P. Fredy Peña T. ssp
Ante la samaritana, Jesús se presenta como el Mesías que porta el agua que sacia toda sed de vida. La conversación entre ambos revive el diálogo acerca de las tradiciones de dos grupos hermanos –aunque hostiles entre sí–, judíos y samaritanos. En el contexto, era inusual que una mujer sola buscase agua en un pozo alejado de la ciudad al mediodía, pues generalmente se hacía al atardecer o de madrugada. No obstante, Jesús, cansado y con sed, se presenta ante la samaritana como un necesitado; ella, en cambio, se muestra autosuficiente. Asimismo, el diálogo pastoral hará del sediento un donante de agua viva y de la portadora del agua, una sedienta.
En este diálogo, la mujer samaritana termina por darse cuenta a quién le pide de beber, pues su petición busca que Jesús le haga la vida más fácil, tentación que como creyentes vivimos a diario. Pero al hablarle Jesús de sus cinco maridos, ella se reconoce pecadora y al mismo tiempo lo confirma como profeta. Sin embargo, en el plano religioso, la samaritana insiste en que Yahvé es el marido de su pueblo, ya que los Patriarcas lo habían adorado en tierras de Samaría. Pero Jesús enseña a la mujer que en el futuro la adoración no estará ligada a lugares sino a una persona, es decir, a él mismo. Jesús será el nuevo Templo de Dios, pues su culto se hará en espíritu y en verdad. Será un culto que nacerá desde lo más profundo del corazón, que es donde siempre quiere llegar el Señor.
Es cierto que la samaritana no busca directamente a Jesús, pero este se deja encontrar por quien acoge su persona. Como creyentes, debemos entender que no hay vida espiritual seria ni responsable sin un encuentro experiencial con Dios. De este modo, cuando la samaritana capta el don de Dios y lo que implica, deja el cántaro y comunica a los suyos su experiencia de «encuentro con el Señor» para que también otros lo conozcan. Porque solo Dios posee el agua que apaga toda sed y la samaritana halló esa agua verdadera en Jesús.
Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva» (Jn 4, 10).