P. Fredy Peña T., ssp
Jesús, en el sermón de la montaña, se presenta distinto al propio Moisés, ya que este último subió a la montaña para recibir la Ley; en cambio, Jesús es él quien proclama la enseñanza básica respecto de en qué consiste el Reino de Dios. Porque las Bienaventuranzas son, sin duda, un anuncio de felicidad y no de malos presagios. Sin embargo, están en contra del conformismo y la mediocridad, son el fundamento de una vida cristiana vivida según los valores del Reino, por eso incomodan y hasta se rechazan.
Las ocho bienaventuranzas en san Mateo constituyen el nuevo programa del reinado de Dios y son enunciados de valor, no mandatos como el decálogo del Sinaí. En efecto, son una invitación a superarse constantemente, como también una denuncia de mezquindades y una oferta de la misericordia de Dios. Esta invitación a la misericordia y el amor de Dios es recogida por una comunidad que quiere seguir a Jesús, en su mayoría pobres, con marginación social, cultural y religiosa, pero que están dispuestos a descubrir los principios del reinado de Dios en medio de las dificultades por las que atraviesan. Además, han de ser conscientes de que la práctica de la misericordia, la lucha por la paz y la fraternidad muestran la justicia de Dios y que debe ser asumida por todo aquel que se decide no solo a seguir a Cristo, sino a imitarlo.
Así, las Bienaventuranzas son como un estribillo que nos recuerda la llamada del Señor a recorrer con él un camino que, a pesar de las contrariedades, conduce a la verdadera felicidad. Porque todos buscamos la felicidad, el problema se suscita cuando cualquier cosa es objeto de ella. Dios ha puesto en el corazón del hombre un profundo anhelo de plenitud. Por tanto, quien puede satisfacer esas expectativas, muchas veces frustradas por las falsas promesas mundanas, solo es Dios. Porque es Jesús quien lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros quieren sofocar y es él quien suscita en cada persona el deseo de hacer de su vida algo grande.
“Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo” (Mt 5, 12).