P. Fredy Peña T., ssp
El evangelio dominical nos muestra la humanidad de Jesús en pleno, pues su compasión y ternura develan su deseo de ser el buen pastor. No obstante, toma una solución muy concreta: pide a la gente que ore para que haya más obreros en la mies. Para eso llama a cada uno de esos hombres y mujeres por su nombre y los envía como sus misioneros.
El desamparo y la necesidad del pueblo por una vida más humana y espiritual lo lleva a manifestar su misericordia, y se compadece: “Al ver a la multitud, tuvo compasión…”. A diferencia de los príncipes de los judíos, pues siendo ellos pastores se portaban como lobos, porque no solamente corregían al pueblo, sino que le perjudicaban cuanto podían para utilidad propia, por eso el pueblo decía con admiración hacia Jesús: “Jamás ha sucedido en Israel una cosa parecida” y los fariseos, por el contrario: “arroja al demonio en nombre del príncipe de los demonios”.
Jesús afirma ser el “Señor de la mies”. Si bien es cierto que manda a los Apóstoles a cortar la mies que ellos no sembraron, no los manda, sin embargo, a segar mieses ajenas, sino a aquellas cuyas semillas sembró él mismo por medio de los profetas. Pero no siendo más que doce los Apóstoles, exclamó: “Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha”. Y aun cuando él no aumentó el personal, lo multiplicó, aunque no en cuanto al número, sino en cuanto al poder que les dio.
El Señor nos manifiesta cuán grande es su gracia, es decir, aquella que adquirimos desde nuestro bautismo y que nos invita a predicar convenientemente su Palabra. Hoy podemos ser aquella persona que Dios tiene en mente para que su alegría llegue a tanta gente desorientada y sin esperanza: “como ovejas sin pastor”. Esas ovejas son la gente que vemos todos los días... ¿Qué le vamos a responder al Señor que nos llama?
“Entonces dijo a sus discípulos: ‘La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos’” (Mt 9, 37)