Andrés R. M. Motto, CM.
andresmotto@gmail.com
¡Hola, mundo! Continuemos nuestra meditación cristiana en favor de los Derechos Humanos (DD.HH.). Evidentemente, no podemos abordar todos los males vinculados a su incumplimiento, porque son muchos. Su magnitud, a veces, nos enfrenta con lo peor de nuestra propia humanidad. Por eso, los invito a reflexionar sobre algunos de los que considero más graves y persistentes. Erradicarlos es posible y constituye una tarea de todos.
Reflexionemos hoy acerca de la tortura. Entendemos por tortura todo acto mediante el cual se ocasionan a una persona sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el propósito de alcanzar determinados objetivos. ¿Cuáles? Son variados:
- Obtener información o una confesión, que es el caso más frecuente.
- Castigar por un acto cometido o sospechado.
- Intimidar o coaccionar.
- Infligir sufrimiento extremo antes de matar a una persona, aplicándole suplicios como forma de tormento.
Respecto de los dos primeros puntos, cabe profundizar señalando que la tortura busca obtener algo que una persona no quiere entregar, convirtiéndose en un método brutal para arrancar información. Con frecuencia, además, se utiliza para silenciar al enemigo y dejar su cuerpo marcado indeleblemente por la hegemonía del poderoso. En este contexto, el torturador practica incontables vejámenes, cada uno más humillante e incalificable que el anterior, intentando demostrar una supuesta superioridad. En muchos casos, el dolor invade por completo el mundo del torturado, confinándolo a una soledad donde solo existen el sufrimiento y la vulnerabilidad, hasta hacerle perder el lenguaje y, a veces, incluso la capacidad de hablar, reduciéndolo apenas a gemidos.
Quien realiza estos actos es un torturador, y la gravedad moral aumenta cuando se trata de un funcionario público. En ese caso, la tortura se convierte en un crimen de lesa humanidad. A pesar de las numerosas condenas nacionales e internacionales, esta práctica resurge de manera alarmante. Albert Camus vivió una época en la que este mal era frecuente y expresó: “Hemos visto mentir, corromper, matar, torturar. Nunca se podía persuadir a quienes lo estaban haciendo de que no lo hicieran, porque se sentían seguros y porque no se puede persuadir al representante de una ideología”. En los años 2025 y 2026 constatamos un aumento significativo de su práctica en diversos continentes, y América no es la excepción.
Sabemos que la tortura fue durante siglos un método procesal utilizado por las autoridades. Lentamente, la humanidad fue madurando y comenzó a prohibirla. Concretamente, estos procedimientos judiciales empezaron a declinar hacia la segunda mitad del siglo XIX. Debemos recordar que, para esclarecer un delito, se consideraba a la confesión del reo como “la reina de las pruebas”. Para obtenerla se recurría a todos los medios posibles, incluido este camino bárbaro y cruel del tormento. Así se buscaba no solo la confesión del crimen investigado, sino también información sobre eventuales cómplices. Con el desarrollo de la criminología y la criminalística, el proceso penal abandonó gradualmente la tortura para emplear métodos más eficaces y compatibles con la dignidad humana.
Entre los acuerdos internacionales más importantes que condenan esta práctica destaca la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Su artículo 5 establece: “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”.
¿Por qué un Estado puede ejercer la tortura? Esta pregunta me la he formulado muchas veces. Un Estado corrupto recurre a ella por diversos motivos: combatir movimientos guerrilleros, obtener ventajas en conflictos bélicos, extraer información del crimen organizado, mantener el control en las cárceles o intimidar adversarios políticos. Debemos advertir que la tortura puede darse tanto en gobiernos de facto como, dolorosamente, en gobiernos democráticos. Aunque muchas veces estas prácticas policiales o militares son extraoficiales, en ocasiones son ejecutadas directamente por fuerzas estatales o delegadas en grupos no gubernamentales.
Relacionado con esto, numerosas películas y series televisivas, especialmente estadounidenses, presentan la tortura como un método utilizado por “los buenos”. Vale la pena preguntarse: ¿qué películas recordamos?, ¿qué mensaje transmiten?, ¿para qué se justifica la tortura en ellas?
Es importante aclarar que esta práctica no es exclusiva de los Estados. También la ejercen movimientos guerrilleros, organizaciones criminales, mafias y narcotraficantes. La utilizan para obtener información, recuperar bienes robados, castigar supuestas “inconductas” o sembrar terror en la población. Es una manera de advertir: “Vean lo que le sucede a quien se enfrenta a nosotros”. En el mundo del crimen organizado, la tortura se vuelve cada vez más frecuente y brutal.
¿Cuáles son los motivos para rechazar la tortura? Considero este punto fundamental:
- Atenta contra la dignidad humana, vulnerando la integridad física y psicológica de la persona.
- Viola el derecho a la libertad y a no declarar contra uno mismo.
- Puede generar confesiones falsas. Frente a sufrimientos insoportables, muchas personas aceptan culpas inexistentes o acusan a inocentes. Existen miles de casos documentados.
- Genera sadismo en quien la practica. Una persona íntegra no tortura; solo lo hace alguien profundamente degradado moralmente o una persona común cuya escala de valores ha sido deformada por presiones ideológicas e institucionales. Así se educa para una obediencia extrema y deshumanizada. Debemos estar siempre alertas para no desarrollar ninguna forma de empatía hacia esta práctica.
Concluyo diciendo: cristianos católicos del mundo, unámonos contra este mal. Coordinemos también esfuerzos con todas las personas de buena voluntad que luchan por erradicarlo.