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El Señor que ama y fortalece

El Señor que ama y fortalece

Chile San Pablo |

Por René Rebolledo Salinas, Arzobispo de La Serena

La proclamación de la Palabra de Dios ocupa un lugar central en la vida litúrgica de la Iglesia y, de modo particular, en la celebración de la Eucaristía. Domingo tras domingo, así como en las santas Misas de la semana y en los demás sacramentos, la comunidad cristiana se deja interpelar por la Palabra viva y eficaz que transforma nuestra vida. Ella es, como afirma el salmista, “lámpara para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 118, 105), guía segura para el camino de la fe en medio de los desafíos del tiempo presente.

El Evangelio que se proclama este domingo (cfr. Mt 11, 25-30) nos ofrece una de las páginas más luminosas y consoladoras del Nuevo Testamento. Jesús eleva un himno de alabanza al Padre, reconociendo con gozo su designio de amor: “¡Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla! Sí, Padre, esa ha sido tu elección” (Mt 11, 25-26). En esta acción de gracias se revela una lógica profundamente evangélica: Dios se manifiesta no desde el poder o el prestigio, sino desde la pequeñez, la humildad y la apertura del corazón. La revelación no se impone, se acoge; no se conquista, se recibe como don.

Jesús profundiza esta experiencia al declarar su comunión única con el Padre: “Todo me lo ha encomendado mi Padre: nadie conoce al Hijo, sino el Padre; nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo decida revelárselo” (Mt 11, 27). Esta afirmación no es excluyente, sino inclusiva: Cristo es el mediador que introduce a la humanidad en el misterio del amor trinitario. Con palabras cercanas y llenas de ternura, invita a todos los que están cansados y agobiados a acercarse a Él, prometiendo descanso y alivio. La razón de esta promesa radica en su propia identidad: “aprendan de mí, que soy tolerante y humilde de corazón” (Mt 11, 29). En Jesús se revela un modo de ser que no oprime, no domina, no violenta, sino que acoge, libera y sana.

Esta imagen de Cristo atraviesa el testimonio evangélico y configura también la experiencia creyente de la Iglesia. Jesús se muestra cercano al sufrimiento humano, sensible a las heridas visibles e invisibles, atento a quienes viven el peso de la fragilidad, la exclusión o el desaliento. Su mansedumbre no es debilidad, sino fuerza transformadora; su humildad no es pasividad, sino disponibilidad total al querer del Padre y al bien de los demás. En Él se revela un estilo de vida que cuestiona las lógicas del éxito, de la autosuficiencia y del poder, proponiendo en su lugar la del servicio y del amor gratuito.

Resuena con especial fuerza, también hoy, la invitación del Señor: “Vengan a mí, los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11, 28). Estas palabras no pierden vigencia; al contrario, adquieren un nuevo significado en un mundo marcado por el ritmo acelerado, la presión social, las incertidumbres económicas y los desafíos culturales. Cristo no promete una vida sin dificultades, pero sí una presencia que sostiene, acompaña y da sentido incluso en medio de la prueba.

Inspirados en la Palabra del Señor, en el testimonio de los santos y en tantos hermanos y hermanas que recorren con nosotros el camino de la vida, estamos llamados a cultivar un corazón humilde, capaz de escuchar, acoger y servir. Solo desde esta disposición interior podremos experimentar verdaderamente la presencia de Cristo en nuestra existencia y ser, a su vez, signos de consuelo y esperanza para quienes necesitan una palabra, un gesto o una compañía fiel en medio de sus propias cargas. La mansedumbre y la humildad de Jesús no son solo una enseñanza, sino una forma concreta de vivir el Evangelio hoy.

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