P. Fredy Peña T., ssp
La figura de Juan Bautista y su mensaje de conversión prepara al pueblo de Israel para recibir al Mesías, pues en él resuena el pregón de Isaías: «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos…». El Bautista es el encargado de esta gran misión de acogida. Mientras uno es el mensajero que prepara la «llegada», el Señor es el que llega. Por eso el estilo de vida de Juan remite al gran profeta Elías, ya que la tradición judía afirmaba que antes de la Venida del Mesías, Dios enviaría de nuevo a Elías para que anunciase y preparase su llegada y en Juan ese retorno tiene su cumplimiento.
Juan Bautista se sintió motivado a llamar a todos a una conversión sincera y purificarse en las aguas del Jordán, de manera que no hubiera hipocresía o doblez de corazón, pues Dios quiere la salvación del hombre y no su condenación. La radicalidad del Bautista se denota en la forma como vive el amor a Dios. Es un hombre austero, sencillo, pero enérgico, que a primera vista incluso puede parecernos duro e infundir cierto temor, pero que nos lleva a preguntarnos por qué la Iglesia lo propone cada año como principal compañero de viaje durante el tiempo de Adviento. Así, podemos preguntarnos qué hay detrás de su severidad o de su aparente dureza. La respuesta es que él, más que un hombre duro, es alguien consecuente con lo que cree y no pulula la hipocresía de algunos fariseos, por ejemplo. En efecto, algunos, probablemente, acudían a él por curiosidad o por simple oportunismo, ya que Juan era muy popular. Así, los fariseos se sentían satisfechos y ante la llamada del Bautista se justificaban diciendo: «Somos hijos de Abraham».
Los fariseos, entre duplicidad y presunción, no aprovecharon la ocasión de la gracia, es decir, la persona de Jesús para comenzar una vida nueva, pues les bastaba con jactarse de ser «justos». Por esta razón el Bautista dice: «¡Muestren los frutos de una sincera conversión!». Es un grito de amor como el de un padre que ve a su hijo arruinarse y le dice: «¡No desperdicies tu vida!». Como creyentes, que no nos suceda lo que a algunos fariseos y resultemos ser carentes de Dios: «acudían a él, confesaban sus pecados y Él los bautizaba en el Jordán». Porque para acoger a Dios no sirve de nada el orgullo, sino la humildad para saber recibir su misericordia y convertirnos.
«Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias» (Mt 3, 11).