Por René Rebolledo Salinas, Arzobispo de La Serena
Este domingo 1 de febrero tenemos presente que la comunidad cristiana celebra el 4° del Tiempo Ordinario, con la Eucaristía. Febrero es un mes bien concurrido por turistas en esta zona, especialmente procedentes de Santiago, de otras ciudades del país y también de San Juan y Mendoza, en Argentina. Muchísimas gracias por su bello testimonio de fe, al participar domingo a domingo con nosotros en la celebración eucarística. ¡Siempre bienvenidos!
La Mesa de la Palabra contempla todos los domingos textos bíblicos hermosos, profundos y de grandes perspectivas. En esta ocasión son de especial significación, los siguientes: La primera lectura del profeta Sofonías 2, 3; 3, 12-13; el Salmo responsorial 145, 7-10; la segunda lectura de la Primera Carta a los Corintios 1, 26-31 y el Evangelio de Mateo 4, 25 – 5, 12.
El Evangelio que se proclama son las bienaventuranzas, pasaje de los más hermosos de la revelación bíblica, que el Señor ha proclamado a sus discípulos de aquel entonces y también para nosotros, hoy.
Observamos al Señor rodeado de los suyos, también de una gran muchedumbre, que acudió a escuchar su Palabra y que los curase de sus dolencias y enfermedades (Cfr. Mt 4, 23-25; 5,1). Él está sentado, dispuesto a proclamar palabras muy solemnes (v 1).
El gesto inicial consiste en mirar detenidamente a los presentes, pues cuanto Él está por decir es la enseñanza más sublime. Los estudiosos de las escrituras la llaman la carta magna del Reino. Esto significa que estas palabras son el espíritu que debe impregnar desde aquel momento su mensaje, herencia y testamento hasta el final de los tiempos: Felices los pobres de corazón, porque el Reino de los cielos les pertenece. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los desposeídos, porque heredarán la tierra. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque serán tratados con misericordia. Felices los limpios de corazón, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios. Felices los perseguidos por causa del bien, porque el Reino de los cielos les pertenece... (vv 3-10).
Las Bienaventuranzas definen la conducta a seguir en todo momento por los que nos consideramos -por gracia y bendición- discípulos del Señor, tanto en la vida personal, familiar y en sociedad.
¡El Señor nos fortalezca para que así sea! Para ello, contamos siempre con su bendición, el acompañamiento fiel y fraterno de la comunidad, como de su valiosa intercesión ante el altar del Señor.
Quiera Dios podamos también en nuestros tiempos, en nuestra condición de discípulos misioneros de su Hijo, encaminarnos decididamente por la senda de las bienaventuranzas, mismas que Él ha vivido entre los suyos y que nos ha dejado en su Palabra y testimonio como la mejor transparencia para seguir sus huellas.