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El Domingo Digital

Desterrando el odio religioso

Desterrando el odio religioso

Chile San Pablo |

Andrés R. M. Motto, CM. 

andresmotto@gmail.com

Cordial Saludo. Afirmamos que el odio religioso se opone al derecho humano de la libertad religiosa. A esta “altura del partido”, debería quedar claro que es triste que un Estado obligue a creer o imponga no creer. No me refiero sólo a matar, torturar o encarcelar (que ha pasado), sino a las mil formas de exclusión que un gobierno puede desarrollar para intimidar. Ellas pueden ser: negar el acceso a los cargos públicos, obstaculizar la llegada al trabajo, espiar, hacer de los disidentes “ciudadanos de segunda”, sufrir acoso policial o saqueos intimidatorios. 

Sabemos que todas las religiones pueden caer en el conservadurismo, en una visión retrógrada donde la ley está por encima de la persona, en imponer normas arbitrarias, etcétera. Esto puede llevar a la hipocresía y al fingimiento. Pero quiero referirme aquí a otro peligro quizás más grave: incurrir en el fanatismo, la intolerancia y el pensamiento único. Cuando una religión promueve esas actitudes fracasa en el reconocimiento de la alteridad. Incluso, más allá de la “seriedad” con la que se la quiera revestir su teología y liturgia, se cae en una forma dañina de narcisismo infantil.

¿Qué es el fanatismo religioso? Es una actitud sectaria donde quien no comparte las propias convicciones es visto como alguien a quien se debe convertir o, ante su negativa, como a un enemigo a vencer. Hay fundamentalistas agresivos tanto en el mundo creyente como entre los ateos, que, incluso, pueden llegar a asesinar a quien no comparte sus convicciones.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, este mal paulatinamente estaba descendiendo, pero, desde otras voces, este flagelo retornó a finales del siglo XX hasta la actualidad. Y ha vuelto, ya no tanto promovido por los ateos, sino por sectas religiosas y sectores de las grandes religiones. En el pasado, las organizaciones civiles de derechos humanos junto con el establishment de la prensa tendían a dar poca importancia a la persecución religiosa o únicamente era noticia cuando atacaba a los judíos, por ejemplo. Hoy estamos asumiendo una postura más madura y transversal, que nos lleva a ser solidarios para ayudar a los perseguidos de cualquier sector.

En una época pasada, las grandes religiones pelearon entre sí. Si miramos la historia, no hay una sola de ellas que haya escapado de este mal. Lentamente estamos aprendiendo a convivir. En algunos lugares se avanza, en otros se retrocede o se estanca. No es fácil asumir un valor… y sostenerlo en el tiempo.

En la actualidad, el grupo que lidera el odio religioso es el terrorismo islámico. Es muy numeroso, despliegan una violencia y crueldad considerable, poseen numerosos medios económicos y una fuerte estrategia de captación. Sus puntos débiles son la falta de coordinación entre sus diversos grupos, así como sus luchas internas por el poder. Sé que buena parte de la población islámica son gente pacífica, pero en honor a la verdad y por respeto a la dignidad de las personas agredidas, debemos desarticular al sector terrorista islámico. De no hacerlo, serán cada vez más poderosos. Creo que la solución ante estos sectores pasa por el mismo islam. No sirve de mucho que un gobierno externo coloque un gobierno distinto, pero no buscado por el pueblo. Esos países de mayoría islámica deben evolucionar hacia la elección de gobernantes pacíficos y moderados que respeten a otras posturas religiosas dentro y fuera de su país.

Que este sector encabece la lista no quiere decir que sea el único. En todos los grupos religiosos y políticos está encapsulado el “virus” de la intolerancia y el odio. No debemos fomentar prácticas que lo activen. No es un “argumento” sólido validarse en la religión para sostener posturas antidemocráticas. Ahora bien, en lo que va del siglo XXI, el grupo más atacado ha sido el cristiano (en sus diferentes iglesias). Su persecución injusta nos indigna y nos impulsa a defenderlos. No actuar por miedo, comodidad o para no ver disminuir las ganancias económicas es una respuesta mezquina. 

En cuento a lo civil, creo que una verdadera democracia es garante de paz, tolerancia y buena convivencia. Cada cultura puede adaptar y enriquecer la democracia con sus luces propias. Adivino lo que algunos me dirán: “Andrés, hay muchas democracias que andan mal: gobernantes autoritarios, políticos que se enriquecen a expensas del pueblo, dignatarios poco capacitados, etcétera.” Es cierto, pero la democracia es un sistema de gobierno que acepta correctivos y mejoras. En cuanto a nuestro tema específico afirmamos que una democracia honrada permite desarticular los Estados sacrales tentados de proscribir la libertad religiosa de los otros, como oponerse a un Estado que proscribe creer. Buscamos una sociedad adulta que distinga sin oponer, donde no se callan ni se excluyen las diversas identidades, sino que se integran como es lo propio de un mundo plural.

Retomando mi anterior artículo, diré que la libertad de expresión y la libertad religiosa ayudan a la amistad social y a la paz. Con esperanza vemos que millones de hombres y mujeres van en esta dirección. Termino con dos preguntas: 1) ¿Tengo actitudes autoritarias o fanáticas? ¿Cómo las puedo revertir? 2) Qué estoy haciendo a favor de una sociedad más inclusiva?

 

 

 

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