Fredy Peña T., ssp
La iconografía y el arte bizantino nos enseñan que la imagen del Pantocrátor representa al Dios Omnipotente que gobierna el cielo y la tierra. En él se nos dice que el verdadero poder no está en las manos de algún hombre, sino en las manos de Jesús: el Rey, Servidor y Salvador. Por eso la idea de que el Señor glorioso es el mismo ayer, hoy y por los siglos (Heb 13, 8), o bien el principio y el fin (Apoc 22, 13), confirma que celebrar esta solemnidad es vivenciar su redención, su vida, sus enseñanzas y recordar sus ideales, de manera que como creyentes intentemos implantar su Reino.
Sin duda que tomar conciencia de este reinado de Cristo no es tarea fácil, porque cada vez se quiere vivir más con los criterios del mundo y no con los del Reino de Dios. El himno a los colosenses nos plantea que su reinado nos trae la liberación del poder de las tinieblas. Porque en «tinieblas o pecado» vivía la humanidad antes de la venida de Cristo y después de su sacrificio en la cruz nos dio la posibilidad de redimirnos o vivir en la gracia de Dios: «Dios quiso que en él residiera toda Plenitud…y reconcilió todo lo que existe en la tierra y en el cielo» (cf. Col 1, 19-20).
Sin embargo, esta «reconciliación» en Cristo no se puede materializar si continuamos viviendo con los criterios humanos que lideran este mundo. Asimismo, en la crucifixión de Jesús los soldados romanos, con sus actitudes, demostraron cómo concebían la realeza del César y no la de Jesús. Es decir, un hombre poderoso que ostentaba el lujo, esclavizaba al pueblo y se preocupaba por extender sus dominios. En cambio, lo que no entendieron fue que Jesús debía aceptar la cruz para convertirse en rey. Cristo aparece, en su pasión, como un rey en que todo es «antinomia y paradoja»: su trono es la cruz; su corona, unas espinas; sus armas, la justicia y la verdad; su ley, el amor. Porque para Jesús «reinar» es «servir». Y quizás por eso nunca sucumbió a la tentación del mesianismo triunfalista, pues se sacrificó y murió para darnos la Vida eterna. Por eso el reinado de Jesús ha comenzado con su muerte, pero continúa por su resurrección dándonos su misericordia, a partir de la gratuidad más eximia del misterio de la salvación: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
«”Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino”. Él le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”» (Lc 23, 42-43).