P. Fredy Peña T., ssp
El profeta Isaías describe en bellas imágenes que la alegría viene de una transformación en la persona que vive en la presencia de Dios: Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos…, es decir, en la persona de Jesús se cumplen estas profecías, puesto que en él ha llegado el tiempo mesiánico y la propia alegría: Él es la Buena Noticia. Por eso a la pregunta del Bautista por el mesianismo de Jesús y la respuesta casi inmediata del Maestro: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen. Sin duda que comienza un nuevo tiempo para el pueblo de Israel y que no es únicamente el «juicio de Dios», sino el gran don de la salvación que es su misericordia.
Si Juan Bautista predicaba cuestiones acerca del castigo, la purificación y dejaba como en penumbra la misericordia para los pecadores, ahora Jesús depone el temor al juicio y da paso al amor de Dios que es perdón y compasión. Por eso, él no habla de la ira inminente, sino que invita a la confianza total en un Dios que es Padre. Y para que se entienda bien, no es que Jesús no considere el juicio o que no se deba aplicar, sino que cambia la perspectiva, porque llega para todos como Salvador y no como juez. Tampoco presenta un mesianismo fácil y triunfalista. En efecto, este es el tiempo para una práctica de la caridad: los milagros y los signos realizados que tienen como destinatarios a los pobres y excluidos. Él tiene una preocupación por aquellos que el mundo desprecia y, lo que es peor, no tienen cómo devolver un favor, no porque no quieran sino porque no pueden.
De este modo, la misión pública de Jesús tiene un estilo distinto a la del Bautista, ya que él va al encuentro de todos sanando, dando vida y restituyendo al hombre en su dignidad como hijo de Dios. Por eso Dios no ha mandado a su Hijo al mundo para castigar a los pecadores ni para aniquilar a los malvados, sino que los invita a la conversión de vida para que, viendo los signos de la bondad divina, ¡cambien!
«Los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres» (Mt 11, 5).