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El Domingo Digital

16 de julio: NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN, MADRE Y REINA DE CHILE (S). Blanco.

16 de julio: NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN, MADRE Y REINA DE CHILE (S). Blanco.

Chile San Pablo |

Gloria. Credo. Prefacio de la Virgen María II.

1ª LECTURA 1Rey 18, 1-2. 41-46

Lectura del primer libro de los Reyes.

Al tercer año, la palabra del Señor llegó a Elías, en estos términos: “Ve a presentarte a Ajab, y yo enviaré lluvia a la superficie del suelo”. Entonces Elías partió para presentarse ante Ajab y le dijo: “Sube a comer y a beber, porque ya se percibe el ruido de la lluvia”. Ajab subió a comer y a beber, mientras Elías subía a la cumbre del Carmelo. Allí se postró en tierra, con el rostro entre las rodillas. Y dijo a su servidor: “Sube y mira hacia el mar”. Él subió, miró y dijo: “No hay nada”. Elías añadió: “Vuelve a hacerlo siete veces”. La séptima vez, el servidor dijo: “Se eleva del mar una nube, pequeña como la palma de una mano”. Elías dijo: “Ve a decir a Ajab: En­gancha el carro y baja, para que la lluvia no te lo impida”. El cielo se oscureció cada vez más por las nubes y el viento, y empezó a llover copiosamente. Ajab subió a su carro y partió para Izreel. La mano del Señor se posó sobre Elías; él se ató el cinturón y corrió delante de Ajab hasta la entrada de Izreel. Palabra de Dios.

Comentario: Después de tres años de sequía, Dios envía a Elías ante el rey Ajab para contrarrestar la creencia en el dios Baal y Yahvé. Mientras el rey está más preocupado del comercio y sus ejércitos, el pueblo pasa hambre y abandono. El profeta Elías, en nombre del Señor, le da batalla al baalismo en su propio terreno. Es decir, le atribuye al Señor los mismos títulos y actividades que el pueblo idólatra aplicaba al dios Baal.

SALMO Sal 129, 1-8

R. En el Señor se encuentra la mise­ricordia.

Desde lo más profundo te invoco, ¡Señor. Señor, oye mi voz! Estén tus oídos atentos al clamor de mi plegaria. R.

Si tienes en cuenta las culpas, Señor, ¿quién podrá subsistir? Pero en ti se  encuentra el perdón, para que seas temido. R.

Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su palabra. Mi alma espera al Señor, más que el centinela la aurora. R.

Como el centinela espera la aurora, espere Israel al Señor, porque en él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia: él redimirá a Israel de todos sus pecados. R.

2ª LECTURA Gál 4, 4-7

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Galacia.

Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos. Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abba!, es decir, ¡Padre! Así, ya no eres más es­clavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero por la gracia de Dios. Palabra de Dios.

Comentario: Los gálatas, al conocer a Cristo por medio del Apóstol, pueden alcanzar madurez y libertad. Es decir, la esclavitud debe terminar, porque con Jesús se llega a la madurez como persona libre, hija y heredera de los dones de Dios. Por eso el Espíritu del Hijo, Jesús, clama en el creyente con el lenguaje cariñoso de “¡Abbá! ¡Padre!”.

ALELUIA Lc 1, 42

Aleluia. ¡Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! Aleluia.

EVANGELIO Jn 19, 25-27

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al dis­cípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. Palabra del Señor.

Comentario: “He ahí a tu madre” son palabras de Jesús que tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. La virgen María fue la primera en creer y su fe no decaería jamás. Así, esta “mujer” se convierte en nuestra Madre en el momento que pierde al Hijo divino. La Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejem­plo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios, nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras.

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