de contradicción y de interpelación, pues ante una comunidad conflictuada su presencia debe ser un ejemplo para todos. Como en todo grupo de personas, había algunas que se creían superiores a las otras y emitían juicios respecto de las demás. Por eso su “persona” viene a iluminar y a orientar los problemas de liderazgos y de corrección fraterna. El “Sermón de la Montaña” manifiesta que la nueva sociedad ha de nacer dentro de la propia comunidad, transformando las relaciones sociales que la sustentan.

¿Puede un ciego guiar a otro ciego? Los ciegos son todos aquellos discípulos de Jesús que juzgan a los demás y se colocan en el lugar de Dios. Muchas veces pasa que ante el pecado de nuestro prójimo nos creemos con el derecho a corregir. Esa corrección se torna en “hipocresía” cuando con la excusa de querer hacer mejores a los demás nos convertimos en jueces y olvidamos que solo Dios puede serlo. Es fácil practicar una religión para los otros; pero es difícil ver la viga que hay en nuestros ojos. Entonces, ¿cómo actuar ante el pecado de nuestro hermano? Es necesario imitar aquello que vemos de bueno en él y “corregir” en nosotros lo que creemos está errado en nuestros semejantes. Solamente cuando nos hayamos corregido estaremos en condiciones de guiar al hermano.

Jesús es el “árbol bueno” que produce frutos de liberación y que con su muerte generó vida nueva. Así demostró lo que significa establecer relaciones sociales justas. Por tanto, los frutos que podamos dar como cristianos residen en las opciones preferenciales de cada uno y de lo que hay en nuestros corazones. Las nuevas relaciones sociales propuestas por el “Sermón de la Montaña” presuponen una comunidad en donde nadie juzgue a nadie.

¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? (Lc 6, 41)

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Las Bienaventuranzas, don liberador de Dios

COMENTARIO DOMINICAL: Las Bienaventuranzas, don liberador de DiosAnte la paradoja que proponen las Bienaventuranzas se abren dos caminos contrapuestos: el de las personas que están en la indigencia, marginación y sufrimiento y, por otro, el de la indiferencia de aquellos que se sienten “satisfechos”. La felicidad anunciada por Jesús es para el pueblo como un signo de reconocimiento del Mesías, pero para realizar aquello se necesita un cambio de mentalidad.

Las Bienaventuranzas, en esta oportunidad, están dirigidas a una comunidad donde hay grandes diferencias entre pobres y ricos, lo que lleva a una situación de injusticia social. Esa injusticia se presenta en este binomio de contrastes: los pobres y los ricos, los que pasan hambre y los que están saciados, los que lloran y los que ríen, los que son perseguidos y los alabados por todos. No obstante, Jesús anuncia por qué “los que lloran y pasan hambre” son felices. La nueva sociedad que él quiere instaurar les pertenece justamente a ellos, es decir, a los que no tienen nada y son los predilectos para el propio Jesús.

A los marginados, Jesús les dice que esa injusticia social se produce por el nivel de corrupción y contaminación de las relaciones sociales. Es decir, los que tienen más están saciados porque solo atesoran para acumular más y no quieren compartir. Por eso las Bienaventuranzas no tienen nada que ver con un espiritualismo desencarnado o con una resignación fatalista. Jesús no las proclamó para consolarse ante las injusticias o para alimentar una esperanza después de la muerte. Las Bienaventuranzas poseen una dimensión ética que lleva a las personas a salir de su apatía y comodidad. Pero también manifiestan la alegría del Espíritu; por lo tanto, no aportan cualquier dicha, sino la plena y definitiva, que es participación de la vida misma con Dios.

“¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!” (Lc 6, 20)

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Seamos servidores de la Palabra

COMENTARIO DOMINICAL: Seamos servidores de la PalabraLas personas que se reunían para escuchar a Jesús se sentían confortadas e incentivadas con su palabra y sensibilidad amorosa. En este caso, su mensaje, en el lago de Genesaret representa el modo cómo él iba creando un mundo nuevo y, por medio de sus milagros y acciones, confirmaba quién realmente era: el Hijo de Dios.

Ante la falta de esperanza, Jesús se presenta como aquel que tiene las palabras de vida para animar a un pueblo que hasta ahora se limita a limpiar las redes, porque no ha pescado nada. ¿Cuál es la novedad que trae Jesús? Al subir a la barca de Simón, Jesús asume la condición de los pescadores frustrados y de un pueblo que tiene hambre y sed de justicia. Pero por medio de su palabra –que hace todo nuevo?, trae la “novedad” e invita a Pedro a confiar en él: “Navega mar adentro, y echen las redes”. Ese encuentro de Jesús con los discípulos les cambió la vida y les dio un nuevo sentido: “ser servidores de la palabra y difundirla”.

Esta pesca milagrosa de Jesús nos pone en una disyuntiva, puesto que si no nos involucramos con él, entonces nuestras redes saldrán siempre vacías. Es decir, si abandonamos la intimidad con él o se descuida la vida sacramental, nuestro esfuerzo estará sobre una barca rota. Quizá podrán haber resultados, reconocimientos, aplausos de este mundo, pero a los ojos de Dios seremos como redes vacías. En este sentido, el cristiano ha de reconocer su condición y fragilidad delante de Dios. El hombre no es todopoderoso ni está por encima del resto; por tanto, su eficacia para ser un buen cristiano no solo depende de sus capacidades, sino de cuánto esté unido e identificado con Dios, que todo lo puede. Esta adhesión con el Señor nos lleva al desafío de seguirlo e imitarlo siempre.

“No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres” (Lc 5, 10)

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Solo los que creen reconocen al Señor

COMENTARIO DOMINICAL: Solo los que creen reconocen al SeñorAl igual que Jeremías, Jesús experimentó el rechazo de sus paisanos y su intervención en la sinagoga de Nazaret fue considerada como un signo de contradicción. Su anuncio como el Mesías presagiaba que no había que esperar ni añorar el pasado, ya que el Reino de Dios había llegado en su persona. No obstante, aquella noticia de que en él se cumplía la profecía mesiánica generó más confusión y repudio por parte del pueblo, y no convenció.

Asimismo, surgieron las dudas y preguntas entre sus pares: ¿Llegó la liberación? Pero aún el pueblo sigue bajo el dominio de los romanos. ¿Este no es el hijo de José, el carpintero? ¿Este Mesías no tiene títulos académicos ni viene de una estirpe sacerdotal y aristocrática? Para el pueblo de Nazaret era imposible que Dios obrara por medio de una persona común como Jesús, cuyo origen conocían muy bien. Por esta razón lo desafían a que realice algún milagro, tal como lo hizo en tierras paganas; sin embargo, Jesús se niega a hacer portentos en favor propio. No quiere ser el ídolo del prestigio ni del poder y tampoco acepta ser acaparado ni está para los caprichos de unos pocos. Él desea que sus paisanos entiendan que la fe en el Dios “salvador” no es el resultado de un cálculo matemático de probabilidades –solo quiero cosas buenas y no las malas?, sino que la fe es confianza total en las manos de Dios y sin sucedáneos.

Jesús encontró persecución, indiferencia y la desautorización irónica de quienes se creían que estaban por encima del resto. Como creyentes, también seremos sindicados por “no” ser profetas en nuestra propia tierra. Hoy, muchos quieren ser profetas sin exigencias, sin incomodidades ni renuncias. Sin embargo, Jesús en Nazaret no se desanimó y siguió adelante con valentía. Hagamos lo mismo y aceptemos, no solo el mensaje del Mesías, sino también al mensajero y su persona.

“Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino” (Lc 4, 30)

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús es la profecía esperada

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús es la profecía esperadaPara el evangelista Lucas la irrupción de Jesús en la vida de la comunidad es un hecho histórico que se constata a partir de testigos oculares, como los Apóstoles y ministros de la palabra, pero también por medio de una catequesis sobre el propio Jesús. Por eso, no siendo Lucas un testigo ocular de Jesús, le dedica a Teófilo (amigo de Dios) esta síntesis catequética de la Iglesia primitiva, que confirma lo que vivió la comunidad en su cercanía con el Señor, pero también le impregna “credibilidad” a lo que dijo e hizo el propio Jesús.

Jesús, movido por el Espíritu Santo, va hacia los más marginados, pues estos lo esperaban. Habían oído hablar de él y conocían los relatos de sus milagros. Por tanto, la expectativa era grande: llega la libertad a los oprimidos, que proclama un año de gracia del Señor. Así lo anunciaban también los sacerdotes ungidos, ya que cada cincuenta años se declaraba un año jubilar y se perdonaban las deudas. Los presos recuperaban su libertad y todos los que tenían compromisos recibían el perdón de lo adeudado. Jesús es el ungido que responde a todas las inquietudes de sus oyentes: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Es decir, esta profecía de Jesús tiene cumplimiento no solamente para su tiempo, sino también hoy porque ese cumplimiento se plasma en su persona.

La finalidad del anuncio del Reino de Dios a los pobres o “anawin” (en hebreo) ?que viven marginados de la sociedad? es la salvación integral del hombre. Al respecto, el mundo creyente está al debe, puesto que no siempre ha dado la palabra o el testimonio evangélico que el propio Jesús hizo por los pobres. Ha podido más nuestra cobardía, la falta de compromiso social, el materialismo desmedido, como también han prevalecido más los falsos mesianismos que la propia justicia, misericordia y amor de Dios.

“Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres…, a dar la libertad a los oprimidos” (Lc 4, 18).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Hagamos lo que Dios nos pide

COMENTARIO DOMINICAL: Hagamos lo que Dios nos pideA partir del milagro de las bodas de Caná, Jesús inaugura una renovada alianza y abre el acceso hacia una nueva creación. Alianza y creación son conceptos que manifiestan una humanidad que está naciendo y que cobra vida en la comunidad creyente. Así como la primera creación se desarrolló en siete días, ahora se dice que la enseñanza de Jesús es un germen nuevo. Hay todo un lenguaje recreacional, pero en clave nupcial; es decir, la alianza de amor con su pueblo es presentada como un casamiento en el que el propio Dios es el novio y su pueblo es la novia siempre amada, pero “infiel” e “ingrata”.

En este contexto matrimonial, los términos boda, banquete, fiesta y vino evocan los tiempos mesiánicos. Jesús es el que inaugura esta era, trayendo el vino del amor y la alegría. Solo aquellos que perseveren en la fidelidad a él y en la expectativa de la promesa mesiánica podrán degustar el vino que no se acaba ni pierde el sabor. El Señor, en las bodas de Caná, inaugura el nuevo modo de cómo Dios se relaciona con el hombre, ya no en función de ritos de purificación, sino sobre la base del amor pleno y verdadero. Así se supera la antigua ley para que, de ahora en adelante, el vínculo amoroso entre Dios y el hombre sea motivado solo por el amor gratuito y desinteresado.

Es cierto que no debemos perder la centralidad de Jesús; sin embargo, María se constituye en la esposa, la virgen fiel, pura, que es agradable a los ojos de Dios. Ella encarna a todo aquel que, antes de alzar los ojos al cielo, tiene la confianza de haber obtenido de Dios lo que pide, pero también la convicción de que aquello que no es concedido definitivamente sea lo más adecuado para su bien y santidad. Por eso la comunidad creyente, al donarse por la causa de Jesús, participa de la nueva creación. Solo los que estén cerca de él, bebiendo el vino nuevo, serán nuevas criaturas y felices.

“Pero su madre dijo a los sirvientes: ‘Hagan todo lo que él les diga’” (Jn 2, 5).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, el Hijo amado del Padre

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, el Hijo amado del Padre En estos últimos domingos hemos venido recordando los maravillosos acontecimientos de la infancia de Jesús, pero ahora el Evangelio nos remite a su bautismo, donde la voz del Padre manifiesta el día de la unción y entronización del Rey y Mesías, Jesús: “Tú eres mi Hijo, el Amado; tú eres mi Elegido”. Por su parte, Juan Bautista vive las esperanzas y expectativas del pueblo para que no pierda la ilusión ni se desanime.

Juan se considera indigno de su función de siervo del Mesías que está por llegar y reconoce su lugar y función: “Yo no soy digno de desatarle la sandalia”; es decir, el gesto recuerda la ley del levirato, que si un hombre moría sin dejar hijos, el cuñado debía casarse con la viuda y suscitar descendencia al hermano fallecido. A su vez, la sandalia servía como salvoconducto: el que la poseía, tenía derecho a rescatar y generar esa descendencia. Con todo, el hecho de que Jesús se deje bautizar por Juan confirma “el gesto de solidaridad” para con el hombre. El Señor vino al mundo para ofrecerse como sacrificio perfecto al Padre celestial y su bautismo marca el inicio de su vida pública. Así, quedaba configurada su identidad y cuál era en definitiva su tarea mesiánica: “Jesús, el Salvador y embajador de la misericordia”.

De esta manera, nuestro bautismo se vincula con el de Jesús, porque marca el nacimiento a la vida cristiana y a permanecer en la mirada amorosa de Dios. El Padre también nos quiere decir: “Ustedes son mis hijos, en quienes he puesto mis complacencias y expectativas”. Si hay algo que debemos reflexionar como Iglesia es que no hay una realidad más hermosa que el haber sido bautizado. No hay mayor dignidad que la de ser considerados como hijos de Dios. Y no hay una vocación más importante y más vigente que la de ser hijos por el Hijo de Dios.

“Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo…” (Lc 3, 16).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Epifanía, Jesús es Rey y Mesías

COMENTARIO DOMINICAL: Epifanía, Jesús es Rey y MesíasLa Fiesta de la Epifanía del Señor, conocida popularmente como la Fiesta de Reyes, es sin duda una de las más importantes del Calendario Litúrgico y celebra la manifestación de la salvación de Dios en Cristo Jesús a todos los hombres. En este sentido, Jesús quiere mostrar su misión: la salvación a todo el mundo, que, en este caso, está representada por la presencia y adoración de los magos. Sabemos que la Epifanía se da en un contexto cultural donde el lugar de origen definía de alguna manera a las personas. Quienes eran depositarios del honor patentado por sus habitantes ilustres en el pasado traspasaban esa herencia a los que nacían en el lugar. En el caso de Jesús –oriundo de Belén de Judá?, hereda el honor acumulado en la familia de David, no solo porque es descendiente suyo, sino porque nació en su mismo pueblo, como bien lo presagiara el profeta Miqueas (5, 1).

Jesús viene a ser el Rey y el Mesías esperado por el pueblo de Israel. Él no es un rey violento, asesino y politiquero, como Herodes; al contrario, es el que trae la paz, la alegría, el amor y la novedad de que la vida junto a él adquiere un cariz y sentido distinto. Es un rey que arraiga su poder en el clamor popular y en los que tienen poco o casi nada.

Los que esperan a este rey no quieren estar ausentes en su adoración, ya que se dan cuenta de que la salvación no puede venir por medio de la manipulación, de la violencia, de la corrupción o de las verdades a medias, sino que viene de la bondad hecha vida en el pequeño Jesús. En este sentido, los magos intuyeron esta verdad y adoraron a este nuevo soberano, cuya autoridad y poder se posa en la tierna mirada del niño Dios que nace pobre. Por eso, la Fiesta de la Epifanía es la ocasión para examinar si nuestro corazón posee la mirada alegre, tierna y sin discriminación del Niño Dios, que quiere dejarse adorar y amar por los que aún creen en él.

“Al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje” (Mt 2, 10).

P. Fredy Peña T., ssp

 
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