P. Fredy Peña T., ssp
Jesús, una vez más, vive las consecuencias de su autoridad, cuestionada ahora por las autoridades religiosas de Israel, porque no aceptan que la autoridad pueda ejercerse desde el servicio a los más pobres y no únicamente desde el poder y los privilegios. Pero Jesús, como buen pedagogo, acude a la memoria de san Juan Bautista, ya que este ejerció la autoridad desde el servicio profético.
Si hay algo que no pueden negar las autoridades políticas y religiosas de Israel es precisamente lo que se desprende de la persona de Juan el Bautista, su memoria como un “gran profeta”. Por tanto, deben aceptar implícitamente la autoridad divina de Jesús, porque también reviste el mismo carácter y como profeta está al servicio de la Buena Noticia y de la humanidad. Pero para los escribas y fariseos aceptar esta verdad de Jesús era como una bofetada a su soberbia.
Feuerbach y Nietzsche –dos filósofos ateos del siglo XIX– lanzaron sus teorías del “superhombre” y del dominio del más fuerte. Ideas muy penosas que desembocaron en la prepotencia nazi y en todas las formas de totalitarismo ateo que persiguió todo tipo de religión, especialmente la católica. Esa triste “ley del más fuerte” impone muchas veces el criterio de comportamiento entre los hombres. Y es que el poder, la ambición desenfrenada y la soberbia prepotente pudren el corazón del hombre y crean verdaderos infiernos. Al respecto nos dice san Agustín: “La soberbia no es grandeza, sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano”.
Como creyentes, hemos de aprender que si buscamos ser buenos anunciadores de la Palabra, esta no depende de cuánto sepamos o eruditos seamos, ya que la Palabra de Dios solo anida en un corazón humilde. Es decir, la humildad siempre nos pone en las manos de Dios. En cambio, quienes buscan dominar y apoderarse, incluso de la misma Palabra, no la reciben, no la aceptan y se creen omnipotentes.
“Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 28).