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Editorial SAN PABLO
 
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EDITORIAL: Paz

Editorial-2019El primero de enero, el calendario litúrgico nos indica que, junto con la solemnidad de la Virgen María, madre de Dios, celebramos la Jornada Mundial de la Paz.

¿Tenemos paz en el mundo? Apenas. El año pasado hubo más de treinta guerras. La mayoría guerras civiles que han producido, como consecuencia, una gran cantidad de muertos inocentes. Bandas terroristas desarrollan su actividad delictiva a diario y estamos, cada día, abrumados por noticias nefastas en cuanto a la violencia del ser humano contra sus semejantes.

Todos queremos la paz. Todas las religiones del mundo rezan por la paz a diario. Organizaciones internacionales laicas se preocupan, año a año, de insistir en la urgente necesidad de paz en el mundo. Pero no tenemos paz. ¿Qué nos sucede, entonces?

La paz no es algo meramente exterior. Se encuentra, fundamentalmente, al interior de cada uno. Paz interior es sentirse mental o espiritualmente tranquilo y es considerada altamente saludable y se asocia con la felicidad.

En muchas culturas, la paz interior está considerada como un estado de conciencia o iluminación que puede ser cultivada y ejercitada mediante diversas formas de entrenamiento: la oración, la meditación, el tai chi o el yoga.

A través de la paz interior se puede conseguir la paz exterior. En esto, la importancia de la responsabilidad individual es clave; una atmósfera de paz debe crearse primero en nosotros mismos, lo que, como consecuencia, se expande gradualmente hacia nuestra familia, amigos, comunidad, en el trabajo y, así, hasta llegar al mundo entero.

La asidua participación en la Eucaristía va haciendo de nosotros hombres de paz. Es en la Misa donde recibimos una y otra vez la paz de Cristo, y por eso mismo debemos ser, cada vez más, capaces de comunicar a los hermanos la paz que viene de Dios.

No perdamos la esperanza de que, por fin, podamos decir alguna vez que estamos en paz.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt. 5, 9).

Vaya para todos, un abrazo con el deseo de un Feliz año Nuevo 2019 y… hevenu shalom aleichem: que la paz sea con ustedes.

En Jesús, María y Pablo,

El Director

EDITORIAL: Adviento

EDITORIAL: AdvientoEl Adviento es el comienzo del Año Litúrgico. Se da inicio el domingo más próximo al 30 de noviembre y termina el 24 de diciembre. Son cuatro semanas anteriores a la Navidad.

La palabra viene del latín “adventus”: venida, llegada, presencia. El color litúrgico de este tiempo es el morado.

El sentido del Adviento es avivar en los creyentes la espera del Señor. Es un tiempo de espera y de esperanza. Pero más que un tiempo, es una actitud.

Para una futura madre, el tiempo de embarazo es de espera y de esperanza. La mujer siente las pataditas, y la guatita le crece cada vez más. Espera con amor a su guagua, la acaricia, le habla y se plantea muchas expectativas: será niño o niña, qué color de ojos tendrá, se parecerá al padre o a ella. Y por supuesto que en la casa se prepara una cuna, la ropita y todo lo necesario para recibirlo. Las abuelas tejen escarpines y en todo el entorno familiar están pendientes de la fecha del nacimiento. Llega un nuevo miembro a la familia, viene otra generación, tenemos esperanzas. La llegada de un niño es un acontecimiento que llena de alegría a la familia entera.

En el Adviento estamos a la espera del nacimiento del niño Jesús. Y tal como la familia que espera una guagua, nos preparamos. Adornamos la casa, preparamos el pesebre y pensamos en algo rico para comer juntos.

Así como disponemos nuestra casa para recibir a un invitado muy especial y celebrar su estadía con nosotros, durante estas cuatro semanas los cristianos preparamos nuestros corazones para recibir a Cristo y celebrar, con él, su presencia entre nosotros.

Dios viene. Pero viene humilde y pobre, casi imperceptible, y hay que saber reconocerlo. Viene en la Palabra, en los Sacramentos, en el hermano y en el pobre, ¿lo reconoceremos?

¿Y cómo nos vamos a preparar para el Nacimiento de Jesús? Pues, intentando mejorar nuestra vida, abriendo nuestro corazón para que Jesús pueda nacer en él. Y la manera de hacerlo es con oración, disponibilidad y generosidad.

Perdonemos las ofensas, tratemos de reconciliarnos con aquellas personas con las cuales nos hemos enemistado. Visitemos a ese familiar que está enfermo, al que está en la cárcel y a los que están solos.

Que tengan todos una muy Feliz Navidad.

En Jesús, María y Pablo,

El Director

EDITORIAL: Orar por Chile

EDITORIAL: Orar por ChileLos chilenos somos muy especiales. A muchos nos lo han dicho. Esta larga y angosta faja de tierra en la que nacimos nos hace así. Provenimos de un excepcional país que tiene solo dos puntos cardinales (es impensable que un chileno vaya hacia el este o al oeste). Estamos al final del mapa, tenemos desde el desierto más seco hasta los glaciares más fríos. Vivimos en un país hermoso.

Dicen que cuando los chilenos miramos hacia un costado, vemos el muro que forma la majestuosa y blanca montaña que nos separa y protege, y si echamos un vistazo hacia el otro, observamos la inmensidad del mar que tranquilo nos baña entonces, concluyen, eso nos hace sentir solos en este mundo; y que ante esa sensación nos da por mirar el suelo y nos aferramos a él.

Amamos nuestra tierra y eso nos hace extremadamente sensibles y enfermos de nacionalistas. La prueba fehaciente es cuando nos toca vivir en el extranjero, añoramos eternamente nuestra tierra y cuando escuchamos el “Si vas para Chile”, nos ponemos a cantar, abrazados a otros compatriotas, llorando a moco tendido. Los chilenos somos muy especiales.

Septiembre es el Mes de la Patria. Le damos la bienvenida a la primavera. Muchos celebramos haber pasado agosto. Vemos flamear nuestra hermosa bandera por doquier, los prados se llenan de flores y los niños elevan volantines, decorando el cielo azulado con alegres colores. Septiembre es lindo en nuestro país.

Como hijos de Dios y ciudadanos, tenemos el deber de orar por nuestro país, para que crezca, para que cada vez haya menos pobres y que nuestros gobernantes se preocupen por el bien de todos en salud, vivienda, educación y seguridad. La historia del pueblo de Dios y del país se construye entre todos, y si lo hacemos guiados por la Palabra de Dios, podemos progresar y hacer realidad el futuro esplendor.

Rezar por nuestra dulce Patria es pedir unidos que Dios nos bendiga a todos los que habitamos en la copia feliz del edén, sin distinción. Que bendiga nuestros campos con lluvias, que haya trabajo para todos, que nos proteja de las inclemencias del tiempo y nos dé la gracia de sentirnos y vivir como hermanos.

Pidan y se les dará, busquen y hallarán; llamen y se les abrirá la puerta… (Mt 7, 7), …son las palabras de Jesús invitándonos a orar, con sencillez y confianza, por nuestro amado país. ¡Viva Chile!.

En Jesús, María y Pablo, 

El Director

EDITORIAL: Conversión

Editorial: la conversión de san PabloLa conversión de Saúl (Shaúl, en hebreo, en memoria del primer rey de los judíos) es la más alegórica y emblemática de las descritas en el Nuevo Testamento.

Saúl, un hombre educado, poderoso y fuerte, camino a Damasco se desmorona y cae, literalmente, al suelo, desorientado, perplejo y ciego; solo escucha la voz de Jesús, (Hech 9, 1-22).

El relato utiliza el término griego epistrepho, que significa “volverse a”, al cual le podemos agregar otros sinónimos: transformar, cambiar, mutar, experimentar una metamorfosis…, o sea, ser de una manera y terminar siendo, radicalmente,de otra. Todo aquello le sucede a Saúl, un apasionado perseguidor de los cristianos.

Luego de tres días ciego, sin comer ni beber, alojado en una casa desconocida, llega un hombre, también desconocido, llamado Ananías, que le impone las manos, lo hace recuperar la vista, lo bautiza, le explica quién es Jesús, lo instruye en la doctrina cristiana y lo envía a predicar el Evangelio.

La experiencia lo transforma, experimenta un viraje, un cambio de perspectiva y pensamiento. Saúl es otra persona. Un cambio radical se produce porque, según sus propias palabras, lo que para él antes era esencial y fundamental, ahora se ha convertido en “basura”; y lo que antes era ganancia, ahora es pérdida.

Pasa a ser miembro de la Iglesia a la que combatía, se autoproclama apóstol, se comienza a llamar Pablo y llega a ser pieza clave para que la Palabra de Dios se extienda por todo el mundo.

“Nunca es tarde para convertirse”, reza un dicho popular, y tiene razón, porque cada día tenemos la oportunidad de volver a creer, volver a empezar, volver a orientar el rumbo, volver a perdonar, volver a levantarnos, volver a rezar, volver a ir a Misa y tantos otros “volver a”.

Que san Pablo nos ilumine, para aprender de él. Nunca es tarde para emprender un nuevo rumbo, construir una nueva historia como cristiano y compartirla con los demás. Nunca es tarde.

En Jesús, María y Pablo,

El Director

 
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