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Derechos Humanos y Democracia

Derechos Humanos y Democracia

Chile San Pablo |

Andrés R. M. Motto, CM.

andresmotto@gmail.com

Un cordial saludo a ustedes, mis queridos lectores. Les confieso que escribo este artículo, porque pienso que la mejor forma de proteger los Derechos Humanos (DD.HH.) es la democracia. Más allá de todos los problemas que esta forma de gobierno sufre en nuestros países, sigue siendo una de las mejores formas de organización social. Sabemos que la democracia perfecta no existe, pero quizás por eso siempre se puede buscar modelos mejorados y más plenos. Este ideal nos azuza para decir, “siempre se puede dar un poco más de participación y de justicia”. Quienes seamos demócratas debemos ser humildes y aceptar que esta estructura es perfectible. Creer que hemos llegado a la democracia plena nos puede llevar a un narcisismo social no excento de peligros. ¿Cómo podemos avanzar en la vida democrática en tiempos que se desconfía tanto de ella? Viviendo uno de sus presupuestos básicos: lo que concierne a todos, debe poder pensarse, discutirse y decidirse entre todos. Ahora bien, para que esto funcione, la vida en sociedad nos debe interesar a todos. Así nos implicaremos en su formulación y construcción.

Entre las varias formas de democracia, la directa es interesante en cuanto el pueblo gobierna con una participación casi cotidiana, pero como nos mencionaba Rousseau, esto es muy complicado de llevar a la práctica. Es difícil y fatigante tener un pueblo “en asamblea permanente” como me decía un suizo. De hecho, casi todo el mundo se decide por las democracias representativas. Estas pueden ser más parlamentaristas o presidencialistas. Buena parte de Latinoamérica tiene democracias de corte presidencialista. Incluso, la actual monarquía parlamentaria vive un estilo democrático.  

Lo triste es cuando el partido que gobierna se aprovecha de la estructura democrática para enriquecerse, hacer trampas, cometer ilícitos, no defender al pueblo, asociarse con el crimen organizado, gobernar para los poderosos de su país o del exterior, etcétera. Cuando esto se da, tenemos una democracia de bajo nivel. Cuando eso pasa… ¿Cómo volver a encarrilarla? La historia demuestra que esta tarea no es sencilla ni rápida. Una salida es robustecer la interacción, recordando que los líderes de los partidos políticos son importantes, pero la sociedad debe tener otras formas de participación válida: sindicatos, asociaciones barriales y nacionales, colegios de profesionales, Iglesias, organismos de derechos humanos, universidades, ONG, el periodismo (especialmente el de investigación), etcétera. De este modo, se socializa el ejercicio del poder y la democracia pasa a tener un carácter más participativo y dinámico. Mucho mejor si estos esfuerzos están guiados por la ética pública.

Para que esto se viva intensa y transversalmente, la democracia debe llegar a ser un valor cultural. Es decir, que además de apreciar el sistema democrático, se viva un “estilo democrático” en todas las esferas humanas. Miren, muchas veces criticamos a los políticos, pero en nuestros pequeños ámbitos también se dan arbitrariedades y privilegios indebidos. La cuestión es lograr que en los distintos sectores exista el hábito de escucharse, de decidir conjuntamente, incorporando a todos, integrando los elementos nuevos que surgen y manteniendo una actitud colaborativa. Lo que diríamos en lenguaje de Iglesia, un estilo “sinodal”, pero vivido de verdad no sólo declamado. Notemos que la gente recuerda con afecto a las personas que encarnaron estos valores.

Entre sus tareas, la democracia tiene como deber principal custodiar los DD.HH. y asumir la defensa del Medio Ambiente. En tiempos de la IA estos dos temas siguen siendo de vital importancia.

Si hacemos un poco de memoria, recordaremos que la conquista y dominación de América comenzada en 1492, en parte, agredió a las personas y a la naturaleza. América Latina, África y Asia fueron víctimas de la agresión de aquellos países que elaboraron el proyecto de enriquecerse con los bienes ajenos. Pero con el tiempo, los mismos países explotados, más de una vez, se estrujaron entre sí. ¿Podemos y queremos cambiar la historia? En el caso de responder afirmativamente, optemos por democracias promotoras de los DD.HH.

¿En esta tarea qué lugar ocupa la religión? Creo que ella es auténtica en la medida que sirve a la vida y a la dignidad. Siendo un agente de esperanza que da vida y fuerza para seguir existiendo. Como cristianos sabemos que todavía nos falta mucho, incluso hay muchos bautizados que todavía hoy miran con desconfianza o minimizan a los DD.HH. Como creyentes damos respuestas individuales, pero también institucionales. Como señalaba Paul Ricoeur: “una institución es una interacción reglada”. El desafío es lograr reglas que humanicen. Es cierto que toda institución tiene poder y el poder suele atraer a personas muy enfermas. El desafío es vivir en todas las estructuras el estilo de Jesús que hace del poder servicio.

Ser fieles a Jesús en Latinoamérica incluye la defensa irrestricta de los DD.HH. Estos valores no sólo hay que propulsarlos hacia el ámbito democrático civil, sino también vivirlo en nuestras estructuras eclesiales. Hay parroquias, diócesis, congregaciones, asociaciones laicales donde el clima es fraterno, abierto y leal. En otras… dan ganas de salir corriendo. Ya que los “otros” no son solamente los que me agradan, con los que coincido o comparto estructuras de poder. El “otro” es también el diverso que me invita a dialogar y evolucionar mentalmente; el sufriente, el avasallado en sus derechos, que me saca de mi comodidad y me apremia a actuar.

Bien, antes de salir corriendo, pensemos cómo podemos mejorar la vivencia de los DD.HH. en el lugar concreto donde vivimos.

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