P. Fredy Peña T., ssp
Las palabras de Juan dan testimonio directo de quién es Jesús, porque lo presenta como el “Hijo de Dios”, el Cordero que quita el pecado el mundo. Por eso insiste en la identidad de Jesús, que es diferente, porque él es Dios y en él reside el Espíritu Santo. Es cierto que conocer la identidad de Jesús no fue algo evidente y claro para sus paisanos. No bastaba con verlo y escucharlo para comprender quién era y qué les ofrecía. Sin embargo,el testimonio de Juan Bautista manifiesta el camino de la comunidad cristiana en búsqueda de una experiencia concreta con la persona de Jesús.
Si Jesús es el Cordero, no como el que se inmolaba en el Templo, sino el que quita el pecado del mundo, ¿cómo quita el pecado de la humanidad? Asumiendo la condición humana y ofreciéndose en la cruz y en servicio de amor. Por eso, cuando Juan afirma que Jesús es el “Cordero de Dios”, implica dos aspectos de su vida: el siervo de Yahvé que lleva en lugar de los demás la culpa y sus consecuencias (Is 53, 7-12) y el cordero pascual que libera al pueblo (Éx 12). Lo que llama más la atención es que la venida de Jesús no se realiza con un poder deslumbrante ni con un séquito de servidores, como lo hacen los poderosos de este mundo. Ni siquiera Juan lo conocía antes de que le fuera revelado. Y es que Jesús, en muchas ocasiones, fue fácilmente ignorado y pasó inadvertido,como un cordero.
Jesús es el santificador, bautizado en el Espíritu Santo. El simbolismo de la paloma que desciende y permanece en él representa su unción como Mesías. Pero también el amor del Padre, que hace de Jesús la morada del Espíritu, su lugar natural y querido. Por eso,creer en las palabras de Juan el Bautista, revelando a Jesús como Salvador, nos lleva a crecer en la “confianza” en Jesús. Muchas veces tenemos confianza en un médico,porque el médico está para sanarnos; o tenemos confianza en una persona y es bueno tener esa confianza humana entre nosotros. Pero nos olvidamos de la confianza en el Señor: esta es la clave del éxito en la vida. Y esta es una apuesta que tenemos quehacer: confiar en el Señor porque él nos da siempre la posibilidad de una “vida nueva”.
“Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo” (Jn 1, 33).