P. Fredy Peña T. ssp
Para los discípulos de Emaús, la voz de Jesús hace arder su corazón y les abre los ojos para reconocer su presencia como el Señor. Parecido le sucede al creyente cuando se deja llevar por la Palabra de Dios y sus enseñanzas. En el Cenáculo, los Apóstoles se encuentran encerrados por temor a los judíos. Les han abierto las puertas solo a los discípulos de Emaús, que volvieron agitados para contar lo ocurrido por el camino. También a las mujeres, que aseguraban haber visto el sepulcro vacío y a Jesús vivo. Sin embargo, ellos todavía no creen.
El domingo pasado nos identificábamos con santo Tomás, el incrédulo. Ahora nos encontramos con los típicos seguidores de los días de gloria y que huyen el día de la crisis. Es cierto que los discípulos de Emaús tienen el mérito de no haber traicionado a Jesús. Pero lo que no han tenido en cuenta es que Cristo persevera hasta el final. Es capaz de esperar hasta el último momento y salir al encuentro como un buen amigo que tiende la mano.
Hoy, los que dudan son los once Apóstoles miedosos y encerrados en el Cenáculo. Jesús, como a santo Tomás, los invita para que toquen sus llagas y coman con él para disipar sus dudas. Está tan vivo que puede darles la paz para vencer sus miedos. Sabemos que san Lucas escribe para los fieles de origen griego, una cultura que despreciaba el cuerpo y podía concebir la resurrección como una simple experiencia de iluminación interior. En nuestra cultura moderna sincretista también hay formas peligrosas de espiritualismo que pueden hacernos creer en un Cristo espiritual, pero no verdaderamente resucitado. No obstante, la fe cristiana necesita la certeza de la corporalidad de Dios verdaderamente resucitado, vencedor del dolor y de la muerte. Sin esta certeza, la encarnación de Cristo, su pasión y su muerte se reducen a tradiciones y leyendas.
«Y se decían: ‘¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’»
(Lc 24, 32).