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Rerum Novarum, the social encyclical of Leo XIII

“Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”

“Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”

Chile San Pablo |

P. Fredy Peña T. ssp 

El relato del ciego de nacimiento es un gran signo o milagro, pues en ese contexto dar la vista a los ciegos era uno de los signos propios de la salvación definitiva anunciada por los profetas. En efecto, la Iglesia primitiva enseñaba a los catecúmenos este relato antes de recibir su bautismo. Se les preguntaba: ¿Quieren ser como el ciego que ve y cree o como los fariseos que se obstinan en ser voluntariamente ciegos? De este modo, ser bautizado o confirmado es ser iluminado: «pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz» (Ef 5, 8).

En el milagro de Jesús, él es la luz; el ciego es quien busca la luz. A su vez, los fariseos son la oscuridad que rechaza la luz; y los padres del ciego son los pusilánimes e indecisos que no se la juegan por nada ni por nadie. No obstante, la intervención de Jesús favorece a alguien que está necesitado. Al hacer barro con su saliva, le devuelve al ciego la capacidad para ver. Se pensaba que la saliva transmitía la fuerza vital, es decir, la creación del hombre nuevo. Además, se creía que la ceguera se producía por algún pecado grave, tanto por parte del ciego como de sus antepasados. Por eso, el no vidente era considerado impuro y castigado por Dios, pues no podía entrar en el Templo.

Hoy podemos caer en la misma «ceguera» o «ideología religiosa» de los fariseos, porque esta impide ver las obras de la luz. Los fariseos que escuchan con intención, pero no con atención, rechazan la acción de Jesús y prefieren quedarse en el «cumplimiento» de una norma: no matar, no robar y guardar el sábado. Es decir, con la ideología religiosa corremos el riesgo de quedarnos en las «formas» y no en el «fondo», que termina por sepultar el espíritu de la propia Ley. Cristo es la luz del mundo que ilumina al que tiene fe en él. Ante su salvífica luz, únicamente es ciego aquél que se niega a verlo y aceptarlo.

«Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: ‘Vemos’, su pecado permanece» (Jn 9, 41).

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