P. Fredy Peña T., ssp
La Ascensión de Jesús es el triunfo que conlleva el recuerdo del mandato misionero donde los discípulos son invitados a no quedarse contemplando el “cielo”, sino que reciben una orden: formar discípulos, bautizar y enseñar a observar el testimonio del Señor. Es también un momento más del único Misterio Pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo, pues este expresa la exaltación y la glorificación de la naturaleza humana de Jesús. En efecto, en él no se desea indicar que Jesús subió al cielo en el sentido literal, ya que Dios no “vive” en los espacios siderales más allá de las nubes, sino que es un modo de representar su ausencia física de este mundo, como también su elevación sobre todo lo mundano. Es decir, su nueva existencia gloriosa y su total señorío divino.
En una sociedad cada vez más atea y sin Dios, hablar de “cielo” y de la esperanza celestial o “Vida eterna” es visto casi como una alienación. Sin embargo, para el cristiano el “cielo” no es paranoia, pero sí lo sería creer en él sin un compromiso real con Dios y con los hermanos. Por eso la fiesta de la Ascensión es una oportunidad para descubrir al “Dios con nosotros” y al mismo tiempo es un desafío para “ir hacia Galilea”, “hacia el monte” y encontrarse con el Cristo vivo. Porque anhelar el “cielo” es una esperanza donde se fragua la posibilidad de ser santos. No obstante, en el camino, sabemos que esa contingencia se puede desvirtuar y perder.
“Vayan, y hagan discípulos a todas las naciones”, es decir, la Iglesia de Jesús es una comunidad eminentemente misionera, porque debe salir constantemente de sí misma y a pesar de los tiempos difíciles. Nuestro compromiso –como creyentes– es ayudar para que en “otros” arda en su corazón el deseo de ser discípulos de Jesús. Ciertamente que la Iglesia ha de abrirse a un nuevo horizonte, sobre todo a aquellos que aún no conocen a Dios y a los que por una u otra razón han perdido la fe.
“Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20)