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El Domingo Digital

“Felices los que creen sin haber visto”

“Felices los que creen sin haber visto”

Chile San Pablo |

P. Fredy Peña T., ssp  

La actitud de santo Tomás anima la vida del creyente, porque en su incredulidad inicia un proceso de fe para llegar a la constatación del misterio. Quizás su actitud nos interpela porque, en pleno siglo XXI, todo ha de ser explicado y comprobado con datos científicos. No obstante, las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero al mismo tiempo su comprobación. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen sino que permanecen, ya que ellas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros. No para creer que Dios existe, sino para darnos cuenta de que Dios es amor, misericordia y fidelidad.

Al igual que santo Tomás, pecamos de ser duros, pragmáticos y rebeldes. Como creyentes, nos consta que santo Tomás es un perfecto representante del hombre de nuestro tiempo, pues cuántas veces alzamos nuestra mirada al cielo para «exigirle» a Dios signos que nos den certezas ¡Cuántas resistencias interiores para creer que Cristo ha resucitado! Y es que en la vida de fe pedimos tener todas las pruebas y evidencias en la mano, pero nos olvidamos de que, en la resurrección del Señor, no es cuestión de «comprobar» si sucedió o no, sino de «creer».

Sabemos que los evangelios describen a santo Tomás como un hombre de sentimientos francos y generosos. Pero la experiencia de muerte del Maestro lo ha marcado terriblemente. Así, su camino de fe resulta plagado de incomprensiones, de abandonos, miedos y vacilaciones. Sin duda que también en la vida de fe nos sentimos decepcionados, golpeados y desilusionados de las cosas, instituciones, personas o incluso de la propia vida como para creer que Cristo ha resucitado. Nos parece una utopía, una ilusión fantástica o un sueño demasiado bonito para que sea verdad. Pero la fe es, por definición, creer lo que no vemos y dar el libre asentimiento de nuestra mente, corazón y voluntad a la Palabra de Dios (cf. Heb 11, 1). Por eso el Señor nos llama a confiar en sus promesas y a considerar lo que nos enseñó en uno de sus sermones: «¡Felices los que creen sin haber visto!».

«En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe» (Jn 20, 27).

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