P. Fredy Peña T., ssp
El nacimiento de Jesús se presenta a la luz de la profecía de Isaías, es decir, la encarnación del hijo de Dios emana de la concepción virginal de María por obra del Espíritu Santo. A su vez, José se convierte en padre adoptivo y legal a partir del mensaje del ángel. Según la Biblia, la identidad de una persona queda establecida cuando se sabe de quién es hijo. Por eso Jesús es hijo de José por adopción legal y Dios Padre por su nacimiento virginal.
Sin duda que ser padre y en las circunstancias que lo vivió no fue fácil para José. Las palabras del ángel le permiten aclarar el sentido profundo del plan de Dios, confirmado por las Escrituras (cf. Is 7, 14). En efecto, Dios interviene en la historia humana a favor de los más pobres y discriminados, y José, fiel a su «vocación», se pone al servicio del plan de Dios como un buen «papá».
Hoy nos detenemos sobre el valor de ser «padres», pues María y José son capaces de seguir las inspiraciones y la voluntad de Dios, aunque nadie les ha enseñado su rol anticipadamente. Dios irrumpe en sus vidas y las «trastorna». No obliga, invita e inspira el amor en ellos y entonces los lleva por caminos insondables e inimaginables. Cuando alguien se deja guiar por Dios debe saber que, a pesar de la oscuridad de la fe, siempre Dios se manifiesta. Por eso José, después de sus dudas y temores, se decide con fe a velar por el Niño Jesús y su madre, María.
De este modo, José –hombre de Dios y modelo de fe– actúa y se pone en camino. Afortunadamente, tuvo fe y su razón no lo cegó, si no se hubiese divorciado de María. No obstante, como hombre justo hace la voluntad de Dios. Por eso la fe es aceptar los planes de Dios, aunque a veces no los entendamos o parezcan que no nos favorecen. Sin embargo, prevalecer en la confianza de Dios, como María y José, también implica saber amarlo en los momentos no solamente «buenos», sino también en los que pareciera que Dios se silencia, pero no nos abandona.
«José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús» (Mt 1, 24-25).