En este domingo con la solemnidad de Cristo Rey se concluye el Año Litúrgico, en el cual la Iglesia celebra la fe en Dios que todos compartimos. El Año Litúrgico se articula en torno a dos solemnidades fundamentales, la Natividad del Señor Jesús y su pasión, muerte y resurrección, la Pascua de Resurrección. Celebramos también las memorias de los santos y santas que interceden por nosotros y que son ejemplos de fe. La solemnidad de Cristo, Rey del Universo pretende recoger todos los misterios de la Fe que celebramos durante el año en su persona gloriosa y triunfante, “el que murió y después resucitó y está a la diestra de Dios y suplica por nosotros” (Romanos 8, 34).
El título de “rey” parece un poco fuera de tiempo. Numerosas monarquías terminaron y se pasó a tener presidentes, en gran parte elegidos de manera democrática por el pueblo. El concepto de rey refleja la elección divina, que viene de Dios, patente en la elección del rey David. De todas maneras, la figura del rey como la conocemos nosotros va opuesta a lo que es el reinado de Jesús. Jesús acepta que es rey, pero no como los reyes de este mundo: “mi reino no es de este mundo” (Juan 18, 36ss). Jesús rey no busca el poder de las armas, de las colonias, de los terrenos etc. El reino de Jesús es completamente otro. Es, el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz (del Prefacio de la Misa de la solemnidad de Cristo Rey).
De hecho, el texto del Evangelio de hoy relata un momento “desastroso” para Jesús. En efecto, presenta a Jesús crucificado, nuestro rey crucificado. Un rey fracasado, rechazado, vencido, eliminado. No es por nada que los apóstoles se arrancaron y se fueron a encerrarse. Ese final que tuvo su maestro era completamente inesperado, incomprensible, un trauma tremendo. Justo porque leían las circunstancias por los criterios de este mundo. Con la Resurrección la situación cambia totalmente.
La cruel escena que nos presenta el Evangelio de hoy, nos habla de Jesús colgado en la cruz, rechazado por las autoridades religiosas y civiles de su tiempo. Como si fuera poco, hasta un criminal que estaba colgado con Él le insultaba y le desafiaba. Jesús estaba solo. No nos hubiéramos sorprendido si Jesús habría proferido algún improperio en ese momento de dolor físico y emocional. ¿Quién no lo haría? Sin embargo, de Jesús sale solo amor. El otro delincuente que estaba crucificado con Él, lo defiende y le pide un último favor. Jesús no lo rechaza: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (v. 43). ¡Este es Jesús! ¡Este es nuestro rey! ¡Este es el Señor!
La solemnidad de hoy nos invita a alabar a Jesús, a glorificarlo, por su vida entre nosotros. Por lo que predicó y por las maravillas que hizo en este mundo. Lo santificamos porque sigue vivo entre nosotros. Su Palabra es una palabra viva y actual. Nosotros como Iglesia, creyéndole a Él, con toda humildad seguimos su obra en el mundo de hoy. Por lo tanto, la otra faceta de esta solemnidad se transforma en una pregunta, una propuesta. ¿Queremos participar en la construcción del Reino de Jesús? ¿Considero a Jesús como rey de mi vida? Ser discípulo de Jesús significa hacer propio su Evangelio, hacer propia la Buena Nueva que Él predica. Significa poner en práctica lo que predicó Jesús. Con estos sentimientos exclamamos: ¡Viva Cristo Rey!