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Rerum Novarum, the social encyclical of Leo XIII

“Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen”

“Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen”

Chile San Pablo |

P. Fredy Peña T., ssp

La parábola del sembrador nos permite acercarnos a lo que Jesús enseñaba sobre el Reino de Dios y a su experiencia sobre cómo actuar y vivir en este Reino. Asimismo, la parábola del sembrador manifiesta las distintas actitudes ante el mensaje de Jesús, pues él se identifica con el sembrador, que esparce la buena semilla, es decir, la Palabra de Dios. No obstante, al sembrarla, percibe los diversos efectos que obtiene, según el tipo de acogida. 

Por eso, hay quien escucha superficialmente la Palabra, pero no la acepta; hay quien la acoge en un primer momento, pero no tiene consistencia y lo pierde todo; hay quien queda abrumado por las preocupaciones, seducciones del mundo, pero no madura en la fe; y finalmente, hay quien escucha, con humildad y se genera una “conversión”: aquí la Palabra da fruto en abundancia.

Se entiende entonces la pregunta de los discípulos a Jesús. “¿Por qué les hablas en parábolas?”, y él responde haciendo una distinción entre ellos y la multitud: a los discípulos, es decir, a los que ya se han decidido por él, les habla del Reino de Dios abiertamente; en cambio, a los demás debe anunciarlo en parábolas, para estimular precisamente la decisión, la conversión del corazón. En efecto, las parábolas, por su naturaleza, requieren un esfuerzo de interpretación, porque interpelan la inteligencia, pero también la libertad. Al respecto, dice san Pablo: “Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos lo que Dios generosamente nos ha concedido” (1Cor 2, 12).

En síntesis, es Jesús la verdadera “Palabra de Dios” que vive el rechazo o la acogida de quienes lo siguen. Así, Dios no nos obliga a creer en él, sino que nos atrae hacia sí con la verdad y la bondad de su Hijo encarnado. Porque solo por el amor que él nos tiene, respeta siempre nuestra libertad de recibirlo o rechazarlo.

“Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto…” (Mt 13, 23). 

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