P. Fredy Peña T. ssp
La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, con las palmas, es el signo del martirio, pero de un martirio que después alcanza la gloria. Asimismo, con el domingo de la Pasión del Señor comenzamos la Semana Santa, que nos prepara e introduce en la celebración de la Pascua y, al mismo tiempo, proclama la realeza pacífica y mesiánica de Cristo.
No obstante, más allá de esa «realeza», el relato del evangelio destaca la autoridad de Jesús, pues envía a sus Apóstoles con el mandato de encontrar un asno sin que tengan que pedir permiso a nadie, porque él es el dueño de su Pasión y Muerte. En efecto, Jesús es el que cumple todo lo que fue anunciado en el Antiguo Testamento y, por tanto, no hay que esperar a ningún otro profeta porque en él se cumple toda la revelación de Dios.
Se ha cumplido el tiempo y también las señales que alimentan la esperanza del pueblo en la persona de Jesús, pues inaugura un tiempo mesiánico y propicio para una renovación del hombre y todo aquello que esclaviza la libertad, como el propio pecado. Por eso su entrada triunfal en Jerusalén es un acto sagrado, porque se trata del propio Dios que llega a reinar no para dominar sino para servir, porque para reinar hay que saber cómo encontrar el verdadero sentido de servicio. Vale recordar las palabras del papa Francisco, en domingo de Ramos: «Jesús no es un iluso que siembra falsas ilusiones, un profeta new age o un vendedor de humo, todo lo contrario: es un Mesías bien definido, con la fisonomía concreta del siervo, el siervo de Dios y del hombre que va a la pasión; es “el gran Paciente del dolor humano”».
«¡Hosana al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosana en las alturas!» (Mt 1, 9)