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El Domingo Digital

De las tinieblas a la luz

De las tinieblas a la luz

Chile San Pablo |

Por René Rebolledo Salinas, Arzobispo de La Serena

La comunidad cristiana continúa su itinerario cuaresmal, iniciado el pasado 18 de febrero con la celebración del Miércoles de Ceniza. En este cuarto domingo de Cuaresma, la liturgia contempla el relato evangélico de la curación del ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41), un texto de extraordinaria riqueza teológica y espiritual. Si bien el signo visible es la recuperación de la vista corporal, el núcleo del pasaje remite a una realidad más profunda: la iluminación interior que Cristo, luz del mundo, ofrece a todo ser humano que se abre con fe a su presencia salvífica.

Los otros textos bíblicos contemplados para este 4° de Cuaresma son los siguientes: La primera lectura de la Primera de Samuel 16, 1.5-7.10-13; el Salmo responsorial es el 22, 1-6. La segunda lectura de la Carta del apóstol Pablo a los cristianos de Éfeso 5, 8-14.

La luz constituye un símbolo central en la experiencia cristiana y en el lenguaje litúrgico, especialmente en la celebración de la Vigilia Pascual, que tendrá lugar, Dios mediante, el próximo sábado 4 de abril. La Pascua es, en su esencia, un misterio de luz: la victoria de Cristo resucitado sobre la oscuridad del pecado y de la muerte, la irrupción de la vida nueva que disipa definitivamente las tinieblas.

Numerosas son las referencias en el testimonio bíblico acerca de la identificación de nuestro Señor con la luz. En el Evangelio de hoy afirma: “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (Jn 9, 5). Así, en el maravilloso prólogo del mismo evangelista leemos: “Apareció un hombre enviado por Dios, llamado Juan, que vino como testigo, para dar testimonio de la luz, de modo que todos creyeran por medio de Él. Él no era la luz, sino un testigo de la luz. La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo…” (Jn 1, 6-9). “Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Hacia el final de la Eucaristía de hoy, en la Oración después de la Comunión, pediremos al Señor: “Padre, que iluminas a todo hombre que viene a este mundo, te pedimos que alumbres nuestros corazones con el esplendor de tu gracia, para que nuestros pensamientos sean dignos de Ti y aprendamos a amarte de todo corazón”.

En el caminar cotidiano, no pocas veces experimentamos la fragilidad de nuestras certezas y la falta de orientación. Las sombras de la duda, del sufrimiento o del pecado pueden oscurecer el horizonte de la existencia y generar confusión interior. En tales momentos, se hace urgente acoger la luz que viene de Cristo, única capaz de esclarecer el sentido de la vida y conducirnos por caminos de verdad y esperanza.

El relato del ciego de nacimiento es paradigmático. A través de un proceso progresivo, el hombre pasa de recibir la vista física a confesar la fe en Jesús como Hijo del hombre. En contraste, los fariseos, seguros de su propia visión, se cierran al don de Dios y permanecen en la oscuridad de su autosuficiencia. Por eso, el Señor afirma con fuerza: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero, como dicen que ven, su pecado permanece” (Jn 9,41). La verdadera ceguera no es la física, sino la incapacidad de reconocer la acción de Dios en la propia vida.

Cristo, luz del mundo, desea iluminar hoy también a cada uno de nosotros y a la humanidad entera. Seguirlo implica optar por la luz, dejarse transformar por ella y convertirse, a su vez, en testigos luminosos en medio de las sombras de nuestro tiempo. La fe no es sólo una experiencia interior, sino una responsabilidad misionera: comunicar a otros la luz recibida, para que muchos puedan pasar, con Cristo, de las tinieblas a la vida plena.


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