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El Domingo Digital

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (Corpus Christi, Juan 6, 51-58)

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (Corpus Christi, Juan 6, 51-58)

Chile San Pablo |

Celebramos este domingo la solemnidad del Corpus Christi, es decir, del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Podemos afirmar que esta festividad prolonga y profundiza espiritualmente el Jueves Santo, en el corazón mismo del Triduo Pascual. La Iglesia, una vez concluido el Tiempo Pascual, nos invita nuevamente a contemplar y celebrar este misterio central de nuestra fe católica: la presencia real de Jesús en medio de su pueblo.

Esta presencia se realiza de manera eminente en la celebración de la Eucaristía, en la Santa Misa, cuando el pan y el vino presentados sobre el altar se transforman, en el momento de la Consagración, en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Así lo quiso Jesús durante la Última Cena, como lo testimonian los evangelios sinópticos -Marcos, Mateo y Lucas-. Allí, el Señor pronuncia las palabras que el sacerdote repite hasta hoy en cada celebración eucarística, obedeciendo el mandato del mismo Cristo: “hagan esto en conmemoración mía”.

Por ello, la celebración de la Santa Misa no nació simplemente de una iniciativa de la Iglesia, sino que es un don que le ha confiado Jesús. Fue voluntad suya permanecer sacramentalmente presente en la Eucaristía, acompañando a su pueblo a lo largo de la historia.

Resulta significativo que en el Evangelio de Juan no encontramos el relato explícito de la institución de la Eucaristía tal como aparece en los evangelios sinópticos. ¿Significa esto que Juan no concede importancia a este gesto del Señor? De ninguna manera. Juan estuvo presente en la Última Cena; estaba reclinado junto a Jesús. Sin embargo, escribió su Evangelio después de los otros evangelistas y no consideró necesario repetir algo que ya formaba parte viva y firme de la tradición de la Iglesia. Fiel a su estilo profundamente teológico, Juan prefirió iluminar el sentido más profundo del gesto de Jesús. Y esa enseñanza la encontramos particularmente en el capítulo seis de su Evangelio, del cual escuchamos hoy un fragmento. Es el llamado discurso eucarístico de Jesús según san Juan.

Este capítulo comienza con el signo de la multiplicación de los panes y los peces. Una gran multitud seguía a Jesús para escucharlo, sin advertir que el día avanzaba. El Señor, atento a las necesidades concretas de la gente, no quiso despedirlos sin alimento. Entonces, tomando los panes y los peces ofrecidos por un niño, dio de comer a todos los que allí se encontraban reunidos. La multitud quedó admirada y agradecida por haber sido alimentada antes de regresar a sus hogares. Incluso quisieron proclamarlo rey. Pero Jesús no buscaba honores humanos y se retiró de aquel lugar.

La gente, sin embargo, continuó buscándolo con insistencia. Jesús comprende que muchos lo siguen porque habían comido pan gratuitamente, y entonces comienza a conducirlos hacia una realidad mucho más profunda. Les habla de otro pan: no del pan material que acababan de recibir, ni tampoco del maná que sus antepasados habían comido en el desierto. Jesús les revela el verdadero pan bajado del cielo: Él mismo, entregado por nosotros y presente en el pan consagrado.

“¿Cómo puede éste darnos de comer su carne?”, se preguntaban los judíos. No podían -y quizá tampoco querían- comprender las palabras de Jesús. Les parecía imposible aceptar semejante afirmación. Sin embargo, el Señor insiste una y otra vez: “Yo soy el pan de la vida”. Y aun frente a la incredulidad y dureza de corazón de sus oyentes, Jesús declara con claridad: “Les aseguro que, si no comen la carne y beben la sangre del Hijo del Hombre, no tendrán vida en ustedes”.

A lo largo de este discurso, Jesús presenta su carne y su sangre como el verdadero alimento bajado del cielo, el alimento que comunica la vida eterna. Es la comida que nos une íntimamente a Cristo y nos hace permanecer en Él. No es casualidad que hablemos de Comunión. Al recibir el pan consagrado -la santa Comunión- entramos en comunión con Jesús; nos hacemos uno con Él. Cristo viene a nosotros bajo la sencillez del pan eucarístico y se hace parte de nuestra vida, como el alimento que nutre y transforma desde dentro.

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