En la Audiencia General celebrada este miércoles en la Plaza de San Pedro, el papa León XIV continuó su ciclo de catequesis dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II, centrando su reflexión en la Constitución dogmática Lumen gentium. En esta ocasión, el Pontífice abordó el tema “La Iglesia, realidad visible y espiritual”.
El Santo Padre explicó que la Iglesia es definida por el Concilio como “una realidad compleja” (LG, 8), pero aclaró que esta complejidad no debe entenderse como algo confuso o difícil, sino como la “unión ordenada de dimensiones diversas dentro de una misma realidad”. En este sentido, subrayó que en la Iglesia conviven inseparablemente la dimensión humana y la divina.
Dimensión humana y dimensión divina
Durante su catequesis, León XIV señaló que la dimensión humana de la Iglesia es evidente: se trata de una comunidad concreta de hombres y mujeres, con virtudes y defectos, que anuncian el Evangelio y viven su fe en medio de la historia. Sin embargo, precisó que este aspecto visible no agota su naturaleza.
La dimensión divina, explicó, no consiste en la perfección moral de sus miembros, sino en que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios realizado en Cristo. Citando la propia Lumen gentium y el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 771), recordó que la Iglesia es al mismo tiempo “comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo”, “asamblea visible y misterio espiritual”.
El Papa destacó que esta integración armónica de lo humano y lo divino permite comprender la paradoja de la Iglesia: acoge al hombre pecador y, a la vez, lo conduce a Dios.
A la luz de Cristo
Para iluminar esta enseñanza, el Pontífice remitió a la vida de Jesús. Quienes lo encontraban por los caminos de Palestina percibían su humanidad concreta —sus gestos, su voz, su mirada—, pero al mismo tiempo, a través de esa humanidad, se abrían al misterio de Dios.
De igual modo, explicó León XIV, en la Iglesia se manifiestan tanto las limitaciones humanas como la acción salvadora de Cristo. En este contexto, citó a Benedicto XVI, quien afirmaba que no existe oposición entre el Evangelio y la institución eclesial, pues las estructuras de la Iglesia están al servicio de la concreción del Evangelio en el tiempo.
“No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia”, afirmó el Papa.
La santidad en la fragilidad
El Santo Padre señaló que la santidad de la Iglesia radica en la presencia activa de Cristo en medio de la fragilidad de sus miembros. “Es el método de Dios”, indicó: hacerse visible en la debilidad humana.
En este contexto, evocó una expresión del papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelii gaudium, invitando a “quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro”, como signo de respeto y caridad en la vida eclesial.
Asimismo, citó a San Agustín para destacar que la caridad es el principio que sostiene y renueva constantemente la vida de la Iglesia, pues “solamente ella vence todo”.
Llamado en Cuaresma
En su saludo a los peregrinos de lengua española, el Papa animó a vivir el tiempo de Cuaresma profundizando en la edificación de la Iglesia a través de la oración, el ayuno y la caridad, subrayando que no solo se trata de organizar estructuras visibles, sino de fortalecer la comunión y el amor fraterno.
Con esta catequesis, León XIV continúa desarrollando su reflexión sobre el Concilio Vaticano II, proponiendo una comprensión de la Iglesia como misterio vivo, presente en la historia y orientado hacia su plenitud en el cielo.