En la oscuridad de la noche, Jesús se aparece a sus discípulos y, una vez más, les manifiesta su identidad como el Señor. Se muestra con poder e infunde paz y confianza. Según los Padres de la Iglesia, en este milagro descubrieron una gran riqueza de significado. Por ejemplo, el mar simboliza la vida presente y la inestabilidad del mundo visible. A su vez, la tempestad indica toda clase de tribulaciones y dificultades que oprimen al hombre. Y la barca representa a la Iglesia edificada sobre Cristo y guiada por los Apóstoles.
Jesús quiere educar a sus discípulos para soportar con valentía las adversidades de la vida, confiando en Dios. Pedro, movido por el amor a su Maestro, intenta confiar e ir donde él, pero falla. Y si falla no es porque Dios no lo asiste, sino porque duda. Es decir, todavía tiene una voluntad y fe débil. Acontece que aún no percibe que si camina sobre las aguas no es por su propia fuerza, sino por la gracia divina, en la que cree.
Como peregrinos del amor de Dios, somos invitados a no hundirnos, rompiendo los prejuicios y nuestras falsas seguridades. Sabemos que Dios es el único que posee el poder sobre los elementos de la naturaleza: él separó las aguas de la tierra (Gn 1, 6) o abrió el mar para liberar al pueblo de la esclavitud (Éx 14, 21). Frente al mal y sus consecuencias, los discípulos de Jesús constatan este poder y por eso exclaman: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”. Esta es la confesión de fe que anunciamos cuando, sobre las tormentas y adversidades de la vida, Jesús revela su cercanía y autoridad. Nos dice Romano Guardini: “El Señor siempre está cerca, pues se encuentra en la razón de nuestro ser. Pero, debemos experimentar nuestra relación con Dios entre los polos de la lejanía y de la cercanía. La cercanía nos fortifica, la lejanía nos pone a prueba”.
“Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: ‘Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?’” (Mt 14, 31).