P. Fredy Peña T., ssp
“Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar?”: A la pregunta de Pedro, el Señor responde poniendo una exigencia mayor y que para la mentalidad de la época era inconcebible. Sabemos que la venganza era una ley sagrada para el Antiguo Oriente y el perdón era humillante. No obstante, para Jesús el perdón es la nueva forma de encarar la ofensa, la traición y el orgullo herido.
El “setenta veces siete”, Jesús lo propone como una forma de entender que perdonar es una característica del amor perfecto de Dios a los hombres. Por lo tanto, se nos ofrece la oportunidad de crecer en la fe y no sentirnos débiles por haber sido misericordiosos con quien nos ofendió o dañó. Queremos vivir para Dios y el configurarnos con él nos hace personas más desprejuiciadas, maduras y libres ante los errores de los demás: “Si, vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor” (Rom 14, 8).
Asimismo, la parábola nos presenta la desproporción que existe entre la ofensa cometida a otro hermano y la ofensa a Dios. Recordemos que un talento equivalía a seis mil denarios y una deuda de diez mil talentos era imposible de pagar para una persona que ganara un denario al día. Así, la deuda descomunal de diez mil talentos manifiesta nuestra situación ante Dios. Es decir, no hay nada con que le podamos pagar a Dios, ya que su perdón es pura gratuidad y amor.
Por eso, cada ocasión de perdonar no es solamente una oportunidad para quien ofende, sino también para quien perdona. Porque quien ha sido ofendido se está dando la posibilidad de que Jesús viva más en él. En efecto, la vida de Dios tendrá más cabida en un corazón que sabe amar y perdonar, que en uno que aún vive en el odio y en el deseo de venganza. Quien vive en el odio vivirá eternamente amargado e infeliz por no saber desprenderse de su orgullo herido.
“¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?” (Mt 18, 32-33).