P. José Antonio Atucha Abad
Queridos amigos, Cuaresma es un tiempo ideal para acrecentar el “deseo de Dios”. Nuestra búsqueda espiritual es un itinerario que nunca termina. Cada paso nos une más al Señor y acrecienta el anhelo de conocerlo, amarlo y servirlo con mayor entrega y fidelidad.
Este deseo lo pone Dios en nuestra alma; así lo vemos en el pasaje de la samaritana (Jn 4, 1-42). Jesús da plenitud a la vida, la colma de sentido, luz y verdad. El don de Dios sostiene y anima la vida cristiana, tanto en lo personal como en lo comunitario. A diferencia de la samaritana, nosotros si conocemos y gozamos del “agua viva” que brota de los labios de Cristo. Por la fe y los sacramentos recibimos el Espíritu Santo y todos sus dones. Por ello es tan necesario y conveniente acrecentar nuestra vida espiritual, especialmente a través de la conversión del corazón y la vida nueva en Cristo Jesús. Nunca debemos detenernos o enfriarnos: más bien con humildad y confianza debemos seguir en la búsqueda, al punto de llegar a ser adoradores en espíritu y verdad.
Si queremos renovar la Iglesia, nuestra comunidad y vida, el camino es crecer en el deseo de Dios. Preguntémonos: ¿en qué momentos crece mi sed de Dios? ¿Cómo puedo despertar en otros el deseo de Dios?
Animados por la fidelidad del Señor, caminamos alegres hacia la Pascua.
Implorando para uds. la bendición de Dios.
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Por esta entrega, a momentos cuesta arriba, el Señor nos da muchísimo más de lo que le pedimos, como a la Samaritana que le pidió algo de beber a cambio de “agua viva, que salta hasta la eternidad”. Constancia y fidelidad