Por René Rebolledo Salinas, Arzobispo de La Serena
La Iglesia celebra hoy el tercer Domingo de Pascua, tiempo litúrgico caracterizado por un clima espiritual de gozo profundo. La resurrección del Señor constituye el núcleo del anuncio cristiano, la Buena Nueva por excelencia que la comunidad creyente conmemora cada Domingo y que está llamada a proclamar con la palabra y el testimonio de vida. Los textos bíblicos y litúrgicos de la Eucaristía de hoy convergen en este anuncio fundamental: Cristo vive, y en Él la humanidad entera ha sido introducida en una nueva condición de existencia.
El Evangelio de este Domingo, que narra el encuentro del Resucitado con los discípulos de Emaús, profundiza esta misma verdad desde una perspectiva existencial (cfr. Lc 24, 13-35). En el diálogo con los discípulos, Jesús les reprocha con afectuosa firmeza: “¡Qué duros de entendimiento!, ¡cómo les cuesta creer lo que dijeron los profetas! ¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria?” (vv 24,25). El Resucitado se revela como cumplimiento de las Escrituras y sentido último de la historia humana. Tras haberlo reconocido en el partir el pan (cfr. v 31), los discípulos se convierten en testigos del acontecimiento pascual y escuchan de labios de los apóstoles la confesión central de la fe cristiana: “Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón” (v 34). Desde entonces, anuncian: “Ellos por su parte contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (v 35).
La alegría pascual que celebramos no se reduce a un sentimiento pasajero, sino que brota de una certeza profunda: en Cristo resucitado se nos ha abierto definitivamente un futuro de esperanza. La Pascua nos asegura que la muerte no tiene la última palabra y que nuestra existencia está orientada hacia la comunión plena con Dios. Por ello, la celebración de este Domingo nos invita a interrogarnos con honestidad: ¿vivimos realmente en lo personal, en nuestras familias y en nuestras comunidades, la alegría que nace de la fe en el Resucitado? ¿Estamos convencidos de que la victoria de Cristo es también nuestra victoria? ¿Nuestros proyectos, decisiones y prioridades reflejan los frutos de la Pascua, como la paz interior, la confianza en Dios y la esperanza activa?
La experiencia de los discípulos de Emaús se revela, en este sentido, profundamente actual. Cada creyente puede reconocerse en ellos, en sus momentos de desaliento y de frustración, cuando las expectativas humanas parecen no cumplirse: “¡Nosotros esperábamos que Él fuera el liberador de Israel!, pero ya hace tres días que sucedió todo esto” (v 21). También nosotros atravesamos situaciones de desilusión, de cansancio espiritual o de pérdida de sentido. En ocasiones, como los discípulos, no logramos reconocer al Señor que camina a nuestro lado, pues nuestros ojos están “como cerrados” por la tristeza, el miedo o la rutina.
Sin embargo, el Resucitado no abandona a sus discípulos. Se hace compañero de camino, escucha, explica las Escrituras y parte el pan. De este modo, se nos manifiesta hoy también en los signos fundamentales de la vida eclesial: en su Palabra, en la fracción del pan, en la comunidad reunida y en la experiencia concreta de la solidaridad. La invitación sigue siendo la misma que brota del corazón de los discípulos: “Quédate con nosotros, que se hace tarde y el día se acaba” (v 29). Es la súplica del creyente que reconoce su fragilidad y se abre a la presencia salvadora del Señor.
Que el Espíritu del Resucitado abra también nuestros ojos para reconocer su presencia viva en medio de nosotros, transforme nuestras decepciones en esperanza y nos convierta en auténticos testigos pascuales, capaces de anunciar con la vida lo que proclamamos con los labios: es verdad, ¡el Señor ha resucitado!