Una vez a la semana, o cuando era necesario, Bruno se sentaba en el patio, junto al naranjo, con su cuaderno de notas para evaluar los acontecimientos más relevantes y escribir una autoevaluación: una reflexión nacida desde su interior, sin influencias externas.
Leyó sus apuntes.
Mundial de fútbol: cada cuatro años se celebra el evento deportivo más importante del planeta.
Espectadores: cerca de dos mil millones de personas lo siguen, ya sea de manera presencial, por televisión o a través de las redes sociales, superando barreras de raza, religión e ideologías políticas.
Lucro: las entradas para Rusia tuvieron un valor aproximado de $1.000.000; en Catar alcanzaron cerca de $1.500.000 y, para Estados Unidos, ya se habla de cifras cercanas a los $8.000.000. A ello se suman los derechos de transmisión, la publicidad —con varias pausas comerciales durante los partidos— y el aumento de selecciones participantes: de 32 se pasó a 48 equipos. Más equipos significan más partidos (104), más sedes y, por supuesto, mayores ingresos. Antes el torneo era organizado por un solo país; luego por dos y ahora por tres.
Álbum del Mundial: Panini lanzó cuatro colecciones cuyo valor fluctúa entre $7.000 y $50.000. El álbum, de 112 páginas, puede llegar a costar más de $400.000 si se completa con todas sus láminas.
Anfitriones: México, Canadá y Estados Unidos. Este último negó la visa a algunos participantes y mantiene conflictos internacionales, mientras México acogió a parte de la delegación iraní. Una realidad que muestra cómo, en ocasiones, la política termina ocupando un lugar que debería pertenecer exclusivamente al deporte.
Los países participantes: el Mundial es también una vitrina para mostrar la cultura, la historia y la identidad de cada nación. Cuando un país pequeño logra empatar o vencer a una potencia futbolística, despierta el interés del mundo en muchos otros aspectos.
Los jugadores: para muchos representa la oportunidad de alcanzar la fama, la gloria y contratos soñados. Cada uno luchará por cumplir sus objetivos y, lamentablemente, algunos podrían llegar a olvidar la honestidad, convencidos de que el fin justifica los medios.
Los medios de comunicación: alimentan permanentemente la expectativa. Analizan victorias y derrotas, crean programas especiales y mantienen viva la conversación antes, durante y después de cada partido. Siempre habrá audiencia cuando se mezclan la pasión, la moda y el fanatismo.
Bruno dejó de leer. Levantó la vista hacia los frutos del naranjo y observó la pequeña pileta donde el agua cristalina corría sin descanso. Permaneció en silencio unos instantes y permitió que el lápiz siguiera el ritmo de sus pensamientos, sin preocuparse por puntos ni comas. Más tarde corregiría el texto.
La denuncia: aquello que termina oscureciendo lo esencial: ser un hombre de bien.
La denuncia: la ausencia del Dios de la vida, relegado por el dinero, el poder y el fanatismo, entre tantas otras cosas.
Pero si existe una denuncia, también debe existir un anuncio: el anuncio del Dios de la vida.
Algunos futbolistas, al ingresar al campo de juego, hacen con respeto la señal de la cruz. Otros celebran un gol mirando al cielo o arrodillándose para dar gracias. México, uno de los países anfitriones, ha recibido con afecto y hospitalidad a diversas delegaciones. No es extraño: es un pueblo profundamente devoto de la Virgen de Guadalupe, la querida Morenita del Tepeyac.
Bruno siguió reflexionando:
—Al parecer, los deportes de élite, como el fútbol, el tenis, el ciclismo, la Fórmula 1, el MotoGP, el básquetbol y muchos otros, han ido tomando el camino del negocio.
Sin embargo, para él, la verdadera esencia del deporte está muy lejos de esos intereses.
Pensó entonces en Francisco Villanueva, quien goza de una buena situación económica y, aun así, sigue siendo el hincha de siempre, con su asiento reservado para ver a su equipo. Pero, al mismo tiempo, participa activamente en su parroquia, porque vive su pasión deportiva unida a su fe.
También recordó al conocido "Cachaña", quien cada vez que recibe un mensaje por WhatsApp preguntándole si irá a jugar pádel responde siempre:
—Si Dios quiere.
Y cómo olvidar a Ramón, que también juega pádel y destaca por su honestidad en cada punto, tanto si le favorece como si no.
En el fútbol de los jueves siempre está Hugo, quien suele decir:
—Juguemos, amigos. Este es un tiempo para disfrutar; es un regalo de Dios.
El recuerdo también lo llevó hasta Pancho, que con sus 74 años sigue jugando fútbol. Cuando logra marcar un gol, todos lo celebran con alegría. Ni siquiera el invierno consigue congelar esa amistad que nació alrededor de una pelota.
Pensó también en Sadio Mané, quien donó gran parte de su fortuna para mejorar las condiciones de vida en Bombali, su pueblo natal.
El Mundial dura apenas un mes y, cada cuatro años, la fiebre termina apagándose.
En cambio, el hombre de bien seguirá jugando durante semanas, meses y años. Es en esos encuentros cotidianos donde nacen la solidaridad, la amistad, la lealtad, la alegría y también la frustración. Porque el deporte, aunque importante, es solo una parte de la vida.
Al final, el Mundial será solamente otro Mundial.
Bruno dejó el lápiz sobre el cuaderno, sonrió y escribió:
"En todo lugar está el Dios de la vida. A veces permanece invisible para muchos, pero no para quienes han puesto su confianza en Él. Tarde o temprano descubrirás que, si en tu equipo juega el Dios de la vida, siempre se gana; no solo cada cuatro años, sino todos los días".
2 comments
Excelente reflexión… tienes razón ! Dios está siempre! Sólo que no siempre somos capaces de experimentar-lo con espíritu libre y puro.
Cómo lograr que muchos jóvenes no pierdan la sensibilidad del sentir del hermano, cómo conseguir que desarrollen la suficiente humildad para dar gracias y admirar cada minuto el regalo de la vida que nos da Dios