P. José Antonio Atucha Abad.
Queridos hermanos: ¡Cristo ha resucitado! Aleluya, aleluya. Que la alegría de la gloriosa resurrección del Señor permanezca siempre en nuestros corazones.
La vida espiritual es una permanente invitación a crecer, a dar pasos y tomar decisiones en vista a asemejarnos y configurarnos cada día más con Jesús. ¿Cómo se logra esto? Es necesario que el fuego del amor de Dios halle lugar y acogida en nuestros corazones.
Por lo general nuestro espíritu deambula entre la frialdad y la tibieza espiritual, con algunos destellos temporales de fervor y anhelos de santidad. Descubrir la presencia, cercanía y fuerza transformadora de Cristo resucitado, es el camino para que nuestros corazones “ardan” en el amor y el gozo de caminar con Él y saber que jamás se alejará de nosotros. No nos conformemos o resignemos a una existencia cristiana mediana: anhelemos la intimidad y cálida amistad con el Señor. Busquémosla, pongamos los medios necesarios para llegar a ella, y evitemos las cosas que nos enfrían y separan del Señor.
El primer paso a dar es vivir en la presencia del Señor y estar atentos y deseosos de escucharlo, de oír su palabra, de acoger su invitación a seguirlo sin condiciones ni demoras. El segundo paso es dejar que el Señor ilumine y dé sentido a los acontecimientos de nuestra vida. El tercero es invitar a Cristo a permanecer siempre con nosotros, a que no solo sea una visita, sino que habite y more en mi y en mi comunidad. Para ello, la vida sacramental es el mejor camino. La participación en la Eucaristía es el momento sublime donde deben “arder” nuestros corazones.
Reflexionemos:
- ¿En qué momentos de mi vida se ha enfriado mi espiritualidad?
- ¿Qué vivencias y personas han ayudado a que mi corazón “arda” en el amor y amistad a Cristo?
- ¿Cómo podemos en comunidad ayudarnos a acoger, escuchar y alimentarnos de la palabra y presencia del Resucitado?
Con el afecto de siempre, y pidiendo que el Señor y la Virgen les bendigan.