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El Domingo Digital

Jesús, el Hijo predilecto del Padre

Jesús, el Hijo predilecto del Padre

Chile San Pablo |

P. Fredy Peña T., ssp   

El “Hijo amado”: los cielos se abren a esta manifestación divina y se escucha la voz que proclama a Jesús como el Hijo predilecto. Son las primeras palabras del Padre a Jesús y a nosotros. Porque Jesús, en su bautismo, aclara que el amor de Dios orientará su acción. Al reconocer la misión de Juan, es proclamado por el Padre como el Hijo amado que viene al mundo para darnos un nuevo bautismo. Así, la fiesta del Bautismo del Señor revela quién es Jesús y cuál es su misión: “Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo”.

Ante las palabras de Jesús, el Bautista reconoce la superioridad y la dignidad del Señor. De este modo, el evangelista aclara el vínculo entre ambos, ya sea a los discípulos de Juan que aún se aferraban a su memoria, como a los primeros cristianos que podían escandalizarse del gesto de Jesús. Pero son las palabras de Jesús las que confirman el hecho de que se bautice: “conviene que así cumplamos todo lo que es justo o santo”.

Sin duda que Jesús no necesitaba del bautismo, pero de una u otra forma debía “confirmar” que la justicia es todo aquello que se ajusta a la voluntad, al bien y a la santidad de Dios. Por eso se hace bautizar no en función de una idea personal, sino porque así ha querido su Padre y lo lleva a su cumplimiento hasta la cruz. Si el rito de bautizarse era alguna señal de arrepentimiento, para Jesús es plenitud de la santidad de vida. Es decir, la voluntad divina de salvación gratuita ofrecida para todos y que se lleva a cabo en cada gesto de amor, solidaridad y de misericordia del Señor.

Hoy son pocos los que reconocen la grandeza y el sacrificio de Jesús y, por lo mismo, su pequeñez o fragilidad ante Dios. Incluso, muchos bautizados han perdido la capacidad de escuchar el anuncio de conversión que el Señor hace siempre. Contemplar este “anuncio” nos permite ser mendigos del don de Dios y no creernos justos o mejores que otros. Por eso, convertirse de verdad es convertirse por amor al Señor y no por miedo o por un sentido de culpa, pues eso agregaría un error más a nuestra vida de fe.

“Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección” (Mt 3, 17).

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