P. Fredy Peña T. ssp
Los discípulos se sienten desanimados luego de escuchar que Jesús les anuncia su próxima pasión y muerte en Jerusalén y la suerte de quienes lo seguían. Así, la Transfiguración es como una palabra de ánimo para quienes deciden aceptar el seguimiento a Jesús, pues en ella se manifiesta la gloria de Dios y se anticipa la victoria sobre el pecado y la muerte. Es verdad que el dolor y la muerte no forman parte del plan divino, porque su principal fin es la vida. Sin embargo, en la pedagogía de Jesús estos son caminos de redención y salvación. Es decir, la transfiguración no es únicamente una forma de aceptar la muerte y la resurrección de Jesús sino una vía para saber quién es él.
Con la Transfiguración, Jesús nos revela su identidad divina, que es el preanuncio de su venida gloriosa al final de los tiempos. No obstante, también es la oportunidad para que los discípulos crezcan humana y espiritualmente para su «misión». Sin duda que para ellos no era fácil aceptar que su líder fuera a morir en la cruz y asumir aquello como un triunfo con todo lo que eso implicaba. Porque, para cualquiera que desee seguir a Jesús se hace difícil aceptar la cruz sin la luz de la resurrección. Es necesario el estímulo para el momento de la «prueba», «crisis» o «tentación» y que únicamente se halla en la propia resurrección: «comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios» (2Tim 1, 8).
Sin duda que la Transfiguración es un acontecimiento luminoso donde el Padre pide que escuchemos a su Hijo. Pero a veces lo «luminoso» de Dios no lo vemos. Es como la doble función de la nube, que manifiesta la presencia de Dios, pero al mismo tiempo su ocultamiento. Es cierto que Dios nunca nos abandonará en las dificultades, y por eso no hay que cerrarse a su presencia, sobre todo cuando la vida no nos sonríe. Sin embargo, esta Cuaresma es un tiempo de gracia que nos invita no solo al arrepentimiento, sino también a una sincera conversión de mente, corazón, pero no de espaldas a Dios.
«Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo» (Mt 17, 5).