Andrés R. M. Motto, CM.
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¡Hola a todos! Feliz Pascua de Resurrección. Aleluya. Continuamos profundizando en el conocimiento de los Derechos Humanos. Sabemos que –como cristianos– debemos desarrollar nuestra ética basándonos en el seguimiento de Jesús y practicando la ley de oro del Evangelio: “Pórtate con el otro como te gustaría que el otro se comportara contigo”.
Desde esta regla de oro y de la persona de Jesús, intentamos tomar nuestras decisiones concretas y, al mismo tiempo, encontramos inspiraciones para la defensa de los demás. Porque Jesucristo vino a traer a la tierra el Reino de los Cielos, el cual comporta una serie de valores que deben ser instaurados en esta vida: opción por el pobre; gusto por producir y madurez para compartir; desterrando todo tipo de exclusión; viviendo la autoridad como servicio humilde; respetando a las personas; solucionando en la paz los conflictos, etcétera. En definitiva, todo lo que promueva el desarrollo integral y solidario es un valor del Reino.
Es sabido que, en el viejo orden social, había opresiones, las cuales debían cambiar. En el Reino de Dios las personas pueden renacer por la gracia a una vida liberada y gratuita. ¿Es verdaderamente posible cambiar la historia? Notemos que es un proceso, ya que recibir el Reino de Dios implica abandonar formas de opresión y dominación, las cuales solemos practicar, en gran o pequeña escala, explicita o disimuladamente.
Cuando el Señor resucita y asciende a los cielos, la comunidad hace “memoria” de Jesús en cada Eucaristía. Una memoria activa, porque recordando las enseñanzas y actitudes del Señor, encuentra motivaciones para cuestionar y transformar el presente en todo lo que tenga de exclusión, corrupción y atropello.
Sin duda, que una manera de ennoblecer al otro es permitirle una vida socialmente digna. Esto implica, entre otras cosas, el recto uso de los bienes. Es cierto que la enorme mayoría de los cristianos no tenemos el radical desapego que tuvo Jesús frente a los bienes. Ni laicos, ni sacerdotes, ni religiosos. No nos engañemos. Sin embargo, podemos aproximarnos. De modo que quien sea justo al retribuir y además comparte, con generosidad, está rectamente encaminado. Jesucristo alienta al hombre a ser perfecto, siendo un progreso el ser generoso (Mt 19, 21). Dando, con humildad y delicadeza, para no herir al otro. Dar implica muchas veces darse y esto puede exigir una gran donación: amando hasta el sacrificio, o incluso entregando la vida por los demás.
El Maestro también nos invita a vivir el valor de la paz (Mt 5, 9). Nos persuade para que seamos capaces de perdonar y ayudar a quienes nos lastimaron. Sin duda, que son normas exigentes, pero que se deben aprender no a la fuerza, sino desde una profunda vocación al amor. Jesús enseña que todo se engrandece con una vida misericordiosa y llena de piedad. Pero esto conlleva a una dificultad, ya que Jesús entró en conflicto con la religión de su tiempo por defender a las personas marginadas: los enfermos, pecadores, endemoniados, pobres, samaritanos, mujeres de alguna índole (Mc 3, 1-6). Frente a la interpretación esclavizante de la Ley, Jesús la libera de sobrecargas sofocantes y la reconduce al proyecto original de Dios: buscar el bien de las personas. El Señor vino a rescatar al ser humano de la servidumbre del legalismo para llevarlo a la verdadera libertad. La defensa de las personas le costó enfrentarse con las autoridades religiosas y políticas de entonces. Lo cual le llevó, a su vez, a terminar su vida de una forma trágica y arbitraria, como los millones de inocentes que, vencidos por el abuso del poder circunstancial, son ejecutados sin la posibilidad de seguir ejerciendo el derecho a la vida y a la dignidad.
El centro de la vida está en el amor a Dios, al prójimo y a uno mismo. En torno a este centro se propone la senda de la acción compasiva (Mt 25, 31-46). Jesús invierte la estructura de su época: llama bienaventurados a los pobres, ofrece el Reino a los que la autoridad excluye. Propone ayudar con insistencia a los pobres, enfermos, pecadores, huérfanos, extranjeros en situación de riesgo, niños y viudas. Vive aliviando el sufrimiento de quienes encuentra en su camino, rompiendo si hace falta la ley del sábado o las normas de pureza. Deja de lado todo legalismo religioso que ignore el amor al necesitado. Está con los más desguarnecidos, comparte, escucha y dialoga con ellos. La actitud de Jesús con cada persona es distinta, su creatividad amorosa actúa en cada caso de forma diferente. A todos respeta y defiende. Hombres y mujeres encuentran en Jesús un amigo que invita a hacerse cargo de la propia vida. Una vida en libertad e igualdad, es decir, con capacidad de comunión gratuita.
Un Jesús que nos enseña a ser como el buen samaritano (Lc 10, 25-37), que no especula sobre los posibles réditos de su ayuda, sino que auxilia en silencio. Que cura las heridas y devuelve al asaltado la dignidad que le han robado.
2 comments
Encuentro el artículo totalmente inmerso en la realidad que proclama la Iglesia en estos momentos: inclusión del pobre, del diferente, del vulnerable. Muchas gracias.
Hermoso, excelente como todas tus escritos.