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Editorial SAN PABLO
 
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COMENTARIO DOMINICAL: “Hagan esto en memoria mía”

COMENTARIO DOMINICAL: “Hagan esto en memoria mía”Una vez más, el Señor se vale de un banquete para indicar que, por medio de su muerte y resurrección, sus discípulos lo recuerden y perpetúen este último momento. La Última Cena va a ser el acto de ofrecimiento que reemplazará a cualquier otro pacto con Dios. Si la Alianza de Dios con el pueblo hebreo se selló, con la sangre de animales, en el Sinaí, ahora, en la persona de Jesús, sumo sacerdote y único mediador de la nueva Alianza, el nuevo compromiso se ordena al memorial de su persona, es decir, la eucaristía que Jesús instituyó mira hacia los días de su Misterio Pascual: su muerte y resurrección.

Sin duda que esta disposición tiene un carácter trascendental y salvífico, que se asemeja a un testamento donde más allá de señalar qué hacer con una herencia, este busca respetar la memoria de quien murió. Al Señor le ocurrió algo similar, no solo quería indicar a los discípulos que sería arrestado, flagelado, crucificado, para luego morir y resucitar, sino que también quería manifestar cómo permanecer con los suyos más allá de los límites del tiempo y del espacio.

Su presencia en el pan y el vino es el modo de cómo permanece en medio de la comunidad. Jesús ofrece su Cuerpo y su Sangre, que representan la totalidad de su persona. Donde el pan es figura del alimento cotidiano del hombre y el vino significa la fiesta alegre de sentirnos llamados a un banquete fraterno, donde Jesús se da como don, no porque seamos buenos sino porque él es pura misericordia. La eucaristía no es un recuerdo subjetivo o un estímulo moral, sino que se trata de la presencia real de su persona, de su acción salvadora, que es eternizada por su resurrección y que la hacemos vida cada vez que nos adherimos, no por cumplir sino por amor, a su mandato: “hagan esto en memoria mía”.

“Y les dijo: ‘Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos…’”, Mc 14, 24. 

P. Freddy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Santísima Trinidad, comunidad de amor

COMENTARIO DOMINICAL: Santísima Trinidad, comunidad de amorCelebramos la fiesta de la Trinidad y, por qué no decirlo, “la fiesta de la comunidad”. La Santísima Trinidad vive en comunión no para sí misma, sino para revelarse y relacionarse con la comunidad de los que creemos en el Señor Jesús. Al pueblo de Dios le fue muy difícil comprender y adorar a un solo Dios. ¡Tanto!, que pecó muchas veces adorando a otros dioses. Así fue como los profetas tuvieron que reconducir al pueblo por el culto al único Dios. En Jesús, Dios Padre reveló al mundo “algo nuevo” y en reiteradas ocasiones se proclamó como Hijo de Dios, ya sea hablando de Dios como su Padre o cuando dijo a Felipe que quien le ha visto a él, ha visto al Padre; y posteriormente, al partir de este mundo, prometiendo que enviaría el Espíritu Santo.

Es frecuente encontrar entre el mundo creyente una especie de resignación con relación a la Trinidad, puesto que como es un “misterio” no se entiende, pero se acepta y cree. En este sentido, ni una buena catequesis u homilía han terminado de aclarar el porqué siendo tres personas distintas son un mismo Dios y siendo un mismo Dios son tres personas. Lo cierto es que salimos del enigma asumiendo que tanto el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un misterio: Primero, porque no se trata de una cuestión matemática “tres y uno”, sino que excede a nuestro entendimiento, pero, a pesar de ello nos lleva a descubrir que Dios es amor; segundo, porque este misterio es una confidencia de Dios al hombre, que nos lleva a preguntarnos quién es Dios, pero al mismo tiempo quién es el ser humano.

El Dios que es trino desea encontrarse con la comunidad, renovando su amor y fidelidad. Dios Padre tuvo la generosidad de llamarnos a su vida íntima, de amor, de familia, que implica una relación filial con él, de Padre a hijo, y que nos hace hermanos en Cristo por medio de su Espíritu Santo.

“Hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…” Mt 28, 19. P.

Freddy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: El Espíritu Santo la nueva comunidad

COMENTARIO DOMINICAL: El Espíritu Santo la nueva comunidadMás allá de describir lo que pasó después de la Pascua, el evangelio destaca la continuidad que hay entre Jesús y sus discípulos. El Espíritu que inspiró y obró en Jesús es comunicado a quienes lo siguen. El mismo Espíritu que sostuvo la lucha de Jesús para realizar el proyecto de Dios, actúa también ahora en su Iglesia. Jesús se presenta en medio de la comunidad y es la razón de ser para esta. Su saludo de paz, conocido como shalom, representa la plenitud de los bienes mesiánicos. Solo él puede dar la paz porque ha vencido a la muerte y al mundo.

No obstante, los discípulos se encuentran con las puertas cerradas y como no tienen el Espíritu de Jesús, conforman una comunidad timorata y calculadora. Están presos del mismo temor que experimenta cada creyente cuando pierde la confianza en Dios y las vicisitudes de lo cotidiano van desgastando la vida de fe, que no contagia ni entusiasma a nadie.

Jesús quiere regalarnos aquella paz dada a los suyos en Pentecostés. Esa paz que no carece de fundamento, puesto que su fe ha sido probada cada vez que ha cumplido con la voluntad de su Padre. Por eso el Señor conoce y entiende nuestra fragilidad humana, él la vivió y asumió.

Superado el miedo, la comunidad creyente se siente con las fuerzas para anunciar al Señor y recobra la alegría por ser los continuadores de la obra de Jesús: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes…”. Ahora será el Espíritu Santo quien dará vida, amor y perdón a los creyentes. Tendrán que administrar estos dones pero no de una forma caprichosa y egoísta, sino al modo de Jesús: humilde y misericordioso. Esta misericordia solo será creíble en la medida que este poder de perdonar los pecados sea fiel reflejo del perdón de Dios.

“¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes…”

Jn 20, 21. P. Freddy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús presente en la comunidad

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús presente en la comunidadEn el Credo solemos decir que Jesucristo subió a los cielos y está sentado… La Iglesia, a través del tiempo, ha comprendido que Jesús, después de su muerte y resurrección no vive en los espacios siderales más allá de las nubes, sino que fue glorificado junto al Padre. Esta manifestación de Dios es una forma de representar la falta de su presencia física en este mundo y también su elevación por sobre lo mundano, es decir, su total señorío divino. Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del Reino del Mesías donde el Señor toma posesión de su autoridad, pero no para condenar a nadie sino para actuar en medio de la comunidad creyente.

En un mundo donde la corrupción, la mentira, la soberbia y la impunidad, al parecer, tienen la última palabra, el anuncio de Cristo es más que un desafío. Corremos el riesgo de ser aceptados o rechazados, pues hablar de un Dios que subió a los cielos no es para ingenuos sino para aquellos que aún tienen fe y no desesperan a pesar del Mal reinante. Hubo un tiempo en que hablar del cielo y de la esperanza celestial era como una paranoia. Sin embargo, pensar en él sin un compromiso cristiano, eso sí que es alienación: anhelar el cielo es la meta o esperanza definitiva de todo creyente.

Es imposible continuar contemplando la Ascensión de Jesús sin preguntarnos: ¿Cómo llevar su anuncio a un mundo tan complejo y en crisis de fe? Hay dos peligros que nos pueden desalentar: la muerte y el pecado. Tarde o temprano, la muerte nos tocará; o bien nuestra fragilidad humana hablará más que nuestras propias buenas intenciones; por lo tanto, no desconfiemos del Señor. Él está sentado a la derecha del Padre, pero no acostado, sino que acompaña a la historia y a nosotros con ella.

“Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban…” Mc 15, 20.

P. Freddy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Unidos a Jesús, donemos la Vida

COMENTARIO DOMINICAL: Unidos a Jesús, donemos la VidaJesús indica lo que él hace y aquello que los discípulos han de asumir por amor hacia él. Si en el Antiguo Testamento daba la impresión que el amor de Dios estaba limitado solo al “pueblo escogido”, ahora, después de la Pascua, Jesús enfatiza el amor que hay entre él y su Padre, extendiéndolo a la comunidad cristiana. Nos dice de qué manera podemos permanecer unidos a él por el vínculo del amor y la obediencia, que no se excluyen mutuamente sino que dependen el uno del otro, pues el amor a Dios brota de ese mismo amor hacia él.

Si obedecen mis mandamientos permanecerán en mi amor. Esta es una invitación a hacernos responsables de sus obras de amor y actuar. Quien no permanece en ese afán, no lucha para que haya vida en abundancia; al contrario, vive un concepto del amor de Dios que es estático y romántico, pero que no tiene ninguna incidencia ni es beneficioso para el prójimo. Por lo tanto, perdurar en el amor de Dios es asumir su práctica liberadora, que nos lleva a realizar obras concretas de misericordia.

Tal vez nos puede parecer imperativo el ámense los unos a los otros, pero siendo sinceros, nadie puede obligar a otro que lo ame o que ame a otra persona. El amor nunca puede ser obligado, eso solo causa rechazo. Sin embargo, el gesto de Jesús en la cruz es una referencia indiscutible a cualquier acto de caridad cristiana. Y porque amó a sus discípulos, los consideró sus amigos y les confió la tarea de anunciar su Reino. Por eso aquel que gasta o pierde la vida en favor del proyecto de Dios experimenta una gran alegría. Es cierto, que a veces esa “dicha” no la vemos, quizás porque todos ocultamos un poco de “insatisfacción”, pero solo una apertura sincera y un amor verdadero a Dios es capaz de donarse.

“Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor…” Jn 15, 10.

P. Freddy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Invitados a dar frutos de amor

COMENTARIO DOMINICAL: Invitados a dar frutos de amorA través de la parábola de la vid y de los sarmientos, Jesús revela que sus discípulos dependen por completo de la unión con él. Cualquier intento de obtener algún resultado prescindiendo de él, termina en un fracaso. El símbolo de la vid era característico para designar a Israel; tanto así, que en el frontispicio del Templo de Jerusalén había una vid de oro con racimos, según varios autores judíos y romanos.

Jesús al señalar que él es la vid verdadera y su padre el viñador, sustenta y mantiene unidos los sarmientos. La obtención de los buenos frutos dependerá de la unión de los discípulos con él. Como sarmientos unidos a la vid, surge la siguiente pregunta: ¿Cómo podemos dar testimonio de Jesús y contagiar a otros si no creemos en él?

Cuando Jesús dice Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes, nos ofrece la clave para entender que en la medida que estemos unidos a él por el amor, entonces “sí” podremos vivir en comunión y sintonía con su proyecto de vida. El evangelio no nos habla de amor sino de permanecer; sin embargo, la metáfora vid-ramos se alimenta recíprocamente por la savia. Lo mismo sucede con la comunidad cristiana: por medio del amor se une a Jesús. En efecto, ¿qué es lo que más deseamos cuando amamos a alguien? Casi siempre se buscan dos cosas: estar siempre con la persona amada y que esa promesa de amor no muera, buscando siempre el bien del otro.

Por tanto, el criterio para saber si la comunidad permanece o no en Cristo son los frutos de amor. El discípulo de Jesús debe estar dispuesto constantemente a la poda, es decir, a la santificación, pues ha de madurar todo aquello que impide a la unión y la disponibilidad para servir con la mayor libertad de espíritu por amor al Señor.

“El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto…” Jn 15, 5. 

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Pastores en sintonía con Jesús

COMENTARIO DOMINICAL: Pastores en sintonía con JesúsTodo el pasaje de este evangelio (Juan 10) se encuentra en el contexto de una fiesta que era la dedicación del templo, en la cual se conmemoraba el regreso de los desterrados en Babilonia, año 515 a. C. De alguna manera, el templo es el corral donde Jesús –como Buen Pastor- guarda las ovejas y las saca, porque los líderes injustos y explotadores mantenían al pueblo sumiso en nombre de Dios.

La figura del pastor era familiar para el pueblo del Israel y despertaba un ejemplo de lucha y trabajo. Su tarea era dura, ya que no tenía momentos de reposo. En pleno siglo XXI, ¿qué puede significar esa imagen bucólica? Por lo pronto, la imagen del pastor que acumula, manipula y somete es más atractiva. Hoy, nadie quiere ser tenido por oveja y son pocos los que –como pastores- se responsabilizan de sus ovejas.

El pueblo de Israel se comparaba con un rebaño protegido de día y de noche por la atención amorosa de Dios. Sentía que sus dirigentes (reyes, profetas y religiosos) eran como pastores puestos por disposición de él. Jesús sostiene que solo él es ese pastor, porque marca la diferencia con los malos pastores, que solo buscan su propio interés y se benefician sometiendo a los más débiles o al pueblo. El Buen Pastor no es un mercenario al que solo le interesa la ganancia de su tarea y que nunca se expone en beneficio de su rebaño.

Jesús es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y ellas lo reconocen. En la Biblia “conocer” no coincide solo con el ámbito intelectual, sino que es conocer y amar. Cada persona es única para el Buen Pastor. Pero también es un conocimiento recíproco, ya que el creyente no se adhiere a una ideología, códigos o reglamentos, sino que cree por un vínculo recíproco de amor, que se da entre el Buen Pastor y su oveja.

“Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen” Jn 10, 27.

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Ser testigos creíbles del resucitado

COMENTARIO DOMINICAL: Ser testigos creíbles del resucitadoEs propio de nuestro tiempo cuestionarnos acerca de qué les sucedió a los discípulos después de la resurrección ¿Habrán sido víctimas de una ilusión? Después de la muerte de Jesús en la cruz, los discípulos quedaron muy abatidos y sin esperanza. No había en ellos un deseo genuino de anunciar al Resucitado, pero es la intervención de Jesús y su presencia la que los provoca e invita a vencer sus dudas y miedos.

Son muchos los “temores” que paralizan nuestra fe y que sin la resurrección de Jesús termina siendo un sinsentido. Sin embargo, el Resucitado no es fruto de la fantasía de algunos, sino que es el mismo Jesús terrestre que vive una realidad y dimensión nuevas, que permite ser experimentada o comprobada por sus más cercanos, los discípulos. La resurrección de Jesús no consiste en permanecer unido a Dios, con su alma inmortal, sino en recibir de nuevo su cuerpo junto a su alma, en una existencia que es diferente a la terrena.

Jesús, al resucitar, nos regala el “don pascual”, que no es la garantía de una vida imperturbable ni exenta de problemas, sino la paz vivida en la tranquilidad, la confianza y la protección que provienen del amor de Dios. Al no ser testigo ocular de la resurrección, todo el que cree en este gran don se convierte en testimonio de un acontecimiento histórico y concreto, que no se fundamenta en ideas, especulaciones u opiniones personales.

Ante una sociedad cada vez más escéptica e indiferente con la fe, el mundo cristiano apuesta por seguir reconociendo al Resucitado en lo cotidiano, que no siempre es tan fácil ni inmediato. No obstante, los signos de la resurrección de Jesús son creíbles en la medida que cambian para bien a quien lo experimenta y algo sucede en su vida, que ya no lo hace ser el mismo que era antes sino un “convertido”. 

“Miren mis manos y mis pies. Un espíritu no tiene carne ni huesos…” Jn 24, 39. 

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: ¡La paz esté con ustedes!

COMENTARIO DOMINICAL: ¡La paz esté con ustedes!El hecho de que los discípulos estuvieran con las puertas cerradas era un signo más del miedo que sentían, pues aún no percibían que el Resucitado estaba con ellos. Su presencia era una invitación a creer lo que tanto les había anunciado: su vida, muerte y resurrección. Por eso que recurrir a esta convicción cada vez que el miedo nos invade es legítimo: “no creemos en la resurrección por el hecho de ser cristianos, sino porque creemos en la resurrección, somos cristianos”.

Jesús se presenta ante los discípulos y les dice: ¡La paz esté con ustedes! Es la paz que viene después de su victoria, pues él ha vencido al mal, la muerte, el odio y todo egoísmo desmedido. Hoy, el mundo enfrenta grandes enfermedades, como el sida o el cáncer; pero quizá la enfermedad más grave que lo amenaza es el pecado y sus consecuencias. Sobre todo en sus manifestaciones de individualismo y soberbia. Jesús nos ofrece su paz porque es el mejor remedio para vencer toda incredulidad y solo los que estén afianzados en ella pueden responder a la misión que se les ha confiado.

Sabemos que la resurrección de Jesús no fue un hecho aislado e individual, que solo afectó al propio Jesús, sino que involucra a todo creyente. No obstante, exigir a Dios signos, prodigios o milagros ?como lo hizo Tomás? es un despropósito. A Dios se le suplica, pide, pero no se le exige. Dios es paciente y respeta los tiempos de crecimiento espiritual de cada persona. Él nos concede su gracia, pero requiere nuestra aceptación, con apertura a su Espíritu Santo, que nos capacita para encarnar su misión y vivir un anticipo de la resurrección “aquí y ahora”. Anticipo que, si no se percibe, no es porque no se crea, sino porque aún no termina de plasmarse concretamente en los que dicen seguir o imitar al Resucitado.

“Se puso en medio de ellos y les dijo: ‘¡La paz esté con ustedes!’” Jn 20, 26. 

P. Fredy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús ha vencido a la muerte

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús ha vencido a la muerteLa resurrección de Jesús afecta en lo más profundo la vida del cristiano. Si no hubiese resucitado, todos tendríamos un final sin esperanza. Para María Magdalena y los discípulos, constatar la muerte de Jesús y la tumba vacía fue algo sorprendente, pero no entendieron las predicciones hechas por Jesús con respecto a su resurrección. Tanto la tumba vacía como las vendas en el suelo no son un elemento de prueba, pero sí un signo de que Jesús ha dejado la tumba y ha vencido la muerte. Sin embargo, su muerte no revestía algo absoluto y definitivo, puesto que él la vence, se levanta y entra en la Vida eterna.

No siendo testigos oculares de la resurrección, los cristianos creemos, apoyados en la autoridad de Dios, que la reveló y anunció al mundo en su Iglesia: con fe conmemoramos el pasado, con esperanza vemos el futuro y con amor vivimos nuestro bautismo en el presente. Sin la resurrección del Señor, nuestra fe en el pasado se derrumba, nuestra gozosa esperanza en el futuro se diluye y nuestras celebraciones en el hoy no tienen sentido.

La esperanza a la que Dios nos invita se sustenta en la verdad, que está muy bien expresada en la aclamación eucarística al Señor resucitado, Muriendo destruiste nuestra muerte, resucitando nos devolviste la vida. Es cierto que nadie puede escapar a la muerte, ya que es el acto supremo e inevitable de la vida terrena; por lo tanto, lo único que convierte a esta en tragedia es el pecado. Jesús, al vencerla, nos abrió el paso a la trascendencia y no al olvido, como también el camino de transición a una forma de vida sin fin cuya existencia no podemos ni imaginar. En tiempos donde pareciera ser que vivimos en tinieblas y oscuridad, la resurrección de Jesús anima e ilumina nuestra vida de fe como la salida del sol que anula y hace claros todos los malos presagios. 

“Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos…” Jn 20, 9. 

P. Fredy Peña T., ssp

 
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