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El Domingo Digital

La senda de la transfiguración

La senda de la transfiguración

Chile San Pablo |

Por René Rebolledo Salinas, Arzobispo de La Serena

En nuestras parroquias y comunidades celebramos hoy, domingo 1 de marzo, el Segundo Domingo de Cuaresma, conocido de modo particular por el misterio de la Transfiguración de nuestro Señor, del Evangelio según san Mateo (cfr. Mt 17, 1-9).

La Transfiguración constituye una revelación privilegiada de Jesús como Hijo predilecto del Padre y Maestro de sus discípulos. En este acontecimiento se anticipa el término de su camino: su gloria pascual que, según su promesa, será también nuestra si perseveramos fielmente en la senda que Él mismo nos ha trazado.

Celebrando este misterio, renovamos la conciencia de que la Cuaresma es un verdadero itinerario espiritual que tiene como meta el gozo pleno de la Pascua.

Escucharemos, además, otros textos bíblicos de gran riqueza teológica y espiritual. En la primera lectura se nos presenta la vocación de Abraham (cfr. Gn 12, 1-4), llamado por el Señor desde Ur de Caldea para convertirse en padre de un pueblo. A pesar de su avanzada edad y de la esterilidad de Sara, su esposa, Abraham cree, se fía de la palabra de Dios y sale de su tierra. Con su obediencia comienza la historia del pueblo de Israel. En la segunda lectura, tomada de la segunda Carta a Timoteo (cfr. 2 Tim 1, 8b-10), el apóstol Pablo extiende esta lógica vocacional a todos los cristianos, recordando que la llamada a una vida santa no se funda en nuestros méritos, sino en la iniciativa gratuita y en la gracia de Dios manifestada en Cristo Jesús.

La voz del Padre en la Transfiguración - “Este es mi Hijo querido, mi predilecto: escúchenlo”- nos orienta con claridad hacia el centro de nuestra fe: Jesús es el cumplimiento de las promesas, la Palabra definitiva del Padre al mundo, el Maestro enviado para guiarnos. A Él estamos llamados a escuchar con docilidad y confianza.

Al acoger en este domingo el relato de la Transfiguración aceptemos la invitación a levantar la mirada y a no permanecer cautivos de las dificultades cotidianas. Contemplar a Cristo glorioso fortalece nuestra fe en medio de las pruebas y nos impulsa a escucharlo con disponibilidad interior y obediencia filial. La experiencia de Dios en la oración nos prepara para asumir con esperanza los desafíos de la vida, dado que no es posible permanecer “en la altura”, sino que es necesario descender al valle de la realidad humana. La gloria anticipada de Cristo nos sostenga cuando el camino se torne arduo. La Cuaresma, se nos presenta como tiempo propicio para renovar la escucha orante de la Escritura a fin de que el Señor transforme nuestro modo de pensar y de actuar.

La fidelidad diaria, más que los gestos extraordinarios, es el verdadero signo del discipulado, pues escuchar a Cristo es aprender a discernir su voluntad en las pequeñas decisiones de cada día. La luz del monte Tabor nos impulse a ser testigos de esperanza en un mundo herido, viviendo desde la confianza y no desde la autosuficiencia, dejándonos fortalecer por el encuentro con el Señor en la Eucaristía y a convertir la Palabra escuchada en vida concreta en nuestras relaciones.

La Transfiguración nos recuerda que el sufrimiento no tiene la última palabra, pues caminando con Cristo el discípulo acepta ser transformado por su amor. El seguimiento de Jesús comporta también silencio interior para reconocer la voz del Padre. Mirando a Cristo transfigurado nos renovamos en la certeza de que Dios cumple sus promesas y reafirmamos nuestro compromiso de vivir como hijos de la luz.

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