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Editorial SAN PABLO
 
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COMENTARIO DOMINICAL: Jesús es rechazado por su pueblo

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús es rechazado por su puebloLa última visita de Jesús a una sinagoga está marcada por la admiración de sus oyentes; no obstante, eso no bastó para afianzar la fe en él, sino que confirmó el rechazo a su persona. En las sinagogas de aquel tiempo cualquier hombre adulto podía leer e inter- pretar las Escrituras; sin embargo, esa facultad solo era monopolio de los doctores de la Ley y de los fariseos. El pueblo estaba obligado a escuchar y a preguntar a ellos lo que era cierto o errado. Ellos tenían la respuesta para todo.

Los habitantes de Nazareth, en su asombro, formulan cuestionamientos a Jesús. La primera serie de preguntas gira en torno a lo que han experimentado y la segunda apela a la memoria de Jesús, su origen y familia. ¿De dónde le viene ese poder? ¿No es este hombre el carpintero, el hijo de María…? Es una pregunta desmoralizante y viciada, pues en aquella cultura, cuando se buscaba despreciar a alguien, bastaba con sustituir el nombre del padre por el de la madre. Los paisanos de Jesús no descubrieron en él nada extraordinario que pudiese catalogarlo como el Mesías de Dios; al contrario, lo consideraron como uno más. Y lo mismo acontece hoy con quienes piensan y actúan como los contemporáneos de Jesús: no creen en Jesús porque lo ven como un hombre del pueblo, el hijo de una mujer común como María, que no frecuentó ninguna universidad y que viene de Nazaret, un lugar insignificante.

El escándalo de la encarnación continúa siendo esa espina en la garganta de muchas personas e incluso cristianos, que aún no “creen” en la capacidad de realizar milagros de Jesús. Allí donde falta la fe, es difícil que Jesús obre portentos. No porque no tenga el poder, sino porque el terreno no es receptivo. Él no cura a nadie que no se abra a él a través de la fe.

“Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa” (Mc 6, 4).

P. Freddy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, vencedor de la muerte

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús, vencedor de la muerteAnte los episodios de la curación de la mujer hemorroísa y la resurrección de la hija de Jairo, asistimos a la eficacia de lo que significa la confianza en el Señor. Aparecen dos mujeres que han experimentado el dolor y la fragilidad de su condición. Una de ellas, la niña, comienza a reconocer su cuerpo de mujer, en una cultura que a los doce años eran dadas en matrimonio; la mujer hemorroísa padece en su cuerpo una enfermedad que la segregaba por impura y era causa de desprecio. Ha gastado todo lo que tenía, discriminada por no poder quedar embarazada, pero no ha perdido la esperanza. También Jairo espera obtener una ayuda para su hija, que está agonizando, pues los médicos no han logrado curarla.

Sin duda que ante una enfermedad o la muerte sentimos la incapacidad de no poder hacer algo más. Incluso teniendo los medios económicos y con todo el amor que profesamos, solo nos queda, muchas veces, asumir la impotencia. No obstante, he aquí el punto clave: ¿Cuál es la relación entre Jesús y la muerte? Jesús dice a Jairo: No te dejes dominar por el miedo y la desesperación; permanece firme en la confianza y “cree”. Y a la mujer hemorroísa: “Hija, tu fe te ha salvado”.

La acción de Jesús sobrepasa los límites de toda experiencia y actúa como ningún otro hombre puede actuar. No se queda en la lamentación, que es la expresión de la incapacidad humana. Al contrario, él, con sus gestos y palabras, revela su poder y grandeza sobrehumana. Palabras y gestos en los cuales creyó la mujer hemorroísa, incluso el propio Jairo. Ella acaba robando de Jesús esa fuerza misteriosa capaz de curar; él, por su confianza en el Maestro, termina convenciéndose, de que la muerte no tiene la última palabra. Por eso Jesús no acepta el lamento impotente sino la fuerza de su amor, que ordena: “Niña, a ti te hablo, levántate”.

“En seguida la niña… se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro” (Mc 5, 42).

P. Freddy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Juan Bautista nos lleva hacia Jesús

COMENTARIO DOMINICAL: Juan Bautista nos lleva hacia JesúsLa Iglesia celebra solo tres nacimientos: el de Jesús, el de María, madre de Jesús, y el de Juan Bautista. Los dos últimos portan un sentido de alegría salvífica y una vinculación especial con Jesús. Una alegría salvífica que para Zacarías, como un hombre justo, e Isabel, mujer abnegada, pudieron experimentar en parte esa “dicha” por ser padres en su ancianidad. El Antiguo Testamento está lleno de historias de esterilidad, como la de Sara, madre de Isaac, o Ana de Alcalá, madre de Samuel. La infecundidad de Isabel es una coincidencia más con el Antiguo Testamento; sin embargo, lo particular del nacimiento de Juan Bautista es que, a través de él, Dios comienza a cumplir todos los anuncios del pasado.

La esterilidad era considerada como una falta de bendición por parte de Dios y quien la padeciera sufría la discriminación de la sociedad. La situación de Isabel y Zacarías está marcada por la tristeza. No hay esperanza en su horizonte existencial. Hoy, son muchos los que experimentan una sensación de desesperanza por sus problemas, fracasos y frustraciones de todo tipo. Rogamos a Dios, al igual que los padres de Juan Bautista, para que mude nuestra vida y se produzca un “milagro”. Aguardamos ser bendecidos desde lo alto con aquel “hijo” de la ilusión, que nos haga personas entusiastas y renovadas.

Esa misma ilusión despertó el ángel al dar la noticia no solo a Isabel y Zacarías, sino también a sus parientes y vecinos. Le pusieron por nombre Juan, que significa “Dios es benévolo”, y no el nombre del padre, como era la costumbre. Juan Bautista estaba designado para una misión muy especial: “preparar el camino del Señor”. Cuando Dios quiere dispensar sus gracias a alguien, prepara a la persona, con tiempo y esmero, para que esté en condiciones de una respuesta favorable.

“¿Qué llegará a ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él…”, Mc 1, 66.

P. Freddy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: El Reino de Dios está vivo

COMENTARIO DOMINICAL: El Reino de Dios está vivoLa realidad de los primeros cristianos era bastante adversa, puesto que en aquella época sus comunidades eran dispersas, pequeñas y perseguidas. La primera semilla que Jesús sembró para conformar una comunidad fue con un grupo de pescadores, quienes supieron sortear sus limitaciones y precariedades. La parábola del sembrador viene a dar confianza y coraje a la comunidad que está viviendo una crisis de fe. Esta responde a los impacientes que dudan de la venida del Reino porque aún no ven sus signos o lo que ven les parece muy incipiente.

Nos rebelamos contra todo sistema, Dios incluido, y cuando constatamos que en este mundo imperan los corruptos de cuello y corbata más que los honestos y generosos de sandalias, los escándalos mediáticos más que las buenas obras sin prensa, el gusto desmedido por el placer más que la tolerancia por el padecer, el afán por el reconocimiento más que el anonimato por la obra de caridad del día, entonces nos preguntamos: ¿Dónde está Dios? ¿Por qué no interviene? Jesús quiere corregir un error fundamental. El hecho de que entre el momento de la sementera y la cosecha no aparezca el sembrador, no significa que la semilla haya sido abandonada a su suerte. El Señor no permanecerá oculto para siempre e intervendrá y dirá su última palabra.

A pesar de las dudas o de la sensación de sentirnos solos, el Reino siempre será obra de Dios. No podemos pensar que su Reino depende, únicamente, de los hombres. Tenemos que eliminar la idea ingenua de un mundo rebosante de frutos, como también aquel pesimismo exagerado de que es imposible encontrar testimonios de virtud. Si el Reino de Dios es algo inmerecido y un don, entonces no desesperemos. La semilla del Reino crece incluso si no la vemos; lo importante es que la sembremos. 

“Sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo”, Mc 4, 27. 

P. Freddy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús no pacta con el mal

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús no pacta con el malEl evangelio de Marcos responde a una interrogante sobre quién es Jesús, y al mismo tiempo nos interpela, porque nos cuestiona: ¿Cómo es nuestro comportamiento con relación a su persona? La liberación del endemoniado por medio del exorcismo muestra a qué vino al mundo y también de qué forma su entorno tomaba parte de lo que decía y hacía. Curiosamente, hacer el bien puede ser malinterpretado y a Jesús le significó que lo tacharan de loco por su familia y endemoniado por las autoridades judías. Su actuación ha provocado, paradójicamente, la admiración de mucha gente, pero también el rechazo de quienes lo tildan de blasfemo: “lo que hace es por el poder del demonio y no por el poder de Dios”.

Los escribas, una vez más, han recurrido a la táctica de la descalificación para desacreditar a Jesús. Hoy, con ¡cuánta! prontitud se cae en esta actitud. Caminamos por la cornisa de la blasfemia y la calumnia. Te afanas en conservar tu honra y basta un error para que la pierdas. A Jesús había que desmoralizarlo, acusándolo de que expulsaba los demonios, ayudado por el propio Satanás. La delación en contra de Jesús es grave, ya que es un pecado contra el propio Espíritu Santo. Pero él destrona todo argumento: ningún reino o clan familiar puede mantenerse unido si adolece de divisiones internas. Por eso condena a los escribas, porque no creen que el Espíritu Santo esté obrando por medio de su persona.

Los escribas de nuestro tiempo se cierran a la acción de Dios, impidiendo que su misericordia los alcance; sin duda, no buscan pertenecer a la familia de Jesús. Por lo tanto, no existen derechos adquiridos que nos incorporen a su familia, porque no lo merecemos. No obstante, el Señor nos pide un solo requisito: “Hacer la voluntad de su Padre”.

“Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”, Mc 3, 35. 

P. Freddy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: “Hagan esto en memoria mía”

COMENTARIO DOMINICAL: “Hagan esto en memoria mía”Una vez más, el Señor se vale de un banquete para indicar que, por medio de su muerte y resurrección, sus discípulos lo recuerden y perpetúen este último momento. La Última Cena va a ser el acto de ofrecimiento que reemplazará a cualquier otro pacto con Dios. Si la Alianza de Dios con el pueblo hebreo se selló, con la sangre de animales, en el Sinaí, ahora, en la persona de Jesús, sumo sacerdote y único mediador de la nueva Alianza, el nuevo compromiso se ordena al memorial de su persona, es decir, la eucaristía que Jesús instituyó mira hacia los días de su Misterio Pascual: su muerte y resurrección.

Sin duda que esta disposición tiene un carácter trascendental y salvífico, que se asemeja a un testamento donde más allá de señalar qué hacer con una herencia, este busca respetar la memoria de quien murió. Al Señor le ocurrió algo similar, no solo quería indicar a los discípulos que sería arrestado, flagelado, crucificado, para luego morir y resucitar, sino que también quería manifestar cómo permanecer con los suyos más allá de los límites del tiempo y del espacio.

Su presencia en el pan y el vino es el modo de cómo permanece en medio de la comunidad. Jesús ofrece su Cuerpo y su Sangre, que representan la totalidad de su persona. Donde el pan es figura del alimento cotidiano del hombre y el vino significa la fiesta alegre de sentirnos llamados a un banquete fraterno, donde Jesús se da como don, no porque seamos buenos sino porque él es pura misericordia. La eucaristía no es un recuerdo subjetivo o un estímulo moral, sino que se trata de la presencia real de su persona, de su acción salvadora, que es eternizada por su resurrección y que la hacemos vida cada vez que nos adherimos, no por cumplir sino por amor, a su mandato: “hagan esto en memoria mía”.

“Y les dijo: ‘Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos…’”, Mc 14, 24. 

P. Freddy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Santísima Trinidad, comunidad de amor

COMENTARIO DOMINICAL: Santísima Trinidad, comunidad de amorCelebramos la fiesta de la Trinidad y, por qué no decirlo, “la fiesta de la comunidad”. La Santísima Trinidad vive en comunión no para sí misma, sino para revelarse y relacionarse con la comunidad de los que creemos en el Señor Jesús. Al pueblo de Dios le fue muy difícil comprender y adorar a un solo Dios. ¡Tanto!, que pecó muchas veces adorando a otros dioses. Así fue como los profetas tuvieron que reconducir al pueblo por el culto al único Dios. En Jesús, Dios Padre reveló al mundo “algo nuevo” y en reiteradas ocasiones se proclamó como Hijo de Dios, ya sea hablando de Dios como su Padre o cuando dijo a Felipe que quien le ha visto a él, ha visto al Padre; y posteriormente, al partir de este mundo, prometiendo que enviaría el Espíritu Santo.

Es frecuente encontrar entre el mundo creyente una especie de resignación con relación a la Trinidad, puesto que como es un “misterio” no se entiende, pero se acepta y cree. En este sentido, ni una buena catequesis u homilía han terminado de aclarar el porqué siendo tres personas distintas son un mismo Dios y siendo un mismo Dios son tres personas. Lo cierto es que salimos del enigma asumiendo que tanto el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un misterio: Primero, porque no se trata de una cuestión matemática “tres y uno”, sino que excede a nuestro entendimiento, pero, a pesar de ello nos lleva a descubrir que Dios es amor; segundo, porque este misterio es una confidencia de Dios al hombre, que nos lleva a preguntarnos quién es Dios, pero al mismo tiempo quién es el ser humano.

El Dios que es trino desea encontrarse con la comunidad, renovando su amor y fidelidad. Dios Padre tuvo la generosidad de llamarnos a su vida íntima, de amor, de familia, que implica una relación filial con él, de Padre a hijo, y que nos hace hermanos en Cristo por medio de su Espíritu Santo.

“Hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…” Mt 28, 19. P.

Freddy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: El Espíritu Santo la nueva comunidad

COMENTARIO DOMINICAL: El Espíritu Santo la nueva comunidadMás allá de describir lo que pasó después de la Pascua, el evangelio destaca la continuidad que hay entre Jesús y sus discípulos. El Espíritu que inspiró y obró en Jesús es comunicado a quienes lo siguen. El mismo Espíritu que sostuvo la lucha de Jesús para realizar el proyecto de Dios, actúa también ahora en su Iglesia. Jesús se presenta en medio de la comunidad y es la razón de ser para esta. Su saludo de paz, conocido como shalom, representa la plenitud de los bienes mesiánicos. Solo él puede dar la paz porque ha vencido a la muerte y al mundo.

No obstante, los discípulos se encuentran con las puertas cerradas y como no tienen el Espíritu de Jesús, conforman una comunidad timorata y calculadora. Están presos del mismo temor que experimenta cada creyente cuando pierde la confianza en Dios y las vicisitudes de lo cotidiano van desgastando la vida de fe, que no contagia ni entusiasma a nadie.

Jesús quiere regalarnos aquella paz dada a los suyos en Pentecostés. Esa paz que no carece de fundamento, puesto que su fe ha sido probada cada vez que ha cumplido con la voluntad de su Padre. Por eso el Señor conoce y entiende nuestra fragilidad humana, él la vivió y asumió.

Superado el miedo, la comunidad creyente se siente con las fuerzas para anunciar al Señor y recobra la alegría por ser los continuadores de la obra de Jesús: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes…”. Ahora será el Espíritu Santo quien dará vida, amor y perdón a los creyentes. Tendrán que administrar estos dones pero no de una forma caprichosa y egoísta, sino al modo de Jesús: humilde y misericordioso. Esta misericordia solo será creíble en la medida que este poder de perdonar los pecados sea fiel reflejo del perdón de Dios.

“¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes…”

Jn 20, 21. P. Freddy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús presente en la comunidad

COMENTARIO DOMINICAL: Jesús presente en la comunidadEn el Credo solemos decir que Jesucristo subió a los cielos y está sentado… La Iglesia, a través del tiempo, ha comprendido que Jesús, después de su muerte y resurrección no vive en los espacios siderales más allá de las nubes, sino que fue glorificado junto al Padre. Esta manifestación de Dios es una forma de representar la falta de su presencia física en este mundo y también su elevación por sobre lo mundano, es decir, su total señorío divino. Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del Reino del Mesías donde el Señor toma posesión de su autoridad, pero no para condenar a nadie sino para actuar en medio de la comunidad creyente.

En un mundo donde la corrupción, la mentira, la soberbia y la impunidad, al parecer, tienen la última palabra, el anuncio de Cristo es más que un desafío. Corremos el riesgo de ser aceptados o rechazados, pues hablar de un Dios que subió a los cielos no es para ingenuos sino para aquellos que aún tienen fe y no desesperan a pesar del Mal reinante. Hubo un tiempo en que hablar del cielo y de la esperanza celestial era como una paranoia. Sin embargo, pensar en él sin un compromiso cristiano, eso sí que es alienación: anhelar el cielo es la meta o esperanza definitiva de todo creyente.

Es imposible continuar contemplando la Ascensión de Jesús sin preguntarnos: ¿Cómo llevar su anuncio a un mundo tan complejo y en crisis de fe? Hay dos peligros que nos pueden desalentar: la muerte y el pecado. Tarde o temprano, la muerte nos tocará; o bien nuestra fragilidad humana hablará más que nuestras propias buenas intenciones; por lo tanto, no desconfiemos del Señor. Él está sentado a la derecha del Padre, pero no acostado, sino que acompaña a la historia y a nosotros con ella.

“Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban…” Mc 15, 20.

P. Freddy Peña T., ssp

COMENTARIO DOMINICAL: Unidos a Jesús, donemos la Vida

COMENTARIO DOMINICAL: Unidos a Jesús, donemos la VidaJesús indica lo que él hace y aquello que los discípulos han de asumir por amor hacia él. Si en el Antiguo Testamento daba la impresión que el amor de Dios estaba limitado solo al “pueblo escogido”, ahora, después de la Pascua, Jesús enfatiza el amor que hay entre él y su Padre, extendiéndolo a la comunidad cristiana. Nos dice de qué manera podemos permanecer unidos a él por el vínculo del amor y la obediencia, que no se excluyen mutuamente sino que dependen el uno del otro, pues el amor a Dios brota de ese mismo amor hacia él.

Si obedecen mis mandamientos permanecerán en mi amor. Esta es una invitación a hacernos responsables de sus obras de amor y actuar. Quien no permanece en ese afán, no lucha para que haya vida en abundancia; al contrario, vive un concepto del amor de Dios que es estático y romántico, pero que no tiene ninguna incidencia ni es beneficioso para el prójimo. Por lo tanto, perdurar en el amor de Dios es asumir su práctica liberadora, que nos lleva a realizar obras concretas de misericordia.

Tal vez nos puede parecer imperativo el ámense los unos a los otros, pero siendo sinceros, nadie puede obligar a otro que lo ame o que ame a otra persona. El amor nunca puede ser obligado, eso solo causa rechazo. Sin embargo, el gesto de Jesús en la cruz es una referencia indiscutible a cualquier acto de caridad cristiana. Y porque amó a sus discípulos, los consideró sus amigos y les confió la tarea de anunciar su Reino. Por eso aquel que gasta o pierde la vida en favor del proyecto de Dios experimenta una gran alegría. Es cierto, que a veces esa “dicha” no la vemos, quizás porque todos ocultamos un poco de “insatisfacción”, pero solo una apertura sincera y un amor verdadero a Dios es capaz de donarse.

“Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor…” Jn 15, 10.

P. Freddy Peña T., ssp

 
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