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Editorial SAN PABLO
 
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COMENTARIO DOMINICAL: Hagamos lo que Dios nos pide

COMENTARIO DOMINICAL: Hagamos lo que Dios nos pideA partir del milagro de las bodas de Caná, Jesús inaugura una renovada alianza y abre el acceso hacia una nueva creación. Alianza y creación son conceptos que manifiestan una humanidad que está naciendo y que cobra vida en la comunidad creyente. Así como la primera creación se desarrolló en siete días, ahora se dice que la enseñanza de Jesús es un germen nuevo. Hay todo un lenguaje recreacional, pero en clave nupcial; es decir, la alianza de amor con su pueblo es presentada como un casamiento en el que el propio Dios es el novio y su pueblo es la novia siempre amada, pero “infiel” e “ingrata”.

En este contexto matrimonial, los términos boda, banquete, fiesta y vino evocan los tiempos mesiánicos. Jesús es el que inaugura esta era, trayendo el vino del amor y la alegría. Solo aquellos que perseveren en la fidelidad a él y en la expectativa de la promesa mesiánica podrán degustar el vino que no se acaba ni pierde el sabor. El Señor, en las bodas de Caná, inaugura el nuevo modo de cómo Dios se relaciona con el hombre, ya no en función de ritos de purificación, sino sobre la base del amor pleno y verdadero. Así se supera la antigua ley para que, de ahora en adelante, el vínculo amoroso entre Dios y el hombre sea motivado solo por el amor gratuito y desinteresado.

Es cierto que no debemos perder la centralidad de Jesús; sin embargo, María se constituye en la esposa, la virgen fiel, pura, que es agradable a los ojos de Dios. Ella encarna a todo aquel que, antes de alzar los ojos al cielo, tiene la confianza de haber obtenido de Dios lo que pide, pero también la convicción de que aquello que no es concedido definitivamente sea lo más adecuado para su bien y santidad. Por eso la comunidad creyente, al donarse por la causa de Jesús, participa de la nueva creación. Solo los que estén cerca de él, bebiendo el vino nuevo, serán nuevas criaturas y felices.

“Pero su madre dijo a los sirvientes: ‘Hagan todo lo que él les diga’” (Jn 2, 5).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, el Hijo amado del Padre

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, el Hijo amado del Padre En estos últimos domingos hemos venido recordando los maravillosos acontecimientos de la infancia de Jesús, pero ahora el Evangelio nos remite a su bautismo, donde la voz del Padre manifiesta el día de la unción y entronización del Rey y Mesías, Jesús: “Tú eres mi Hijo, el Amado; tú eres mi Elegido”. Por su parte, Juan Bautista vive las esperanzas y expectativas del pueblo para que no pierda la ilusión ni se desanime.

Juan se considera indigno de su función de siervo del Mesías que está por llegar y reconoce su lugar y función: “Yo no soy digno de desatarle la sandalia”; es decir, el gesto recuerda la ley del levirato, que si un hombre moría sin dejar hijos, el cuñado debía casarse con la viuda y suscitar descendencia al hermano fallecido. A su vez, la sandalia servía como salvoconducto: el que la poseía, tenía derecho a rescatar y generar esa descendencia. Con todo, el hecho de que Jesús se deje bautizar por Juan confirma “el gesto de solidaridad” para con el hombre. El Señor vino al mundo para ofrecerse como sacrificio perfecto al Padre celestial y su bautismo marca el inicio de su vida pública. Así, quedaba configurada su identidad y cuál era en definitiva su tarea mesiánica: “Jesús, el Salvador y embajador de la misericordia”.

De esta manera, nuestro bautismo se vincula con el de Jesús, porque marca el nacimiento a la vida cristiana y a permanecer en la mirada amorosa de Dios. El Padre también nos quiere decir: “Ustedes son mis hijos, en quienes he puesto mis complacencias y expectativas”. Si hay algo que debemos reflexionar como Iglesia es que no hay una realidad más hermosa que el haber sido bautizado. No hay mayor dignidad que la de ser considerados como hijos de Dios. Y no hay una vocación más importante y más vigente que la de ser hijos por el Hijo de Dios.

“Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo…” (Lc 3, 16).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Epifanía, Jesús es Rey y Mesías

COMENTARIO DOMINICAL: Epifanía, Jesús es Rey y MesíasLa Fiesta de la Epifanía del Señor, conocida popularmente como la Fiesta de Reyes, es sin duda una de las más importantes del Calendario Litúrgico y celebra la manifestación de la salvación de Dios en Cristo Jesús a todos los hombres. En este sentido, Jesús quiere mostrar su misión: la salvación a todo el mundo, que, en este caso, está representada por la presencia y adoración de los magos. Sabemos que la Epifanía se da en un contexto cultural donde el lugar de origen definía de alguna manera a las personas. Quienes eran depositarios del honor patentado por sus habitantes ilustres en el pasado traspasaban esa herencia a los que nacían en el lugar. En el caso de Jesús –oriundo de Belén de Judá?, hereda el honor acumulado en la familia de David, no solo porque es descendiente suyo, sino porque nació en su mismo pueblo, como bien lo presagiara el profeta Miqueas (5, 1).

Jesús viene a ser el Rey y el Mesías esperado por el pueblo de Israel. Él no es un rey violento, asesino y politiquero, como Herodes; al contrario, es el que trae la paz, la alegría, el amor y la novedad de que la vida junto a él adquiere un cariz y sentido distinto. Es un rey que arraiga su poder en el clamor popular y en los que tienen poco o casi nada.

Los que esperan a este rey no quieren estar ausentes en su adoración, ya que se dan cuenta de que la salvación no puede venir por medio de la manipulación, de la violencia, de la corrupción o de las verdades a medias, sino que viene de la bondad hecha vida en el pequeño Jesús. En este sentido, los magos intuyeron esta verdad y adoraron a este nuevo soberano, cuya autoridad y poder se posa en la tierna mirada del niño Dios que nace pobre. Por eso, la Fiesta de la Epifanía es la ocasión para examinar si nuestro corazón posee la mirada alegre, tierna y sin discriminación del Niño Dios, que quiere dejarse adorar y amar por los que aún creen en él.

“Al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje” (Mt 2, 10).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: La palabra era Dios

COMENTARIO DOMINICAL: La palabra era Dios“La palabra se encarnó y puso su morada entre nosotros”, dice el prólogo de Juan. Y ¿qué es la Palabra? Del evangelio se desprende que es aquella fuerza creadora que da vida a todo e incluso más que eso, porque dice que esta Palabra desde siempre estuvo con Dios y vino al mundo encarnándose en la historia, pero que fue rechazada por los suyos, ya que prefirieron las obras de las tinieblas a las de la luz. Es cierto que el Niño Dios es luz, pero todavía son muchos los que no creen que esta Palabra encarnada será ahora y para siempre el punto de encuentro entre Dios y la humanidad.

Los que creían en la llegada del Mesías esperaban a un rey poderoso y les nació un Niño Dios pobre. Los que frecuentaban el Templo estaban expectantes para la entronización del nuevo David y este Niño Dios llega a una casa desconocida y sin lujos. El ruido de trompetas y el humo del incienso anunciarían al Mesías, pero unos sencillos pastores tuvieron el privilegio de rendirle los primeros honores. Es el mundo al revés o ¿un Dios al revés? La venida del Niño Dios nos lleva a cambiar nuestro corazón para verlo con ojos nuevos.

Nuestra sociedad camina en medio de hombres que no buscan ni a Dios ni las cosas de arriba, sino solo las de la tierra. Sin duda que la Navidad incomoda a varios y por eso se la arrebata. El Dios hecho hombre molesta por identificarse con la pobreza, que es una denuncia de la miseria existente junto a la opulencia de otros; es incómodo para el materialista que niega la trascendencia divina y humana y es un estorbo para quien vive creyéndose el ombligo del mundo.

Los que todavía esperamos con ilusión este tiempo de Navidad, no permitamos que nos roben lo que creemos. Porque la Navidad es un mensaje del amor de Dios al mundo y que apela a ser correspondido. Guste o no, Jesús es la Navidad y la Navidad es Jesús.

“La palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre…” (Jn 1, 9).

COMENTARIO DOMINICAL: Por María vamos hacia Jesús

COMENTARIO DOMINICAL: Por María vamos hacia JesúsEl episodio de la visita de María a Isabel pertenece a los relatos del nacimiento e infancia de Jesús. Más allá de mostrar cómo sucedió aquel encuentro, lo que interesa es descubrir quién es este Jesús, cómo viene al mundo, y cuál es su identidad y misión. También valorar la sublime dignidad que envuelve a María por ser la madre del Señor.

María aparece como modelo de creyente, portadora de buenas noticias, y simboliza a la joven Iglesia de la Nueva Alianza. La anciana Isabel representa el Antiguo Testamento y dará a luz a Juan Bautista, el último de los profetas. En la escena encontramos a dos mujeres que van a ser madres y han sido favorecidas con el don de la fecundidad.

María concibe a Jesús sin conocer varón e Isabel es una mujer estéril. Para el mundo de la ciencia y para los que todo lo miden desde la razón, esto es algo inconcebible. Sin embargo, el acontecimiento muestra que Dios se revela en los sencillos de corazón y hace allí su morada.

En la visita, las madres anticipan la misión y la relación que tendrán Juan Bautista y Jesús. Los saltos de alegría del pequeño Juan sugieren un reconocimiento prenatal por la condición mesiánica de Jesús y la subordinación que se le debe tener. La misma que ha de profesar cada creyente a la hora de esperar y confiar en el buen Dios. Sobre todo cuando las cosas van mal y cualquier tipo de tristeza, fracaso o pérdida termina por sepultar la más exigua esperanza. Entonces, ¿qué hacer cuando no se encuentran las respuestas?

María también experimentó la duda y la falta de respuestas. No entendió cómo se iba gestar el don más preciado para toda mujer como el ser madre, y más aún, del hijo de Dios. Pero ella creyó y se abandonó en Dios. No nos dejemos abatir, la Navidad para el que todavía tiene fe es motivo suficiente para creer y abandonarnos más en Dios.

“Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1, 45).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Con ilusión, esperemos al Niño Dios

COMENTARIO DOMINICAL: Con ilusión, esperemos al Niño DiosA la pregunta de qué tenemos que hacer, la respuesta del Bautista es clara: lo que sucederá será un hecho prodigioso, por lo tanto hay que prepararse, el que viene es el Mesías. El pueblo de Israel pensaba que las oraciones, los sacrificios y los actos de piedad propios del judaísmo eran suficientes para un cambio de vida. Pero aún no comprendían que la propuesta del Reino y la conversión se concretaban en la fidelidad a la Alianza, la relación fraterna, la práctica de la justicia y la ética en todos los ámbitos de la vida.

La intuición de Juan por sentir que viene alguien que es más poderoso que él no era un error. El hecho de desatar la sandalia de Jesús evoca la imagen de aquella ley del  levirato: si una mujer quedaba viuda, el pariente más próximo debía casarse con ella para dar descendencia al difunto; y si no lo hacía, otro podía tomar su puesto (cf. Deut 25, 5). Juan vislumbra que Jesús tiene un derecho preferente ante el cual él debe ceder: “Jesús es el esposo que anuncia una alianza nueva”.

Juan predicó que para acoger al Mesías había que convertirse, lo que implica hasta hoy una renovación total del cómo nos vinculamos. Esa renovación exhorta a los que ostentan el poder para que manifiesten una actitud más honesta y que no dé lugar a la corrupción. A los esposos, para que vivan en fidelidad y en diálogo permanente sobre la base del respeto y el amor; a los jóvenes, para que conserven la grandeza de ánimo y cultiven una vida con Dios; a los que mucho poseen, para que compartan con quienes poco tienen.

¿Qué debemos hacer? Solo una actitud sincera nos puede llevar a revisar nuestra vida y conducta. Sin duda que mucho falta para vencer las barreras del egoísmo. Dejarnos invadir por la dulzura de este Niño de Dios humaniza la vida y el cómo nos vinculamos.

“Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias” (Lc 3, 16).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Todos verán la salvación de Dios

COMENTARIO DOMINICAL: Todos verán la salvación de DiosCuando hablamos de la misión de Jesús no se puede obviar la intervención de Juan, el Bautista. Él fue un precursor que estando en el desierto, configuró su vida al modo de Dios. La mención del desierto recuerda al éxodo, la salida de Egipto a una nueva tierra, es decir, hacia una forma diferente de vivir. Juan es el último testigo de la antigua alianza mientras que Jesús es el centro de la historia y del tiempo. Además, atesoraba una gran confianza en la llegada del Mesías.

Su predicación era un llamado a la conversión para el perdón de los pecados y su bautismo era la señal que marcaba un nuevo inicio. Este era un rito conocido en la cultura judía y se utilizaba tanto en el ámbito civil para la emancipación de un esclavo, como también en lo religioso para la conversión de un prosélito. Así, con el anuncio de Juan y la venida de Jesús se cumplen cabalmente la esperanza mesiánica de Israel y las promesas de Dios.

Aquella voz que clamaba en el desierto viene a despertar el corazón sin vida de muchos que buscan convertirse pero no saben el cómo, el cuándo ni el dónde; y otros que conocen de la misericordia de Dios pero dicen que “no necesitan convertirse ni menos confesar sus pecados”. La gran tarea actual es discernir cuál es la voz que nos lleve a comprender a Jesús para diferenciarla de otras que solo traen desesperanza y muerte.

La conversión no es solamente para los creyentes que viven sin Dios, sino también para
los que creen en Dios pero sin amistad con él. Pues esa cercanía se ha convertido en una suerte de “salvavidas”, pero solo cuando las seguridades humanas desparecen. Por eso, urge dar cabida a Jesús siempre, puesto que el Adviento es una espera dinámica, no pasiva; es decir, es un camino que sale al encuentro, no solo espera que otro venga.

“Entonces, todos los hombres verán la Salvación” (Lc 3, 6).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: ¡Qué alegría, el Niño Dios ya viene!

COMENTARIO DOMINICAL: ¡Qué alegría, el Niño Dios ya viene!Las palabras de Jesús pueden sonar a cuestiones que van a pasar en el futuro o como un fin apocalíptico. Ni lo uno ni lo otro, porque lo apocalíptico, en este caso, no habla de cosas que sucederán mañana. Simplemente, es un modo misterioso de hablar acerca de las cosas del tiempo presente y cuyo fin es animar a la comunidad para denunciar lo que está mal y la resistencia a todo lo que se opone al proyecto de Dios, pues el discurso de Jesús se centra esta vez en el fin del mundo, sus signos y su revelación gloriosa.

Algo totalmente nuevo está por suceder. En la nueva Jerusalén ya no habrá más sol, luna, estrellas, porque todo será renovado. Esa novedad es el resultado de la propia acción de Dios, que tiene poder sobre todo. Al igual que el pueblo de Israel, los creyentes también construimos una historia que, con aciertos y desaciertos, se diferencia de otras porque se vive a la luz de la fe. Por tanto, estamos llamados a levantar la cabeza y a permanecer fieles al amor de Dios, ya que nuestra liberación está cerca y en curso: Cristo vive y viene a rescatarnos.

Quien cree en Cristo encuentra un sentido distinto a la vida. En esa perspectiva cristiana descubre cómo las obras de amor de Dios acrecientan sus ganas de vivir y no solo de existir. Como niños ilusionados a recibir un regalo, conservemos la poca inocencia que nos queda para estar abiertos a nuevas cosas que Dios nos quiere enseñar. Mientras tanto, estar vigilantes no es solamente estar como meros espectadores sino discernir qué cosas nos llevan a Dios y cuáles nos separan de él.

Aquél que está con la conciencia dormida, por la ideología o por su solo modo de ver las cosas, vive en permanente resaca, porque no es capaz de discernir los acontecimientos y la urgencia de la caridad cristiana. Permanecer lúcidos y en paz es lo que en definitiva nos lleva a no perder el sentido de la espera amorosa del Niño Dios.

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Lc 21, 33).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: La realeza de Jesús son sus obras

COMENTARIO DOMINICAL: La realeza de Jesús son sus obrasSegún la Escritura, el rey es el pastor de su pueblo y se preocupa que las condiciones de vida de este sean lo más dignas posible. Ante la incomprensión del mesianismo de Jesús, el relato muestra qué tipo de rey es él. Solo el creyente que no se queda en una fe pueril puede experimentar al Cristo resucitado, porque entiende que las palabras y las acciones de Jesús manifiestan su legítima realeza. A quienes no se adhieren a esta verdad les pasa como al pueblo de Israel, dejan de ser el “Israel de Dios” para  convertirse en un pueblo como cualquier otro. Nos olvidamos que son las acciones de amor y misericordia de Jesús las que nos revelan que él viene de Dios Padre. Por eso Jesús rechaza toda realeza que se sustente en la manipulación, el poder y la soberbia, estas no son de su Reino.

Los que son de este mundo utilizan secuaces, armas, evasivas y la ley del “caiga quien caiga” para defenderse y consolidarse en el poder. En cambio, la realeza de Jesús está basada en la justicia y el respeto a las personas. Su justicia no tiene nada que ver con  la de los poderosos, que hacen de todo para mantenerse en el poder. La justicia de Jesús muestra que pasando por la cruz y la muerte actúa su realeza: Él es rey porque su Reino no es de aquí ni de allá, no responde a los criterios del mundo. Él viene del Padre y del Espíritu que comunica la vida para todos.

Pilato no pudo comprender el significado de la respuesta de Jesús acerca de la verdad. No tenía ningún interés por saber algo más de Jesús. Le bastó haber esclarecido quién posee el “poder” en la tierra y, como juez engreído, aceptó que Jesús le cuestionara el cómo administra su poder y cuál era su deber. Pero cerró su corazón a Dios y no quiso ver sus obras. Y los que aún creemos en Dios, ¿también nos vamos a cerrar a las obras de Dios?

“Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido… para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37).

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Cristo es salvación para sus elegidos

COMENTARIO DOMINICAL: Cristo es salvación para sus elegidosLos discípulos de Jesús se preguntan acerca de la señal que marcará la venida del Hijo del hombre y cuándo sucederá. Por medio de una catequesis sobre el final de los tiempos, el Evangelista prepara a la comunidad cristiana, ya que en esa época existía una preocupación grande por el fin del mundo, se creía que era algo inminente. Ante esa duda, la comunidad aún confía: “Cristo ha triunfado sobre el mal y volverá con gloria, aunque no se sabe cuándo”. Por eso es necesaria la vigilancia y el discernimiento, porque la misión de los discípulos de Jesús, que se prolonga en el tiempo y en el espacio, continuará a pesar de los conflictos y catástrofes de la historia.

Sin desconocer los tiempos en que vivimos donde pareciera ser que el mal sigue teniendo la última palabra sobre el bien, la tendencia es vivir a “mi manera” o “haciendo la mía”, en lo posible, que no me pongan límites y donde todo está permitido; es decir, vivir al margen de Dios. En esta realidad, la venida del “Hijo del hombre” es una luz de esperanza. La expresión Hijo del hombre la usaron los judíos para hablar del hombre en general (cf. Dn 7, 3), hacía alusión a un futuro personaje enviado por Dios, para juzgar a los pecadores e instaurar su Reino. Jesús toma para sí este título, ahora él es el Hijo del hombre, que vino, está presente y vendrá como Señor al final de los tiempos.

El que en la vida terrena no ha permanecido fiel al Hijo del hombre y a sus palabras ni se ha esforzado en vivir en comunión con él, no será obligado y permanecerá donde está, es decir fuera de la comunión. Por eso todo cálculo de cuándo vendrá el Hijo del hombre es estéril. En lugar de desperdiciar tantos momentos hermosos de la propia vida, es mejor poner nuestra confianza incondicional en el designio amoroso de nuestro Padre Dios, que no desampara nunca a sus hijos.

El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Mc 13, 31).

P. Fredy Peña T., ssp

 
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