P. Fredy Peña T., ssp
En la fiesta del Corpus Christi, como creyentes, nos nutrimos de la vida íntima de Dios, pues el Señor con su Resurrección nos precede ante el Padre. Porque la verdadera meta en nuestro camino de fe es la comunión con él. Jesús entrega realmente su Cuerpo y su Sangre. Por eso atraviesa el umbral de la muerte, para darnos el Pan vivo, auténtico maná, alimento inagotable por todos los siglos.
Dice el Señor: “El que come de este pan…”. En efecto, hay que recordar que pan es sinónimo de “don”, la prueba mayúscula del amor del Padre por la humanidad. Jesús refuerza la idea: “Si no comen la carne…”. Es decir, se potencia la exigencia para tener vida. Carne y sangre son en la cultura semita polaridades que denotan totalidad, integralidad, como cuando decimos “carne y huesos”, que en nuestra cultura expresan totalidad de la persona. Además, no se puede “comer” al Resucitado, presente en la forma del pan, como un simple trozo de pan, ya que comulgar es entrar en comunión con la persona del Señor vivo, para que nuestros sentimientos, acciones y palabras manifiesten la vida de Dios.
Esta comunión es verdaderamente un encuentro entre dos personas, es un dejarse penetrar por la vida de aquel que es el Señor, el Creador y Redentor. Es decir, la asimilación de mi vida con la suya, mi transformación y configuración con quien es Amor vivo. Gracias a la eucaristía, el creyente se encuentra unido a Jesucristo. Sin duda que para el que tiene fe es una compenetración recíproca donde la propia vida que el Padre comparte con el Hijo es compartida también con quien se adhiere al Hijo. Por eso adoración y procesión forman parte, por tanto, de un único gesto de comunión y que responde a un mandato: “Coman y beban”.
“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 54).