P. Fredy Peña T., ssp
Jesús quiere verificar cuánto es lo que se cree en él y qué piensa la gente de él. Si bien sus paisanos lo reconocen como profeta, todavía no adhieren a su persona. Luego increpa a sus discípulos y les pregunta: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Él espera de los suyos una respuesta más afectiva y que no tiene nada que ver con la opinión popular o pública: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Las palabras de Simón Pedro no vienen de sus capacidades naturales sino de la fe que el Padre le transmite.
Jesús entiende que gracias a la fe donada por el Padre hay un fundamento sólido sobre el cual puede construir su Iglesia. Por eso dice a Simón: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Él quiere continuar construyendo su Iglesia, pero con fundamento sólido, donde no está exenta de problemas, de grietas, y que continuamente necesita ser reparada. Porque, la Iglesia siempre necesita ser sanada, pues al estar constituida por personas, su fragilidad se refleja en sus pecados.
Asimismo, el Señor se propone construir una comunidad nueva, donde Pedro será la “piedra” fundamental y al mismo tiempo cumplirá un rol de líder, de pastor y de mediador. Para Pedro las palabras de Jesús son más que un privilegio, ya que implican un enorme compromiso según lo que se le ha confiado. Sin duda que Jesús vio en Pedro a un hombre que era capaz de ser fiel a su misión. A su vez, Pedro descubrió “algo” de Jesús y el Señor no lo censuró. Su deber para con Dios lo plasma en su pastoreo, ya que asume su responsabilidad en su confesión de fe que hasta ese momento no se conocía. Para el sucesor de Cristo, su Iglesia es el nuevo pueblo, con un mandamiento nuevo, con una doctrina nueva, llamada a crear hombres nuevos bajo la única cabeza que es Cristo, nuestro Señor.
“Y Jesús le dijo: ‘Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo’” (Mt 16, 17).