P. Fredy Peña T., ssp
La identificación del discípulo con la sal y la luz completan las enseñanzas de las bienaventuranzas y cierran el sermón del monte. Sabemos que la tradición bíblica ha visto en las propiedades de la sal, sabor y preservación de los alimentos, un símbolo de la sabiduría divina. Para san Mateo esta sabiduría es la Palabra de Dios, la Buena Noticia, pero no solamente en lo teórico, sino que ha de estar personificado en la vida de cada creyente: “Ustedes son la sal de la tierra”.
No obstante, Jesús nos advierte, pero “si la sal se vuelve insípida…”; es decir, sin el testimonio de una vida cristiana seria y consecuente, se corre el riesgo de que el mensaje de Jesús se convierta en una ideología más y habrá perdido todo su valor. En este sentido, la identificación con la luz del mundo ha de ser manifestada en cada obra de justicia: “Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz” (Ef 5, 8). Para comprender mejor estas imágenes, debemos tener en cuenta que la ley judía prescribía poner un poco de sal sobre cada ofrenda presentada a Dios, como un signo de alianza; y la luz para Israel era el símbolo de la revelación mesiánica que triunfa sobre las tinieblas del paganismo.
De este modo, los discípulos de Jesús y los de hoy son el nuevo Israel, que reciben una misión, que por medio de la fe y la caridad pueden orientar, consagrar y hacer fecunda la humanidad. Porque, solo con una vida santa, creíble y consecuente es posible dar “sabor” a un mundo que parece cada vez más perdido y desilusionado. Si, como creyentes, perdemos la luz y la sal de nuestra fe, daremos cualquier cosa a los demás, pero no el testimonio de una caridad genuina.
“Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña” (Mt 5, 14).