P. Fredy Peña T. ssp
La preocupación de María Magdalena denota asombro y, al mismo tiempo, falta de confianza en las palabras de Jesús, pues supone que se han llevado el cuerpo del Señor. Quizás las mismas dudas de Pedro y Juan, porque aún no comprendían que Jesús había resucitado. Sí, aquí empieza el camino del cristiano y de la Iglesia. Este es el fundamento de nuestra esperanza como creyentes, porque Cristo resucitado es la clave de todas nuestras certezas. Nos dice san Pablo: «Y si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido perdonados» (1Cor 15, 17). En él toda nuestra vida adquiere un nuevo sentido, un nuevo rumbo y una nueva dimensión.
Hoy, incluso los creyentes piensan buscar al Resucitado en los libros, la academia o en algún templo, pensando que el hecho de estar allí les dará un plus, pero el Señor se deja ver, percibir y meditar en aquellos que creen en la resurrección como un acontecimiento verdadero. Sobre todo cuando esa creencia genera algo en la propia vida, es decir, la conversión. Porque el Resucitado escapa de quienes lo quieren poseer y únicamente se hospeda en los de corazón sensible, puro y abierto o de aquellos que tienen un encuentro sincero con él. Así, su espíritu no ocupa lugar ni se reduce a datos científicos.
Porque la resurrección de Jesús ha de mirarse y experimentarse desde la vida de fe, no hay otra forma. Así, la incredulidad de los Apóstoles o de la propia María Magdalena nos acontece a nosotros. Cristo se nos «aparece» constantemente en nuestras vidas de todos los días, pero muy difícilmente lo reconocemos. Porque nos falta la visión de la fe. Por eso hay que aprender a descubrirlo y a experimentarlo, aunque a veces no lo percibamos en el fondo de nuestras almas por la fe y el amor. Las palabras de san Pablo nos pueden ayudar para acrecentar esa fe en el Resucitado: «Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios» (Col 3, 1).
«Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos» (20, 9).