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El Domingo Digital

“Yo no he venido a abolir la ley, sino a dar cumplimiento”

“Yo no he venido a abolir la ley, sino a dar cumplimiento”

Chile San Pablo |

P. Fredy Peña T., ssp

El evangelio de este domingo continúa con la lectura del “Sermón de la montaña”. Luego de las Bienaventuranzas, que son su programa de vida, Jesús proclama la ley judía prescribía poner un poco de sal sobre cada ofrenda presentada a Dios la nueva Ley. En efecto, el Mesías, con su venida, debía traer también la revelación definitiva de la Ley, y es precisamente lo que él afirma: “No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas…, sino a dar plenitud”. Y, agrega: “Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos”. Pero ¿en qué consiste esta plenitud de la Ley de Cristo, y esta mayor justicia que él exige? Jesús lo explica mediante una serie de antítesis entre los mandamientos antiguos y su modo de proponerlos. Nos dice “Han oído que se dijo a los antiguos...”, y luego afirma: “Pero yo les digo...”.

Jesús declara que el sentido de su venida es llevar a cumplimiento la Ley y lo que anunciaban los Profetas. Por medio de esta óptica podemos entender mejor la nueva ley nacida de las acciones de Jesús y de sus discípulos. De estos últimos depende, en gran medida, que este nuevo modo de entender el mundo y la sociedad se plasme en el corazón del hombre. En este sentido, las categorías “menor” o “mayor” no quieren establecer una jerarquía en sus discípulos, sino que son una forma peculiar para manifestar la pertenencia o no al plan de Jesús, pues mayor en el Reino de los cielos es estar comprometido con su causa y menor es estar fuera de él. Por eso las instrucciones dadas por Jesús apuntan a tres cosas: a los conflictos con el prójimo, al comportamiento hacia la mujer y a la relación con la verdad.

El Antiguo Testamento prohibía el homicidio, el asesinato o la venganza personal (cf. Deut 5, 17): Jesús es contrario a todo aquello que impide ver al otro como un hermano. Y esto en la práctica ha de llevar al creyente a poner en el centro al prójimo. Por ejemplo, el adulterio o la violación es la acción externa con que ofendemos gravemente a una mujer, a un hombre, a un menor. Pero la raíz del mal anida en nuestro interior cuando deseamos autocomplacernos sin amar ni respetar a la otra persona. Así llegamos a pecar contra nuestro prójimo, que Dios hizo a su imagen y semejanza, reduciéndolo a una mercancía que se usa y se tira. Por eso la novedad de Jesús consiste, esencialmente, en el hecho de que él mismo “llena” los mandamientos con el amor de Dios, pues todo se centra en único mandato: “amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo como a ti mismo”.

“Les aseguro que, si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 20). 

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