P. Fredy Peña T., ssp
En la fiesta de Pentecostés se nos invita a profesar nuestra fe en la presencia y en la acción del Espíritu Santo y a invocar su efusión sobre nosotros, sobre la Iglesia y el mundo entero, mediante aquella promesa que Jesús manifestó a los Apóstoles antes de ascender al cielo: “reciban el Espíritu Santo…” (Hech 1, 8). Es sabido que Pentecostés es una palabra griega que significa “cincuentenario” y era una fiesta que se celebraba cincuenta días después de la Pascua: se conmemoraba la salida de Egipto y que posteriormente se asoció a la ley del Sinaí, donde se selló la renovación de la alianza con el Señor.
Además, Pentecostés es la experiencia fundante de la Iglesia, centrada en la persona de Jesús. En efecto, del Hijo de Dios muerto, resucitado y vuelto al Padre brota ahora sobre la humanidad, con inédita energía, el soplo divino, el Espíritu Santo. Y para el creyente, ¿qué implica esta “acción” del Espíritu Santo? Significa que allí donde hay división, crea unidad y comprensión. Donde las diferencias son evidentes es posible, sí hay disponibilidad y apertura al Espíritu Santo, de que se alcance consenso y unidad; allí donde las personas viven en conflicto, queriendo demostrar ser el mejor, pueden ser alcanzadas por el Espíritu de Cristo, porque se abren a la experiencia de la comunión, que puede tocarlas y ser un nuevo sujeto: la Iglesia.
A los Apóstoles les costaba entender esa “comunión y nueva presencia”, pues aún permanecía en sus corazones el temor y la tristeza por no poder estar con el Señor. Sin embargo, aprendieron que la unidad del Espíritu se manifiesta en la pluralidad de la comprensión, ya que el mensaje de Jesús debe llegar a todos los pueblos y en los contextos sociales más diversos. Por eso, iluminados y confortados por estas palabras de vida, elevamos nuestra invocación: ¡Ven, Espíritu Santo, y enciende en nosotros el fuego de tu amor!
“’¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes’” (Jn 20, 21)