Era el mes de julio y llevábamos una semana de lluvias sin parar: a veces suaves, otras fuertes, acompañadas de mucho viento. En la precordillera había mucha nieve. Hacía muchos años que no llovía de esta manera y, a pesar de estar preparados, en algunos lugares el frente meteorológico superó todas las expectativas. Hubo desbordes de ríos, personas aisladas y cortes de caminos.
Ante esa situación, una vez más se hizo presente la solidaridad de muchos. La unión sureña y el calor humano, sin duda, permitirán que mañana se cuenten estas historias alrededor del fogón, junto al mate y el pan amasado.
Lo hermoso del sur, en toda época, nace también en estos inviernos. Y los turistas podrán atestiguar la presencia del Dios de la vida en medio de estos paisajes hermosos y mágicos.
En el café frente a la plaza, Bruno se encontraba sumido en sus pensamientos. Le habría gustado estar sentado en el banco de los secretos, con la lluvia cayendo a su alrededor como una bendición de la vida. Caminar bajo ella era una de sus alegrías.
Llegó Josefa, lo saludó y se sentó.
—Pediré un café con un kuchen —dijo.
—Te acompañaré con un té de hojas y canela —respondió Bruno.
Josefa comenzó a conversar:
—Como sabes, me jubilé y, poco a poco, mi círculo social ha ido disminuyendo. El otro día me encontré con unas excompañeras de trabajo, quienes me dijeron que parecía que la pasividad me había afectado. No les dije nada, pero esa idea me quedó dando vueltas.
Bruno preguntó:
—¿Esas personas son importantes para ti?
—No, por supuesto que no —respondió Josefa—. Pero cuando fui a la feria, compré lo mismo de siempre y noté que las bolsas se sentían más pesadas… Y en las conversaciones de ahí me sentía insegura y, a veces, muy observada.
Bruno quiso saber más:
—¿A qué crees que se debe ese cambio que tú percibes?
Josefa pensó unos instantes y contestó:
—En mi trabajo era jefa, era reconocida y me respetaban. Tenía algo de poder y gestionaba proyectos. «¡Qué bien se le ve! ¡Qué bonito su traje! Ese peinado le sienta muy bien». Esas son algunas de las cosas que me decían. Y así me trataban.
—¿Dónde más has notado esa percepción? —volvió a preguntar Bruno.
Josefa contestó:
—Cuando estoy con mi viejo, en las tardes, conversamos. Él se mueve, tiene tanto que hacer y yo, a veces, lo acompaño. Me pongo ropa bonita, pero paso desapercibida. Él me dice: «Tú tienes dones… ¿Te gustaría que te regalara un curso de pintura? O de repostería, lo que tú quieras». Ahí me quedo pensando y, al final, todo sigue igual.
La conversación fue interrumpida por Óscar, quien, después de saludarlos, les dijo:
—Les quiero mostrar algo. Me costó mucho elegir, pero miren allá.
Les presentó su auto rojo, con unas líneas hermosas, del año, automático y full equipo.
—No podía ser menos, porque casi todos mis amigos tienen autos o camionetas hermosas.
Bruno lo felicitó.
—Me alegro por ti. Siéntate con nosotros.
Óscar respondió:
—Lo dejaré para otra ocasión. Están llegando mis amigos para celebrar con sopaipillas, arrollado de huaso y algo más.
Y se dirigió al encuentro con sus amigos.
Desde la distancia se veían los autos, y todos tenían un toque especial de sus dueños.
Bruno sonrió.
—Cada cosa a su tiempo —pensó.
Luego volvió la mirada hacia Josefa y le preguntó:
—¿Cuál auto te gusta más?
Josefa contestó:
—Son todos lindos. No sabría cuál elegir. Comparado con esos, el mío parece más viejo. Se ve pasado de moda, pero está bien para mí: me lleva donde quiero y me costaría mucho cambiarlo.
Bruno sonrió.
—Te daré una buena noticia: lo que me cuentas no necesariamente significa que tengas depresión. Hay otros elementos que podemos mirar juntos.
Josefa se sorprendió.
—Yo estaba segura de que tenía. Por eso vine a conversar contigo.
Bruno comenzó a explicarle:
—Desde la tríada cognitiva, planteada por Aaron T. Beck, no parece ser así. Te comentaré algo desde el paradigma de la psicología humanista. Citando a Carl Rogers: «Todo ser, sin excepción, es digno del respeto incondicional de sí mismo y de los demás». Y, siguiendo esta misma mirada, podemos recordar a Abraham Maslow y su conocida pirámide de necesidades, que va desde las necesidades básicas hasta la autorrealización. En este camino, la autoestima ocupa un lugar fundamental.
Josefa respondió:
—La autoestima… Lo que recuerdo es que es muy importante en la niñez, sobre todo en la adolescencia y en el adulto joven, por lo que uno es y por lo que quiere proyectar.
—Así es —respondió Bruno—. Permíteme una última cita, esta vez de Goethe: «El peor de los males del hombre es pensar mal de sí mismo». La autoestima en el adulto mayor incorpora otras variables: la valoración personal, las competencias, las habilidades y las relaciones sociales. Todo ello influye en el desarrollo emocional y también en lo cognitivo, particularmente en nuestros pensamientos automáticos.
Josefa guardó silencio unos segundos.
—¿Tú crees que me quedé pegada en el pasado?
Bruno la miró y preguntó:
—Dime tú: ¿cómo te ha afectado la edad, la salud, tu estado físico y tu relación con grupos o personas? ¿Tu percepción de ti misma es positiva o negativa?
Josefa respondió:
—No tengo muchas metas. Tengo poca confianza en mí y hago cosas solo para ser valorada.
Bruno continuó:
—La autoestima es un sentimiento de valoración: respetarse y quererse con las propias fortalezas y debilidades. Significa estar abiertos al cambio, entender que un error también puede ser un aprendizaje y reconocer los dones que tenemos para ejercerlos. También está la autoimagen, relacionada con la manera en que nos vemos interiormente, y el autoconcepto, que se construye también en relación con los demás.
Josefa sonrió y dijo:
—Bruno, como sabes, creo en el Dios de la vida. Recuerdo el mandamiento más importante: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mí misma. Eso me da sentido. Me permite percibir a Dios presente en la lluvia, en la naturaleza, en los acontecimientos y, sobre todo, en mí.
Bruno asintió.
—Si sientes su presencia como lo declaras, tienes una ventaja. La ciencia que te he descrito es solo un aporte para que tu autoestima se mantenga alta; no media, no baja pasiva ni baja agresiva. Ten presente tus fortalezas, tu resiliencia y tu experiencia de ayer y de hoy. Todo ello puede convertirse en una fuente de motivación interna y externa, en busca de logros, desafíos y nuevas oportunidades.
Hizo una pausa y agregó:
—Reconoce lo bueno que hay en ti y también en los demás. Participa en grupos. Sal, conversa, comparte. Empieza ya.
Bruno miró a Josefa y sonrió.
—Ahora te diré cuál es el mejor auto.
Josefa se puso de pie y miró por la ventana. Bruno la tomó suavemente de la mano, la invitó a sentarse nuevamente y le dijo:
—El mejor auto no está fuera del ventanal. Está dentro de ti.
Josefa lo miró en silencio.
—Tu autoestima te llevará mucho más lejos que esos vehículos. Tu autoestima está vinculada a tu calidad de vida y puede ayudarte a recuperar la alegría, amándote y amando a los demás.
Bruno sonrió.
—El mejor auto lo tienes tú.